"No me arrepiento de nada," le dije a Diego esa noche, mientras veíamos a Leo dormir plácidamente en su cuna. La luz de la luna se colaba por la ventana, dibujando sombras suaves en su rostro inocente.
Diego me rodeó con su brazo, su presencia era un ancla sólida y tranquilizadora.
"No tienes por qué arrepentirte, Sofi. Tú no hiciste nada malo. Elegiste ser feliz, y eso es lo único que importa."
Apoyé mi cabeza en su hombro, inhalando su aroma familiar. Tenía razón. Mi vida ahora era plena, real. Por la mañana, desperté con los besos juguetones de Leo y el olor del desayuno que Diego preparaba. Pasaba mis días inmersa en mi pasión, creando diseños que llevaban mi nombre, no el de una casa de modas heredada. Y mis noches eran para mi familia, para las risas, los cuentos antes de dormir, el calor de un hogar lleno de amor.
Esta felicidad era tan distinta a la que había conocido con Mateo. Con él, todo era un torbellino de eventos sociales, de expectativas, de una presión constante por ser la pareja perfecta para el heredero del imperio Serrano. Nuestra relación había nacido de una cercanía casi predestinada.
Nuestras familias eran amigas desde siempre. Crecimos juntos, nuestras casas de verano estaban una junto a la otra. Mateo y yo éramos inseparables desde niños. Él era el aventurero, el que me animaba a trepar árboles y a explorar el bosque detrás de nuestras casas. Yo era la soñadora, la que le contaba historias de mundos fantásticos.
Recuerdo un verano, tendríamos unos diez años, sentados en el muelle del lago.
"Cuando seamos grandes, nos vamos a casar," dijo Mateo, con la seriedad de un niño que hace una promesa sagrada. "Y viviremos en una casa enorme y tú diseñarás vestidos y yo los venderé por todo el mundo."
Yo me reí. "Y tendremos un perro labrador llamado Sol."
"Y dos hijos," añadió él. "Y seremos felices para siempre."
Era una promesa infantil, pero para todos a nuestro alrededor, era una profecía. "Sofía y Mateo", decían siempre. "Están hechos el uno para el otro." Crecimos con esa idea, y se convirtió en nuestra verdad. Nuestro amor se sentía natural, inevitable.
Cuando entramos en la universidad, él en administración de empresas y yo en diseño de modas, nuestra relación se consolidó. Él era mi mayor fan, y yo la suya. O eso creía.
El problema comenzó sutilmente, cuando ambos empezamos a destacar en nuestros respectivos campos. Especialmente cuando Mateo comenzó a trabajar formalmente en la empresa de su padre. Fue entonces cuando Camila entró en escena.
Camila era una diseñadora unos años mayor que nosotros, con una reputación de ser brillante y despiadada. El padre de Mateo la contrató como una especie de mentora para él, para que lo guiara en los aspectos creativos del negocio. Al principio, no le di importancia. Me parecía bien que Mateo tuviera a alguien con experiencia para aconsejarlo.
Qué ingenua fui. No vi la ambición depredadora en los ojos de Camila. No vi la forma en que su admiración por Mateo era una herramienta calculada. No vi la sombra que comenzaba a cernirse sobre mi "felices para siempre". Ella no era solo una mentora. Era el principio del fin. Y yo, perdida en la comodidad de una historia de amor que creía escrita en las estrellas, no tuve idea del cataclismo que se avecinaba.