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Ya No Era La Novia Abandonada
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Capítulo 5

El tiempo en el cuarto de servicio se estiraba, cada minuto una tortura. El dolor en mi brazo se había convertido en un fuego sordo. El hambre comenzaba a roer mi estómago, pero no podía tocar la barrita de granola. Era un símbolo de esperanza, y no quería que se acabara.

Escuché pasos afuera. Mi corazón dio un vuelco. ¿Sería Marcos?

La cerradura giró, pero no era Marcos.

Era la anciana de la limpieza, su rostro pálido de miedo.

"Rápido, señora", susurró, abriendo la puerta. "Ese hombre y su esposa están distraídos con unos periodistas. Puedo llevarla por la salida trasera. Vamos".

Me puse de pie con dificultad, mi cuerpo protestando con cada movimiento. La esperanza me inundó. Iba a salir de allí.

Seguí a la mujer por un pasillo mal iluminado. Podíamos escuchar el murmullo de la fiesta a lo lejos. Ya casi estábamos en la salida de emergencia cuando una voz helada nos detuvo.

"¿A dónde creen que van?".

Nos giramos. Ricardo estaba de pie al final del pasillo, con Sofía a su lado. Su rostro era una máscara de furia.

"¿Intentando escapar, Elena? ¿Y tú?", dijo, señalando a la anciana. "¿Ayudando a una ladrona? Estás despedida".

La anciana se encogió, aterrorizada.

Ricardo caminó hacia mí lentamente, como un depredador acechando a su presa.

"Así que no solo eres una mentirosa y una farsante, sino también una ladrona. ¿Qué es eso que tienes en la mano?".

Miró la barrita de granola.

"¡Robando comida del personal! No tienes remedio".

Me la arrebató de la mano y la tiró al suelo. Luego, su mirada se posó en mi brazo herido. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.

"Parece que te lastimaste en la caída. Qué lástima".

Antes de que pudiera reaccionar, agarró mi brazo herido.

Un grito de agonía se me escapó de los labios. El dolor fue cegador, un relámpago blanco que recorrió todo mi cuerpo.

"¡Basta! ¡Ricardo, por favor!", supliqué.

"¿Ahora pides por favor? Es un poco tarde para eso".

Me arrastró de vuelta al salón principal, ignorando mis gritos y los de la anciana.

La música se detuvo. Todas las cabezas se giraron hacia nosotros. Cientos de ojos se posaron en mí: despeinada, con el vestido roto, llorando de dolor mientras Ricardo me arrastraba como a un animal.

Me arrojó al centro del salón, a los pies de un pequeño escenario.

"¡Atención todos!", gritó Ricardo, su voz resonando en el silencio. "¡Tengo un anuncio que hacer! ¡Esta mujer, Elena, a quien muchos de ustedes conocen como una supuesta diseñadora de éxito, es en realidad una ladrona y una impostora!".

Sofía se unió a él, sosteniendo mi anillo en alto para que todos lo vieran.

"¡Robó esta joya de valor incalculable e intentó hacerse pasar por la esposa de Marcos Velez para estafar a la gente!", declaró.

La multitud jadeó. Los flashes de las cámaras comenzaron a estallar, capturando mi humillación desde todos los ángulos.

Ricardo me miró, agachado en el suelo, y su expresión se endureció.

"Has causado suficientes problemas. Es hora de que aprendas tu lección. Una lección que nunca olvidarás".

Se quitó el cinturón de cuero grueso de sus pantalones.

El pánico se apoderó de mí.

"¡No, Ricardo, no!", grité, intentando arrastrarme hacia atrás.

Él sonrió, una sonrisa vacía de toda humanidad.

"Un ladrón debe ser castigado", dijo, dirigiéndose a la multitud. "Y una diseñadora... ¿qué es lo más importante para ella?".

Su mirada se posó en mis manos.

El terror puro, absoluto, me paralizó. Mis manos eran mi vida. Eran mi talento, mi sustento, mi arte.

Se arrodilló sobre mí, inmovilizándome. Con una mano, agarró mi muñeca izquierda y la presionó contra el suelo de mármol. Con la otra, levantó la pesada hebilla de metal del cinturón.

"Esto te enseñará a no volver a robar ni a mentir", siseó.

Cerré los ojos, esperando el impacto, el dolor que destrozaría mi mundo para siempre. Escuché el silbido del cinturón al cortar el aire.

Y entonces, una voz, fría como el hielo y más poderosa que un trueno, resonó desde la entrada del salón.

"¡SUÉLTALA!".

El tiempo pareció detenerse.

Ricardo se congeló, con el cinturón a centímetros de mi mano.

Todas las cabezas se giraron hacia la entrada.

Un hombre alto, vestido con un traje impecable, estaba parado allí, flanqueado por dos guardaespaldas. Su rostro era una máscara de furia helada. Sus ojos, de un gris tormentoso, estaban fijos en Ricardo, que todavía estaba arrodillado sobre mí.

El director del evento corrió hacia él, pálido como un fantasma.

"Señor Velez... no esperábamos...".

Pero Marcos Velez no le prestó atención. Su mirada no se apartó de mí, tirada en el suelo, y del hombre que estaba a punto de mutilarme.

El inversor que Ricardo había estado buscando desesperadamente había llegado.

Justo a tiempo para presenciar el intento de destrucción de su esposa.

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