El sol empezó a colarse por la ventana, pintando el cuarto de un gris desolador. Escuchó pasos en el pasillo. La puerta del cuarto de Juanito se abrió lentamente. Era Sofía. Se había cambiado el vestido rojo por una bata de seda negra, un intento patético de aparentar luto. Su rostro estaba hinchado por el alcohol y el sueño, no por las lágrimas.
"Armando, mi amor..." su voz era suave, ensayada. "Estuve buscándote. ¿Por qué no me despertaste? Hubiera ido contigo. Dios mío, qué tragedia tan horrible. Nuestro niño..."
Se acercó a él, intentando arrodillarse a su lado. Pero Armando no la miraba a ella. Miraba sus manos, sus uñas perfectamente pintadas de rojo. Miraba su cara, donde no había ni una sola marca de llanto. No había dolor en ella, solo una actuación.
Él se levantó lentamente, con la rigidez de un hombre viejo. El olor de ella lo invadió, una mezcla del alcohol de la noche anterior y un perfume caro y dulce. Era el olor de la fiesta, el olor de la mentira. Le revolvió el estómago.
"Pobrecito mi Juanito" , continuó ella, forzando un sollozo que sonó hueco. "Era un ángel. Dios se lo llevó porque era demasiado bueno para este mundo."
Armando la miró a los ojos por primera vez. Y en ellos no vio nada. Un vacío.
Sofía pareció interpretar su silencio como una invitación. Se acercó más, poniendo una mano en su pecho. Sus dedos estaban fríos. Intentó abrazarlo, pegar su cuerpo al de él, como si el contacto físico pudiera borrar sus palabras, su traición.
"Estamos juntos en esto, Armando. Nos tenemos el uno al otro. Vamos a superar este dolor."
Susurró las palabras contra su cuello, moviendo su mano hacia abajo, por su torso. Era un gesto íntimo, un intento de seducción calculado y repugnante. Quería usar su cuerpo para silenciarlo, para hacerlo olvidar, para reafirmar su control.
Pero Armando ya no era el mismo hombre de ayer. La venda se le había caído de los ojos. La mano de ella en su piel se sentía como un carbón ardiente. Con un movimiento brusco, la apartó. No fue un empujón suave, fue un rechazo violento, instintivo.
"¡No me toques!"
Su voz sonó ronca, extraña, llena de un asco que nunca antes había sentido.
Sofía retrocedió, sorprendida y ofendida. La máscara de viuda doliente se resquebrajó, revelando la irritación que había debajo.
"¿Pero qué te pasa?"
Armando no respondió. Solo la miraba, y en su mirada había un universo de dolor, rabia y desprecio. Se agarró con más fuerza a la camiseta de su hijo, el único trozo de verdad que le quedaba en esa casa llena de mentiras. El contacto físico había sido roto. El último puente entre ellos acababa de derrumbarse.