Los pocos amigos de Ricardo que los rodeaban también se rieron, mirando con desprecio. Era una manada de lobos rodeando a su presa.
Mantuve la calma. Sabía que esto pasaría.
"No te estoy pidiendo que me creas, Ricardo. Simplemente te estoy diciendo la verdad".
"¿Ah, sí? ¿Y dónde está tu supuesto esposo? ¿Escondido en el baño? ¿O es que es tan insignificante que no se atreve a mostrar la cara en un evento como este?", espetó Ricardo.
"No es insignificante", respondí con calma.
Mi tranquilidad parecía enfurecerlo aún más. Estaba acostumbrado a mis lágrimas, a mi dolor. Esta serenidad era nueva, y no sabía cómo manejarla.
"¡Pruebalo!", gritó, perdiendo la compostura. "¡Muéstrame una prueba de que estás casada!".
Lentamente, levanté mi mano izquierda.
En mi dedo anular brillaba un anillo. No era un diamante ostentoso, sino una pieza única y elegante. Una banda de platino con un solo zafiro azul profundo, del color del océano al anochecer. Era discreto, pero inconfundiblemente caro y de un diseño exquisito.
Era el anillo de la familia Velez.
Ricardo se quedó mirando el anillo, su cerebro tratando de procesar la información. No reconoció el diseño, para él solo era una joya cara.
"Un anillo no prueba nada. Cualquiera puede comprarse un anillo bonito para aparentar", dijo Sofía con desdén.
Pero entonces, un hombre mayor que estaba cerca, un joyero de renombre, jadeó.
"Ese... ese es el Zafiro Ocaso", susurró, sus ojos fijos en mi mano. "Solo hay uno en el mundo. Pertenece a la familia Velez. Se dice que el patriarca se lo regala a la esposa del heredero".
El nombre "Velez" flotó en el aire como una bomba sin explotar.
La cara de Ricardo se puso pálida.
Marcos Velez. El magnate de la tecnología. El multimillonario solitario y esquivo que todos en el mundo de los negocios querían conocer. El hombre al que Ricardo había estado intentando contactar durante meses, sin éxito. El inversor que podría salvar o destruir su compañía con un chasquido de dedos.
"No... no puede ser", tartamudeó Ricardo. "Estás mintiendo. ¡Eres una mentirosa!".
Su rostro se contorsionó por la rabia y el pánico. La idea de que yo, la mujer que él había desechado como "no lo suficientemente buena", estuviera casada con el hombre del que dependía su supervivencia, era demasiado para su ego.
Perdió el control.
En un arrebato de furia ciega, se abalanzó sobre mí.
"¡Ladrona!", gritó. "¡Le robaste ese anillo a alguien!".
Agarró mi mano con una fuerza brutal, tratando de arrancarme el anillo del dedo.
Grité de dolor cuando sus dedos se clavaron en mi piel.
"¡Suéltame, Ricardo!".
"¡Devuélvelo! ¡No mereces llevar algo así!".
La seguridad del evento comenzó a moverse hacia nosotros, pero Ricardo estaba fuera de sí. Me sacudió violentamente, y yo tropecé hacia atrás, cayendo al suelo.
El dolor estalló en mi codo cuando golpeó el mármol pulido.
No se detuvo.
Me agarró por el brazo y comenzó a arrastrarme por el suelo, lejos de la multitud.
"¡Vas a decirme dónde lo robaste, maldita sea!", gruñía, su rostro rojo de ira.
La gente gritaba, horrorizada. Sofía se quedó parada, con una expresión de shock y un retorcido placer en su rostro.
Me arrastró hacia una puerta de servicio, mi vestido de diseñador rasgándose en el suelo, mi cuerpo golpeando contra el piso frío.
El dolor era agudo, pero la humillación era peor.
Una vez más, Ricardo me estaba humillando públicamente, tratándome como basura.
Me arrojó dentro de un oscuro y polvoriento cuarto de servicio y cerró la puerta de golpe, dejándome en la oscuridad.
Caí sobre una pila de cajas de cartón, el dolor en mi brazo y mi codo era insoportable.
Escuché el sonido de la llave girando en la cerradura.
Me había encerrado.
Me quedé allí, en la oscuridad, temblando de dolor y rabia, el frío del suelo filtrándose a través de la tela de mi vestido.
El sabor del miedo y la desesperación, que pensé que había dejado atrás hace mucho tiempo, volvió a inundar mi boca.