Camila se integró en la vida de Mateo con una facilidad alarmante, siempre bajo el pretexto de la "chamba".
"Tengo que quedarme hasta tarde con Camila, estamos revisando los planes para la nueva colección," me decía Mateo por teléfono.
"Camila me invitó a una galería de arte este fin de semana, dice que es importante para inspirar la línea de primavera."
Al principio, yo lo aceptaba sin cuestionar. Confiaba en Mateo. ¿Por qué no lo haría? Llevábamos toda una vida juntos. Además, yo también estaba ocupada con mis propios proyectos de la universidad, mis propios sueños.
"Qué bueno que se lleven tan bien," le dije una vez. "Se nota que sabe mucho."
"Es increíble," respondía él, sus ojos brillando de una forma que, en retrospectiva, debería haberme preocupado. "Entiende la presión que tengo, la responsabilidad del apellido."
La primera señal de alarma real llegó durante una fiesta en casa de Rebeca. Éramos un grupo de amigos de la universidad, una noche relajada de música y bebidas. Camila estaba allí, por supuesto, como invitada de Mateo.
En algún punto de la noche, a alguien se le ocurrió jugar "Verdad o Reto". El ambiente era ligero, las preguntas y los retos eran tontos y divertidos. Hasta que la botella apuntó a Camila, y ella eligió "verdad".
Rebeca, riendo, le preguntó: "¿Cuál es el secreto más jugoso que sabes de alguien en esta habitación?"
Camila sonrió, una sonrisa lenta y calculada. Sus ojos se posaron en mí por un segundo antes de mirar a Mateo.
"Bueno," dijo, con un tono falsamente confidencial. "No sé si debería... Es algo delicado. Tiene que ver con Sofía y su 'amor prohibido'."
La habitación quedó en silencio. Todos los ojos se giraron hacia mí. Sentí un frío recorrer mi espalda.
"¿Qué quieres decir?", preguntó Mateo, su tono ya no era de juego.
"Oh, vamos, no es un gran secreto," dijo Camila, restándole importancia con un gesto de la mano. "Todos saben que Sofía estuvo locamente enamorada de su primo, ¿no? El que falleció. Me contaron que era tan intenso que por eso nunca ha podido entregarse por completo a nadie más."
El aire se me fue de los pulmones. Mi primo, Adrián. Había muerto en un accidente de coche cuando yo tenía dieciséis años. Éramos increíblemente unidos, como hermanos. Su muerte fue la primera gran tragedia de mi vida, un dolor que tardé años en procesar. Y ahora, esta mujer, esta extraña, lo estaba usando, retorciendo mi duelo en un arma sucia y barata para usarla en mi contra.
"Eso no es verdad," dije, mi voz temblorosa de rabia y dolor. "Adrián era mi primo, mi mejor amigo. Lo quería como a un hermano. Lo que dices es una asquerosidad."
Miré a Mateo, buscando su apoyo, esperando que lo defendiera, que pusiera a Camila en su lugar. Pero en su rostro no vi indignación. Vi una sombra de duda. Una semilla de celos que Camila acababa de plantar con una habilidad perversa.
"Tranquila, Sofi," dijo Mateo, pero su voz era tensa. "Es solo un juego estúpido."
Pero no era solo un juego. Era el primer movimiento de una partida que yo ni siquiera sabía que estaba jugando. Esa noche, cuando nos fuimos, el silencio en el coche era denso y pesado. Mateo no me miró. Y yo supe, con una certeza helada, que algo se había roto entre nosotros. La confianza, antes un pilar inamovible, ahora estaba llena de fisuras.