Sofía no vaciló, la miró directamente a los ojos inexistentes de la anciana. "No me importa. Cualquier cosa es mejor que seguir aquí, encadenada a su recuerdo. Acepto el destino que me toque."
La guardiana pareció sorprendida por su determinación. "Tu amor por él debe haber sido muy grande para que ahora lo odies tanto. Muy bien, es tu decisión."
Pero justo cuando Sofía se preparaba para dar el salto final hacia el olvido, una voz la detuvo, una voz que helaba su alma.
"¿A dónde crees que vas, Sofía?"
Ricardo estaba de pie detrás de ella, su figura alta y poderosa recortada contra la luz sombría del Inframundo. Valeria estaba a su lado, aferrada a su brazo, mirándola con una sonrisa triunfante.
"¿Pensabas que podías escapar de mí tan fácilmente?" continuó Ricardo, su tono era burlón, "todavía no he terminado contigo. No puedes irte a ninguna parte sin mi permiso."
La desesperación amenazó con ahogar a Sofía. Ni siquiera en su intento de borrarse a sí misma podía encontrar libertad.
"Ricardo, mi amor, no te enojes," intervino Valeria, con su voz melosa, "mira, está tan desesperada. Pobrecita. Quizá deberíamos darle algo que hacer, para que no piense en tonterías."
Valeria se acercó a Sofía y le susurró al oído, para que solo ella pudiera escuchar. "Mi alma resultó dañada cuando me protegiste de aquel ataque demoníaco, ¿recuerdas? Necesito recuperarme, y para eso, necesito la Llama del Alma Pura, que solo se encuentra en el Corazón del Volcán de las Almas Perdidas. Es una misión suicida, pero tú eres fuerte, seguro que puedes conseguirla para mí."
Era una trampa mortal, Sofía lo sabía. El Volcán era un lugar del que nadie regresaba. Pero la alternativa era quedarse aquí, bajo la mirada de Ricardo y la crueldad de Valeria.
"Lo haré," dijo Sofía, con la voz rota.
Ricardo la miró con frialdad. "Bien. Ve. Tráele la Llama a Valeria. Si fallas, ya conoces las consecuencias."
Sofía se dio la vuelta y comenzó el largo y arduo viaje hacia el Volcán. El camino estaba plagado de peligros, criaturas de pesadilla y terrenos traicioneros. Cada paso era una tortura, el calor del volcán quemaba su piel etérea, y los gritos de las almas perdidas resonaban en su mente, amenazando con volverla loca.
Su cuerpo espiritual se desgarraba, sentía cómo su esencia se disipaba con cada metro que avanzaba. Estaba al borde del colapso, pero la imagen de sus padres sufriendo le daba una fuerza que no sabía que tenía. Tenía que sobrevivir, no por ella, sino por ellos.
Mientras tanto, en el palacio de Ricardo, Valeria se sentía cada vez más débil. El daño en su alma era real, y sin la Llama, se desvanecería. Ricardo, ciego de amor, estaba desesperado.
"No te preocupes, mi amor," le decía, mientras le transfería su propia energía vital, "Sofía traerá la Llama. Y si no lo hace, yo mismo iré a buscarla. Haré cualquier cosa por ti."
Ricardo sacrificó una parte considerable de su poder para mantener a Valeria estable, debilitándose a sí mismo en el proceso. La observaba dormir, su rostro pálido y frágil, y sentía una devoción que rayaba en la locura.
Lejos de allí, en el corazón del volcán, Sofía finalmente alcanzó la Llama del Alma Pura. Ardía con una luz blanca y cegadora, un faro de pureza en medio de la desolación. Al tomarla, un dolor insoportable recorrió su ser, como si mil agujas de fuego la atravesaran. Su cuerpo casi se desintegra.
A través del vínculo que aún la unía a Ricardo, pudo sentir su sacrificio. Vio cómo él se debilitaba por Valeria, y una emoción extraña y compleja la invadió. Era una mezcla de amargo resentimiento y una punzada de algo que se parecía a la lástima.
Se dio cuenta de algo con una claridad dolorosa, él era un tonto, un completo idiota cegado por una mujer que no valía nada. Y supo, con una certeza absoluta, que un día despertaría de su engaño.
Pero para entonces, sería demasiado tarde. Para él y para ella. Con esa idea en mente, emprendió el camino de regreso, llevando la Llama que salvaría a su enemiga y sellaría su propio destino.