Punto de vista de Sofía Villalobos
El Uber esperaba frente a las enormes puertas de hierro.
Era la mañana de la boda, y el aire zumbaba con una energía frenética.
Camiones de reparto hacían fila para entrar. Flores. Catering. Los arquitectos de un cuento de hadas que estaba a punto de arruinar.
Salí del auto.
Caminé hacia la caseta de vigilancia, mi espalda rígida contra el dolor persistente en mi cuerpo.
-Llama a Dante -dije.
El guardia dudó, su mirada recorriéndome, luego levantó el teléfono.
Un minuto después, Dante bajó por el camino de entrada.
Se veía destrozado. Tenía ojeras oscuras y amoratadas bajo los ojos, como si no hubiera dormido en días.
Me vio y frunció el ceño.
-Se supone que deberías estar en un avión a Madrid -dijo.
Su voz era áspera, un raspado de grava.
-Perdí mi vuelo -mentí.
Se pasó una mano por el pelo, un gesto de puro agotamiento.
-Por Dios, Sofía. ¿Alguna vez dejas de ser una carga? No tengo tiempo para esto. Tengo que casarme en cuatro horas.
-Lo sé -dije.
Le tendí la caja blanca.
-Solo quería darte esto.
La miró con desconfianza, sin hacer ningún movimiento para tocarla.
-¿Qué es?
-Un regalo de bodas -dije, forzando el título a pasar por mis labios. -Para mi cuñado.
No lo tomó.
Marcos, su subjefe, se adelantó y tomó la caja de mi mano.
-Revísala por si tiene bombas -murmuró Dante.
Casi sonreí.
*Es* una bomba, Dante, pensé. Solo que no del tipo que explota. Es del tipo que no deja nada atrás.
-No voy a ir a Madrid -dije suavemente.
Me miró entonces. Realmente me miró, sus ojos buscando en los míos el juego que estaba jugando.
-¿Qué?
-Me voy -dije. -A un lugar donde nunca me encontrarás.
-Bien -dijo.
La palabra quedó suspendida en el aire entre nosotros.
Fría. Absolutoria. Final.
Me dio la espalda.
Volvió a subir por el camino de entrada, moviéndose hacia la casa donde mi hermana esperaba para casarse con él.
Caminó hacia la mentira que había elegido.
Lo vi irse hasta que fue solo un borrón contra el paisaje cuidado.
-Adiós, Dante -susurré.
Volví al Uber.
-Al aeropuerto -le dije al conductor.
Mientras nos incorporábamos a la autopista, bajé la ventanilla.
Saqué la tarjeta SIM de mi teléfono.
Con un chasquido agudo, la partí por la mitad.
La arrojé por la ventanilla.
La vi rebotar en el asfalto y desaparecer en el torbellino del tráfico.
El viento azotó mi cabello contra mi cara.
Respiré hondo.
Me dolieron las costillas magulladas, pero el aire sabía diferente.
No sabía a sangre ni a colonia cara ni a miedo.
No sabía a nada.
Y nada era exactamente lo que quería ser.
La chica que amaba a Dante Montenegro murió en un sótano en Monterrey.
La mujer que aterrizó en Sídney sería alguien completamente diferente.
Cerré los ojos y dejé que la distancia me tragara por completo.