Felipe Navarro estaba de pie junto a la mesa, con una copa de vino en la mano, su mirada fija en el horizonte. Las luces de la ciudad se extendían como un mar de estrellas, pero él no las veía. En su mente, no había espacio para nada más que la imagen de Martina, que ahora caminaba hacia el altar.
-Felipe... -una voz femenina lo sacó de su trance. Era su madre, siempre elegante, con el rostro sereno y la mirada sabia, aunque no exenta de cierta tensión. -Es un gran día.
Felipe la miró sin sonreír, un brillo en los ojos que solo él conocía.
-Lo es. -respondió, pero sus palabras fueron tan frías como el vino que estaba bebiendo.
En ese momento, el sonido de la música cambió, y todas las miradas se dirigieron hacia el pasillo central. Martina apareció, ataviada con un vestido blanco de encaje y seda, tan deslumbrante que parecía una figura sacada de un cuento de hadas. El vestido se adaptaba perfectamente a su figura, realzando su belleza natural, pero nada de eso era suficiente para ocultar la frialdad que se reflejaba en sus ojos.
Era un día que muchos habrían considerado el más importante de sus vidas, pero para Martina, cada paso que daba hacia el altar era un recordatorio de la vida que había perdido, de la familia que estaba sacrificando y de la mentira que estaba aceptando como su destino. Felipe, el hombre que la esperaba al final del pasillo, era un desconocido, un hombre con el que ni siquiera había compartido una conversación sincera.
Cuando sus ojos se encontraron, no hubo amor. No hubo esa chispa que muchos esperaban ver en una pareja en el día de su boda. Solo desconfianza y resentimiento. Martina lo veía, lo sentía. Sabía que él lo sabía también. Cada paso hacia él parecía un paso hacia su propia perdición.
El altar estaba decorado con grandes columnas de mármol y flores blancas que daban la impresión de estar en una escena sacada de una película romántica. Pero en lugar de romanticismo, había una atmósfera tensa, opresiva. El juramento que estaba a punto de hacer no era uno de amor, sino uno de obediencia, de supervivencia.
Felipe la observó mientras avanzaba hacia él, su rostro impasible. Ni una sonrisa, ni un gesto que indicara alguna emoción. Estaba tan distante, tan calculador, que parecía más un actor interpretando un papel que un hombre casándose. Y Martina, aunque vestida como una novia perfecta, sentía la frialdad en su interior, una frialdad que se hacía más profunda a cada segundo.
Cuando llegó al altar, la ceremonia comenzó, pero la mayoría de las palabras que el sacerdote pronunció parecían irreales. No había nada sagrado en este momento. Solo había una obligación, una fachada de amor que no existía. Martina intentó concentrarse en lo que estaba sucediendo, pero la realidad era mucho más pesada que cualquier ceremonia religiosa.
Felipe se inclinó ligeramente hacia ella, sus labios casi rozando su oído, como si quisiera hablarle en secreto.
-¿Estás bien? -susurró, y la pregunta, aunque parecía preocupada, estaba cargada de algo más. De poder, de control.
Martina no respondió de inmediato. Su respiración era pesada, como si el aire estuviera escaseando en la sala. La multitud observaba, esperando los votos que sellarían el destino de ambos. Pero en ese momento, solo había silencio en su mente. La voz del sacerdote ya no llegaba a sus oídos, las miradas de la gente parecían borrosas. Todo se reducía a esa pregunta. ¿Estás bien?
-Sí. -respondió con la voz quebrada, pero no podía mentir. No estaba bien. Y lo sabía.
Felipe no mostró ninguna emoción ante su respuesta, simplemente asintió con la cabeza. No había necesidad de más palabras. Ambos sabían lo que realmente estaba sucediendo.
La ceremonia continuó sin incidentes, pero el aire entre ellos estaba cargado de resentimiento. Cuando llegó el momento de los votos, Martina miró a Felipe, y por un instante, su mirada se encontró con la de él. En sus ojos no había amor, solo una especie de vacío mutuo, una aceptación de lo que no podía evitarse. No era amor lo que unía a esos dos, sino un pacto de conveniencia y venganza.
-Felipe, ¿aceptas a Martina como tu esposa, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe? -preguntó el sacerdote, con la voz llena de solemnidad.
Felipe asintió sin vacilar.
-Sí, lo acepto.
La respuesta fue rotunda, pero vacía. No había amor en ella, solo una certeza fría de que todo formaba parte de un plan mucho mayor. Un plan que, por supuesto, Martina no entendía completamente aún.
El sacerdote se dirigió a ella, y por un segundo, Martina sintió el peso de la pregunta como si la tierra estuviera a punto de tragársela.
-Martina, ¿aceptas a Felipe como tu esposo?
Su mente se nubló por un instante. ¿Qué significaba aceptar a alguien así? ¿Aceptar a un hombre que no solo no amaba, sino que tenía la intención de destruir a su familia? Pero no tenía otra opción. No podía dejar que su hermano pagara el precio por su sacrificio.
-Sí, lo acepto. -Las palabras salieron de su boca, como un susurro, como una condena.
El sacerdote sonrió levemente, marcando el final de la ceremonia.
-Puedo declararles marido y mujer. Pueden besar a la novia.
Felipe, sin pensarlo, se inclinó hacia ella y la besó. El beso fue breve, frío, una mera formalidad. Y aunque la multitud aplaudió, en el corazón de Martina, nada había cambiado. Ese beso no sellaba un amor, sino un pacto. Un pacto que la ataba a un hombre del que no sabía nada más que lo que había escuchado en palabras llenas de odio y venganza.
Mientras la multitud continuaba celebrando, Martina se sintió atrapada. El peso de la vida que había elegido, o mejor dicho, que no había tenido más opción que aceptar, la golpeó como una ola. Todo lo que conocía, todo lo que había amado, estaba a punto de desmoronarse.
Felipe no la miró, pero ella lo sintió. Sabía que, en su mente, ya la había ganado.
La boda había terminado, pero la verdadera prueba estaba por comenzar.