Mi padre se opuso a mi plan con una furia desesperada. Cuando le conté lo que pretendía hacer, su rostro, ya marcado por años de dolor silencioso, se contrajo en una máscara de pánico.
"¡Estás loca, Elena! ¡Te van a matar igual que a Sofía!"
Su voz era un susurro ronco, cargado de miedo. Estábamos en la panadería familiar, el mismo lugar donde Sofía había aprendido a hacer el pan que tanto amaba. El olor a levadura y azúcar, que antes era reconfortante, ahora se sentía sofocante.
"Ellos no la mataron" , dijo él, repitiendo la mentira que se había obligado a creer durante ocho años. "Ella... ella no pudo soportarlo."
Lo miré fijamente, mis ojos secos de tanto llorar en secreto.
"Tú sabes que eso no es verdad, papá. Tú viste el informe. Tú sabes lo que le hicieron."
Él desvió la mirada, incapaz de sostenerme el contacto. Su cobardía era una barrera entre nosotros, más gruesa que cualquier pared.
La policía nunca investigó de verdad. El informe oficial era una broma, una colección de suposiciones y conclusiones apresuradas diseñadas para cerrar el caso lo más rápido posible. "Suicidio por estrés" , decía. Culparon a Sofía, a su origen humilde, a su supuesta inestabilidad emocional. La convirtieron en la villana de su propia muerte.
Yo nunca acepté esa versión. Desde el primer momento, supe que era una mentira. Sofía amaba la vida. Amaba el olor del pan recién horneado, amaba las mañanas soleadas, me amaba a mí y a nuestros padres. Ella nunca se habría quitado la vida. Alguien se la arrebató.
Así que me dediqué a mi venganza. Cada día, durante ocho largos años, mi objetivo fue uno solo: destruir a los Mendoza. Estudié criminología con una obsesión febril. Leí cada libro, analicé cada caso famoso. Aprendí sobre venenos que no dejan rastro, sobre drogas que inducen a la locura, sobre cómo manipular la mente humana. Mi vida se convirtió en un plan meticuloso, una estrategia de guerra contra una familia que se creía intocable.
Mientras yo me preparaba, la lista de prometidas muertas en la hacienda de los Mendoza seguía creciendo. Cada año o dos, una nueva tragedia ocupaba los titulares por un par de días antes de desvanecerse. Una abogada, una artista, una empresaria. Mujeres de diferentes orígenes, todas con el mismo destino. La policía siempre llegaba a la misma conclusión: suicidio. La tradición de los Mendoza se volvió aún más infame, una especie de ruleta rusa para mujeres ambiciosas o desesperadas.
El caso de la octava prometida fue particularmente extraño. Era una atleta olímpica, una mujer conocida por su fortaleza mental y física. La idea de que se hubiera suicidado era aún más ridícula que en los casos anteriores. Para mí, fue la señal definitiva. Era mi momento de actuar. La sociedad estaba más escéptica que nunca, y los Mendoza, aunque poderosos, empezaban a sentir la presión de la opinión pública.
Así que me puse mi traje de mariachi, afiné mi guitarrón y fui a presentarme ante ellos. Me paré en su lujosa sala, un lobo con piel de oveja, y les canté una canción de amor. Les ofrecí mi vida en bandeja de plata, sabiendo que la aceptarían, ansiosos por añadir un trofeo más a su colección.
"Soy Elena" , les dije con una sonrisa ensayada. "Y seré la novena prometida."