Felipe la había citado esa tarde para discutir los detalles de lo que sería su vida juntos, o más bien, su vida bajo sus condiciones. Martina aún no entendía bien las reglas de este juego cruel al que se había visto obligada a entrar, pero lo que sí sabía era que cada paso que diera lo haría sobre una cuerda floja, sin red, sin garantías. Y a pesar de todo, no podía dar marcha atrás.
La puerta se cerró con suavidad detrás de ella, y Martina se encontró frente a él, de nuevo. En esta ocasión, sin la frialdad de un trato puramente legal o financiero. Estaba allí, frente a él, como su prometida. Su futura esposa, aunque eso sonara tan irreal como el mismo concepto de venganza que Felipe había compartido con ella días antes.
Felipe estaba sentado a un lado de la mesa, mirando un conjunto de papeles, pero al escuchar el sonido de la puerta, levantó la vista, y por un instante, sus ojos la atravesaron como cuchillos afilados. No había suavidad en su mirada, solo una dura determinación. Una certeza de que estaba tomando lo que le pertenecía.
-Ven, siéntate. -Su voz era baja, autoritaria, pero con un tono que también parecía retar cualquier intento de resistencia.
Martina no vaciló, aunque el nudo en su estómago la hizo caminar hacia la silla con un paso algo vacilante. Sabía que tenía que mantener la compostura, aunque todo en ella gritaba que debía salir corriendo. Pero se sentó, manteniendo la espalda recta, y trató de no mostrar lo mucho que lo intimidaba.
El silencio se extendió entre los dos, denso, cargado de tensión. Felipe no parecía tener prisa. Sabía que ella debía aprender a moverse en su territorio.
-¿Estás lista? -preguntó finalmente, sin mirar los papeles, sino fijándose en ella, como si evaluara cada uno de sus movimientos.
Martina lo miró, tratando de desviar su incomodidad hacia una postura más firme. No iba a permitir que él la desbordara tan fácilmente.
-¿Lista para qué? -respondió, el desafío apenas presente en su tono, pero suficiente para mostrar que aún mantenía algo de su propia voluntad intacta.
Felipe la observó con esa calma inquietante que siempre parecía tener. Sin prisas, pero sin dejar de medirla en cada palabra, en cada gesto.
-Para entender lo que significa este compromiso. -Felipe se inclinó hacia adelante, dejando los papeles a un lado, cruzando sus manos sobre la mesa con una precisión casi militar. -No es solo un matrimonio por conveniencia, Martina. No lo es. Es un acuerdo, un pacto de poder. Y no solo te involucras tú, sino que también te involucras a tu familia.
Martina frunció el ceño, aunque por dentro sentía una creciente ansiedad. El uso de la palabra "poder" resonó en su mente de forma oscura. Felipe no hablaba como alguien que simplemente quería una esposa. Había algo más en sus intenciones. Algo que, aunque no lo dijera en voz alta, ella comenzaba a sospechar que iba más allá de lo que él estaba dispuesto a revelar.
-Entiendo lo que implica, Felipe. -Martina habló con firmeza, mirando directamente a los ojos de él. -Sé por qué estoy aquí, y sé lo que tienes en mente.
Pero al decir esas palabras, algo cambió en el ambiente. La tensión entre ellos se palpó de inmediato, como si una línea invisible hubiera sido trazada y ambos la estuvieran cruzando con cautela, sin poder retroceder.
Felipe se reclinó en su silla y la observó con una ligera sonrisa. No era una sonrisa amistosa, ni siquiera un gesto de simpatía. Era una sonrisa de poder, una sonrisa que dejaba claro que él no veía a Martina como una igual, sino como una pieza en su plan, una pieza que pronto se movería en su tablero.
-No lo creo. -Su voz era tranquila, casi melancólica. -No sabes lo que realmente está en juego aquí, Martina. Tú piensas que esto es solo una venganza contra tu familia, pero lo que está en juego es algo mucho más grande.
El frío de sus palabras caló en Martina. ¿Qué estaba intentando decir? ¿Qué quería que ella entendiera? Estaba atrapada en un juego que no comprendía completamente, y sin embargo, sentía que cualquier paso en falso podría condenarla aún más.
-¿Y qué es lo que está en juego, Felipe? -dijo, sin poder evitar el sarcasmo que había brotado en su voz.
Felipe la miró fijamente por un momento, como si pesara cada palabra que iba a decir. Luego, se acercó un poco, pero no tanto como para invadir su espacio personal. Aún no.
-El control, Martina. El control absoluto. -Sus palabras fueron claras, directas, como un golpe. -No solo sobre tu familia, sino sobre todo lo que ellos representan. Sobre lo que tú representarás a partir de ahora.
Martina sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral, pero se obligó a no mostrarlo. No podía darle el gusto de ver que la había alcanzado.
-No entiendo lo que eso significa para mí. -respondió, pero su voz tembló ligeramente. Sabía que él no diría todo de inmediato, que estaba esperando a que ella hiciera las preguntas. Pero no estaba preparada para las respuestas.
Felipe volvió a sonreír, una sonrisa fría y calculadora.
-Lo entenderás pronto. -dijo. -El acuerdo ya está sellado. El matrimonio es solo el primer paso. Lo que siga, eso sí, será... interesante.
En ese momento, Martina se dio cuenta de que había algo más en Felipe, algo que no era solo el deseo de venganza. Había ambición, había control, había poder. Y ella estaba en el centro de todo eso.
-¿Qué quieres de mí, entonces? -Martina finalmente se atrevió a preguntar, su voz más segura ahora, pero llena de una inquietud que no podía disimular.
Felipe la observó por un momento, sin prisa para contestar. Finalmente, se inclinó hacia ella, sus ojos fijándose en los suyos con una intensidad que la hizo estremecer.
-Quiero que aprendas a vivir bajo mis reglas, Martina. Quiero que entiendas que todo lo que hagas, cada movimiento, cada decisión, estará bajo mi control. Y quiero que lo aceptes. -Su voz era baja, un susurro cargado de amenaza, pero también de algo más. Algo que ni él mismo estaba dispuesto a mostrar completamente.
Martina tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras calando profundamente en su pecho. La desconfianza entre ellos crecía con cada minuto, y la tensión de la habitación era palpable. Pero algo dentro de ella, algo que no podía describir, le decía que este no era solo un juego de poder. Era algo más.
Y, de alguna manera, sin poder entender por qué, empezó a sentir que no podía escapar. No podía escapar de Felipe, ni de lo que él representaba.
El reloj marcó la hora, y el silencio se alargó. No había más palabras que decir. Solo quedaba seguir adelante.