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Alma Rota, Venganza Divina
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Capítulo 4

La aparición de Ricardo fue tan abrupta que Lord Azkor se quedó paralizado por un instante, con el Diario de Almas todavía en sus manos.

"Ricardo," balbuceó Azkor, tratando de recuperar la compostura, "no es lo que parece. Tu esclava estaba tratando de robar..."

Ricardo no lo dejó terminar. Se movió con una velocidad cegadora, y en un parpadeo, estaba frente a Azkor. Le arrancó el diario de las manos y lo golpeó con una fuerza tan brutal que Azkor salió volando por la habitación, estrellándose contra una estantería y derribando cientos de libros.

Luego, Ricardo se volvió hacia Sofía. Su rostro estaba contraído por la furia. "¿Qué demonios estabas haciendo? ¿Intentando robar mis secretos para vendérselos a mis enemigos? ¿Tan bajo has caído?"

El dolor de la acusación fue casi tan agudo como el golpe de Azkor. "No," susurró Sofía, con la voz temblorosa pero firme, "estaba buscando la verdad."

"¿La verdad?" Ricardo se rio, una risa amarga y sin alegría, "la única verdad aquí es que eres una traidora. Me das asco."

"El único que debería dar asco eres tú," replicó Sofía, encontrando una fuerza que no sabía que tenía, "me has encerrado, me has humillado, me has entregado a un monstruo. Todo por ella. ¿Y por qué? ¿Porque te cegué con mi amor y mi sacrificio? ¡Todo lo que tienes te lo di yo!"

La verdad de sus palabras pareció golpear a Ricardo, pero su orgullo no le permitió admitirlo. Su rostro se endureció aún más.

"Lárgate," siseó, "desaparece de mi vista. No quiero volver a verte nunca más."

Sofía no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se levantó, con la dignidad que le quedaba, y salió de la biblioteca, dejando a Ricardo solo con su rabia y el diario que contenía la prueba de su crimen.

Pero su calvario no había terminado. Apenas había salido del palacio cuando un grupo de demonios la rodeó. Al frente de ellos estaba Valeria, con una sonrisa de pura maldad.

"¿Creíste que te escaparías tan fácilmente, perra?" dijo Valeria, "arruinaste mi fiesta y casi expones a Ricardo. Vas a pagar por eso."

Los demonios se abalanzaron sobre ella. La golpearon, la patearon, la pisotearon. Sofía sintió cómo sus huesos espirituales se rompían, un dolor agudo y terrible que la dejó sin aliento. Trató de defenderse, pero eran demasiados.

Cuando pensó que no podía soportar más, Valeria se acercó. Sacó una daga ornamentada, su hoja brillaba con una luz oscura.

"Esto no es suficiente," dijo Valeria, "quiero que sufras de verdad."

Con una precisión cruel, comenzó a cortar los tendones de sus brazos y piernas, no para matarla, sino para incapacitarla, para que sintiera cada segundo de agonía. Luego, le arrancó las uñas una por una.

Sofía gritaba, suplicaba, pero los oídos de Valeria eran sordos a su dolor. Su mundo se redujo a un infierno de sufrimiento, su conciencia se desvanecía en oleadas de dolor.

Cuando Valeria finalmente se cansó, Sofía era un bulto roto y sangrante en el suelo, apenas con un hilo de vida. Estaba destrozada, física y espiritualmente.

"Ya me aburrí," dijo Valeria, limpiando la daga en un trozo de tela. Se volvió hacia uno de sus sirvientes. "Recojan lo que queda de ella. No desperdicien la sangre ni la carne. Hiérvanlo todo y hagan una sopa. Se la daré a Ricardo. Dicen que la esencia de un alma pura es muy nutritiva. Será mi regalo para él, por todo el poder que gastó en mí."

La última pizca de conciencia de Sofía se aferró a esas palabras, a esa última y monstruosa humillación. Y luego, todo se volvió negro.

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