Para celebrar la recuperación de Valeria, Ricardo organizó un gran banquete en su palacio. Invitaron a todos los señores y damas importantes del Inframundo. La música llenaba el gran salón, y las mesas rebosaban de manjares exquisitos. Sofía fue obligada a asistir, no como invitada, sino como sirvienta.
En medio de la fiesta, Valeria, sentada en un trono junto a Ricardo, levantó su copa. "Queridos amigos," dijo, con una sonrisa radiante, "estoy tan feliz de estar aquí con todos ustedes. Y para animar la velada, tengo una pequeña petición. Sofía, sé que antes eras una gran bailarina, ¿por qué no nos deleitas con una danza?"
La humillación fue como una bofetada. Todos los ojos se volvieron hacia Sofía, que estaba de pie junto a una columna, vestida con harapos de sirvienta. Las risas y los murmullos se extendieron por el salón.
Ricardo frunció el ceño, pareciendo incómodo por un momento, pero no dijo nada. Su silencio fue un consentimiento.
Con el corazón hecho piedra, Sofía caminó hacia el centro del salón. Sin música, sin un vestido adecuado, comenzó a moverse. Su danza no era de alegría, sino de dolor, cada movimiento contaba la historia de su traición, de su corazón roto, de su espíritu destrozado. Era una actuación hipnótica y terrible, y el salón quedó en un silencio sepulcral.
Cuando terminó, estaba temblando, las lágrimas corrían por su rostro. Pero nadie aplaudió, solo la miraban con una mezcla de lástima y desprecio.
Entonces, un señor demonio corpulento y de aspecto lascivo, conocido como Lord Azkor, se levantó. "¡Qué espectáculo tan conmovedor!" exclamó con vozarrón, "Ricardo, esa esclava tuya tiene agallas. Me gusta. Dámela. Te daré a cambio cien almas frescas."
La sala contuvo el aliento. Ser entregada a Lord Azkor era peor que la muerte. Era conocido por su crueldad y sus perversiones.
Sofía miró a Ricardo, una última y desesperada súplica en sus ojos. Pero Ricardo ni siquiera la miró. Bebió un sorbo de su copa y dijo con una voz fría y desapegada, "Es toda tuya, Azkor. Considérala un regalo."
La desesperación final se apoderó de Sofía. Estaba acabada. Su destino estaba sellado.
Lord Azkor sonrió, mostrando una hilera de dientes afilados. Se acercó a Sofía y la agarró bruscamente del brazo. "Vamos, mi pequeña bailarina, tenemos mucho de qué hablar."
Mientras la arrastraba fuera del salón, Sofía vio por última vez a Ricardo, que reía de un chiste que le contaba Valeria. En ese momento, todo el amor que alguna vez sintió por él se convirtió en cenizas.
Lord Azkor la llevó a sus aposentos, un lugar oscuro y lleno de extraños instrumentos de tortura. La arrojó al suelo. "Ahora, me vas a entretener de verdad," dijo, mientras se acercaba a ella.
Pero Sofía, aunque su cuerpo temblaba, su mente estaba más clara que nunca. Sabía que esta era su única oportunidad. Mientras Azkor se regodeaba, ella planeaba.
"Mi señor," dijo, con una voz temblorosa pero firme, "soy suya, haré lo que me pida. Pero antes, permítame un último deseo. Hay algo que dejé en la biblioteca de Lord Ricardo, un pequeño cofre con recuerdos de mi familia. Es lo único que me queda. Si me permite ir a buscarlo, le juraré lealtad eterna."
Azkor la miró con recelo, pero la idea de tenerla completamente sometida le agradaba. "Está bien," gruñó, "pero iré contigo. Y si intentas algo, te arrepentirás."
Sofía asintió, ocultando el alivio. No buscaba un cofre de recuerdos, buscaba el Diario de Almas, un artefacto que Ricardo guardaba en su biblioteca y en el que se registraban todos los pactos y crímenes importantes. Sabía que allí encontraría la prueba de que Ricardo y Valeria habían encubierto la muerte de Miguel.
Entraron en la biblioteca, un lugar inmenso lleno de estanterías que llegaban hasta el techo. Mientras Lord Azkor se distraía con un mapa antiguo, Sofía se movió rápidamente hacia la sección prohibida. Usando un conocimiento que había adquirido en sus años junto a Ricardo, desactivó las trampas mágicas y encontró el pesado libro de cuero.
Lo abrió y sus dedos volaron sobre las páginas, buscando la fecha del accidente de Miguel. Y allí estaba. La página no describía un accidente, sino un pacto. Un pacto firmado por Ricardo y Valeria con un demonio menor para alterar los recuerdos de todos los testigos y culpar a Miguel. La verdad era más horrible de lo que había imaginado. No fue un accidente imprudente, fue un asesinato encubierto con magia oscura.
Un sollozo se le escapó. El dolor y la rabia la inundaron.
"¿Qué tienes ahí?" la voz de Lord Azkor resonó detrás de ella.
Se giró, con el diario en las manos. Estaba atrapada.
Azkor le arrebató el libro. Sus ojos se abrieron de par en par al leer la página. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro. "Vaya, vaya, qué tesoro has encontrado. Con esto, podría destruir a Ricardo."
De repente, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe, con la fuerza de un huracán.
Ricardo estaba de pie en el umbral, sus ojos ardían con una furia helada. "Azkor," dijo, con una voz que era un trueno contenido, "suelta ese libro y aléjate de ella. Ahora."