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Cicatrices del Primer Amor
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Capítulo 1

El aroma a café recién hecho y el suave murmullo de las telas llenaban mi estudio, un santuario de calma y creatividad en el corazón de la bulliciosa Ciudad de México. La luz de la mañana se filtraba por los ventanales, iluminando los bocetos esparcidos sobre mi mesa de trabajo. Era mi rutina, mi paz, un mundo que había construido desde cero, lejos de las ruinas de mi vida anterior.

Mi teléfono vibró sobre la madera, mostrando un número desconocido. Normalmente lo ignoraría, pero algo me impulsó a contestar.

"¿Bueno?"

"¿Sofía? ¿Sofía, eres tú?"

La voz era un eco de un pasado que creía enterrado. Rebeca. Mi amiga de la universidad, la que había elegido un bando hace cinco años.

"Sí, soy yo. ¿Qué quieres, Rebeca?" Mi tono fue más frío de lo que pretendía, pero no pude evitarlo.

Hubo una pausa incómoda.

"Sofía, sé que ha pasado mucho tiempo. Neta, no sabes cuánto lo siento. Pero te llamo por algo importante. Es sobre Mateo."

El nombre cayó en el silencio de mi estudio como una piedra en un estanque. Mateo Serrano. Mi amigo de la infancia, mi primer amor, mi prometido. El hombre que me había destrozado frente a doscientas personas.

"No hay nada de qué hablar," dije, mi voz firme, mientras mis dedos se apretaban alrededor de un lápiz de diseño.

"Por favor, escúchame," suplicó Rebeca, su voz teñida de una urgencia que me resultaba extraña. "Él no está bien, Sofía. Desde que... bueno, desde que te fuiste. Y ahora, con lo de Camila, todo se ha ido al diablo. Él te necesita."

Una risa seca y sin alegría escapó de mis labios.

"¿Me necesita? ¿Ahora? ¿Después de cinco años?"

"Él se equivocó, Sofía. Todos nos equivocamos. Camila lo manipuló, le llenó la cabeza de mentiras. Ahora todo salió a la luz. La familia Serrano está desesperada. Quieren que hables con él, que lo perdones."

La imagen de aquella noche volvió con una claridad brutal. La fiesta de compromiso en el jardín de la mansión Serrano. Las luces parpadeantes, la música, las sonrisas falsas de la alta sociedad. Mateo en el escenario, con un micrófono en la mano, su rostro contorsionado por una furia que yo no entendía. Sus palabras, cada una un golpe calculado.

"Sofía no es quien ustedes creen," había gritado, su voz resonando en el silencio repentino. "Ella ha estado jugando conmigo todo este tiempo. Su corazón le pertenece a otro, un amor prohibido del que nunca me habló. Me usó como un sustituto, como un escalón."

Luego, la humillación final. Camila, su supuesta mentora de diseño, subiendo al escenario para tomar su mano, mientras él anunciaba que rompía nuestro compromiso y se iba con ella. Me quedé sola, el anillo de diamantes sintiéndose como un trozo de hielo en mi dedo, bajo la mirada de cientos de personas que murmuraban y me juzgaban.

"Rebeca," dije, mi voz ahora tranquila, vacía de toda emoción. "No entiendes. Tu llamada llega cinco años tarde."

"Nunca es tarde para el perdón, Sofía. Él te ama, siempre te ha amado."

"No, Rebeca, no lo entiendes en absoluto," la interrumpí, y por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina, aunque pequeña, se dibujó en mi rostro. "No me interesa su perdón, ni su amor, ni su desesperación. Porque yo ya no soy esa chica."

Caminé hacia la ventana de mi estudio, que daba a un pequeño balcón lleno de plantas.

"Estoy casada, Rebeca."

El silencio al otro lado de la línea fue absoluto.

"Tengo un esposo maravilloso, un hombre que me ama por quien soy, que confía en mí y me respeta. Su nombre es Diego."

Acerqué el teléfono a la ventana, donde se escuchaba el ruido de la calle y, más cerca, una risa infantil.

"Y tengo un hijo. Se llama Leo, y acaba de cumplir cuatro años. Él es mi vida, mi felicidad."

"¿Qué? ¿Casada? ¿Un hijo?" La voz de Rebeca era un susurro incrédulo, casi cómico. "No... no puede ser. Nadie sabía. Pensamos... pensamos que estabas sola, sufriendo."

"Pues pensaron mal," dije, mi voz adquiriendo una dureza protectora. "Construí una vida nueva, una vida real, lejos de sus mentiras y su toxicidad. Así que dile a Mateo, y a su distinguida familia, que me dejen en paz. No tengo nada que perdonarles porque, para mí, ustedes ya no existen."

Colgué antes de que pudiera responder. Me quedé mirando la ciudad, el sol brillando en mi rostro. El pasado había llamado a mi puerta, pero la encontró cerrada con llave. Y yo tenía la única copia.

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