Las palabras rebotaban en la cabeza de Armando, sin sentido. ¿Instantáneo? ¿Sin sufrir? ¿Y el sufrimiento de él, quién se lo quitaba? Sostuvo la bolsa con manos temblorosas, como si pesara una tonelada. El oficial dijo algo más sobre los trámites, sobre la morgue, pero Armando ya no escuchaba. Solo podía mirar la pantalla rota del celular de su hijo.
Salió del hospital como un autómata. El aire de la noche le quemaba la cara. Se apoyó contra la pared de ladrillo y el mundo empezó a dar vueltas. Sintió una náusea violenta subirle por la garganta. Se dobló en dos y vomitó en las jardineras, un espasmo amargo que le sacudió todo el cuerpo, pero que no lograba sacar el dolor que sentía dentro. Se quedó ahí, de rodillas en el pasto húmedo, temblando, vacío. Su hijo estaba muerto. Su Juanito.
Cuando por fin pudo ponerse de pie, condujo a casa. La casa estaba oscura y silenciosa, pero el eco de las risas de Sofía en la fiesta todavía resonaba en su cabeza. Entró en su cuarto y la luz de la luna que se colaba por la ventana iluminó algo sobre la cama. Era un traje de mariachi. Un traje nuevo, de tela cara, con bordados de plata que brillaban en la penumbra. El traje de Ricardo. El traje que Sofía le había comprado con el dinero de los ahorros, con el dinero que Juanito estaba tratando de reponer trabajando hasta la madrugada.
Armando se acercó y lo tocó. La tela era suave, lujosa. Y en ese momento, la imagen de su hijo, con su ropa de trabajo humilde, en una motocicleta vieja y peligrosa, se superpuso a la del traje brillante. La injusticia de todo aquello era tan grande, tan monstruosa, que le robó el aliento.
Fue al cuarto de Juanito. Olía a él, a jabón y a desodorante de adolescente. En un clavo en la pared colgaba su camiseta de fútbol, la que usaba en los partidos importantes. Estaba un poco descolorida por el sol y el sudor. Armando la descolgó y la abrazó con todas sus fuerzas, hundiendo la cara en la tela, tratando de encontrar el último rastro del olor de su hijo. Y entonces se derrumbó. Un sollozo seco y desgarrado salió de su pecho, y luego otro, y otro más, hasta que se convirtió en un grito de pura agonía. Se dejó caer al suelo, abrazado a la camiseta, llorando como un niño, sin consuelo, sin esperanza.
Justo en ese momento, oyó el ruido de un coche aparcando afuera y la puerta principal abriéndose. Era Sofía. La escuchó tararear una canción de mariachi mientras entraba. Luego, su voz, alegre y un poco arrastrada por el alcohol, hablando por teléfono. Armando contuvo la respiración, paralizado en el suelo del cuarto de su hijo.
"Sí, primo, fue un éxito total. ¡Todos te amaron!" hizo una pausa. "¿Armando? Ay, no te preocupes por él. Ya sabes cómo es de exagerado. Siempre con sus dramas."
Hubo otra pausa. Armando apretó la camiseta de Juanito con más fuerza, las uñas clavándose en sus propias palmas.
"¿El dinero? No, mi amor, no te apures por eso. Lo del pescador pobre y trabajador es pura farsa para que no me pida nada. Aquí la que manda soy yo. Todo lo que tenemos, todo lo que soy, es para ayudarte a ti, para que triunfes. Tú eres mi familia de verdad."
El mundo de Armando se hizo añicos. No era solo egoísmo, no era solo negligencia. Era un engaño. Una mentira larga y podrida que había sostenido toda su vida juntos. El aire se le escapó de los pulmones. Se quedó inmóvil en la oscuridad, con las palabras de su esposa clavadas en su mente. Su hijo estaba muerto, y para su madre, todo había sido una farsa.