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La Madre Ciega y Su Fin
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Capítulo 1

El teléfono sonó, un ruido agudo que cortó el silencio de la madrugada en la pequeña panga. Armando, con las manos ásperas y agrietadas por la sal y el trabajo, lo sacó con torpeza de su bolsillo. El olor a pescado y a mar estaba impregnado en su ropa, en su piel, en su vida entera. Vio un número desconocido.

"¿Bueno?"

La voz al otro lado era calmada, oficial, y eso le heló la sangre más que el viento frío del mar. Le hablaron de un accidente, de una motocicleta, del Hospital General. Le hablaron de su hijo, Juanito. Armando no entendió la mitad de las palabras, pero comprendió el final. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó sobre la red de pesca. El mundo se detuvo. El suave vaivén de la barca se convirtió en un mareo insoportable. Juanito, su campeón, su orgullo, el niño que corría más rápido que nadie en el campo de fútbol, el que estaba trabajando en la moto para ayudarlo a pagar las deudas...

Las deudas de Sofía.

Con un temblor que no podía controlar, recogió el teléfono. Necesitaba a su esposa. Necesitaba a Sofía. Marcó su número. Una, dos, tres veces. El tono de llamada sonaba y sonaba en el vacío, una y otra vez, hasta que la operadora le decía que el número no estaba disponible. La desesperación comenzó a crecer en su pecho como una marea negra. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no contestaba?

"Contesta, por favor, Sofía... contesta..." susurró al viento, pero solo el sonido de las olas le respondió.

Se acordó de golpe. La fiesta. La estúpida fiesta para celebrar al primo de Sofía, Ricardo. Un aspirante a cantante de mariachi con más ego que talento. Sofía había estado planeándola durante semanas, gastando el dinero que no tenían. "Es una inversión, Armando. Cuando Ricardo sea famoso, nos sacará de pobres" , le había dicho. Armando sabía que era una mentira, pero estaba demasiado cansado para discutir.

Arrancó el motor de la panga con una furia que no sabía que tenía y enfiló hacia la orilla. No se cambió de ropa. No le importó el olor a pescado ni la mugre. Condujo su vieja camioneta hasta la dirección que Sofía le había dado, una casa grande en la parte más bonita del pueblo, una casa que obviamente habían rentado para la ocasión.

La música de mariachi a todo volumen le golpeó en la cara. Luces de colores, gente riendo, vestidos caros, botellas de tequila por todas partes. Y en el centro de todo, como una reina en su corte, estaba Sofía. Llevaba un vestido rojo, brillante y ajustado, que él nunca le había visto. Se reía a carcajadas de algo que le decía su primo Ricardo, quien vestía un traje de charro impecable y sostenía una copa. Parecían de otro mundo, un mundo que no tenía nada que ver con redes de pesca y deudas con usureros.

Armando se abrió paso entre la gente, sintiendo sus miradas de desprecio sobre su ropa sucia de trabajo. La llamó.

"¡Sofía!"

Ella se giró, y la sonrisa se le borró de la cara al verlo. Fue un instante de pura irritación, de vergüenza.

"Armando, ¿qué demonios haces aquí así vestido? Me estás poniendo en ridículo."

Su voz era un susurro frío y enojado.

"Sofía, es Juanito..." logró decir, con la voz rota. "Hubo un accidente. Tenemos que ir al hospital."

Ella lo miró con fastidio, sin una pizca de preocupación. Su mirada se desvió hacia su primo, que los observaba con curiosidad.

"No empieces con tus dramas, Armando. Estoy ocupada. Ricardo está a punto de cantar. Es su gran noche."

"¡No entiendes! ¡Es grave!" insistió él, agarrándola del brazo.

Ella se soltó con un tirón violento.

"Te dije que después hablamos. No me arruines la fiesta."

Se dio la vuelta y le sonrió de nuevo a su primo, dejando a Armando parado en medio de la multitud, solo, con el corazón hecho pedazos y el ruido de la fiesta taladrándole los oídos. Se quedó ahí un momento, viendo cómo ella levantaba su copa para brindar, completamente ajena a la tragedia que él le anunciaba. En ese instante, algo dentro de Armando se rompió para siempre. No era solo la falta de amor, era un abismo de indiferencia tan profundo y oscuro que supo que nunca podría volver a cruzarlo. Se dio la vuelta y se marchó, dejando atrás la música y las risas, caminando hacia la noche más larga de su vida.

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