Sus excusas eran tan falsas como su luto. Usaba el nombre de su hijo muerto como un escudo para su propio egoísmo. Armando sintió una oleada de cansancio, un agotamiento tan profundo que le pesaba en cada músculo. Ya no tenía fuerzas para discutir, para gritar, para exigirle una explicación que sabía que nunca sería sincera.
"Vete, Sofía" , dijo con una voz apenas audible, pero cargada de una finalidad de acero. "Déjame solo con mi hijo."
Le dio la espalda, mirando la pared vacía del cuarto de Juanito. Ya no quería verla, no soportaba su presencia.
"¿Ah, sí? ¿Ahora me corres de mi propia casa?" replicó ella, con la voz subiendo de tono. "¡Perfecto! ¡Quédate solo con tu amargura y tu drama! ¡A ver si eso te devuelve a tu hijo! Cuando se te pase el berrinche, ya sabes dónde encontrarme."
Armando escuchó el sonido agudo de sus tacones alejándose por el pasillo, seguido por el portazo violento de la puerta principal. Y con el eco de ese portazo, un extraño silencio llenó la casa. Por primera vez en mucho tiempo, Armando sintió un resquicio de paz. Una paz triste, desoladora, pero paz al fin y al cabo. El aire parecía más limpio, más respirable sin ella. Podía llorar a su hijo sin que la mentira de ella lo contaminara todo.
Se pasó el resto del día en el cuarto de Juanito, moviéndose lentamente, como en un sueño. Tocaba sus cosas, sus libros de la escuela, sus balones de fútbol gastados. Encontró una pequeña caja de madera escondida debajo de la cama. La sacó y la puso sobre el colchón.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Era Sofía. Debía haber olvidado algo. Vio la caja en las manos de Armando y puso los ojos en blanco.
"Ay, por favor, Armando. ¿Vas a ponerte a llorar ahora por sus cachivaches? Siempre guardando porquerías. Tira eso, hombre. Son solo sus tontos trofeos de fútbol del barrio."
Se acercó para coger la caja, probablemente para tirarla a la basura. Pero Armando la apartó con el cuerpo, protegiéndola. Con manos temblorosas, levantó la tapa.
Dentro no había trofeos del barrio. Estaba llena de medallas de oro y plata, brillantes y pesadas. Recortes de periódico del diario local con titulares como "Juanito Morales, la joven promesa del fútbol estatal" y "El gol de Morales lleva a la victoria al equipo juvenil" . Había una carta doblada. Era una oferta oficial de un club de fútbol importante de la capital, una beca completa para unirse a sus fuerzas básicas. La carta había llegado hacía dos meses.
Sofía se quedó muda. Miraba las medallas y los recortes con los ojos muy abiertos, sin entender.
"¿Qué... qué es esto?" tartamudeó.
Armando no respondió. Solo la miró con una infinita tristeza. Ella, su madre, no tenía ni idea. No sabía del talento real de su hijo, de sus sueños, de la oportunidad que estaba a punto de cambiarle la vida. Estaba demasiado ocupada financiando la carrera de su primo como para prestar atención a los triunfos silenciosos de su propio hijo. La ignorancia de Sofía era la prueba final, la más dolorosa, de su abandono.