Punto de vista de Sofía Villalobos
La habitación del hospital era de un blanco cegador.
Todo era siempre blanco.
Había perdido el bazo por una hemorragia interna.
Tres costillas rotas se habían añadido a la colección.
El doctor me dijo que tenía suerte.
Suerte.
Esa palabra había perdido todo significado.
Mi padre se cernía a los pies de la cama.
Parecía molesto de que hubiera sobrevivido. Mi respiración complicaba las cosas.
-El vuelo a Madrid ha sido reprogramado -dijo, su voz desprovista de calidez. -Te vas mañana. No más retrasos.
No preguntó cómo estaba.
No se disculpó por dejarme morir en un auto en llamas.
-Dante se está encargando de la represalia contra los rusos -añadió, mirando su reloj. -Está muy ocupado. No esperes una visita.
No esperaba nada.
Solo asentí.
Cuando se fue, esperé a que la enfermera cambiara mi suero y saliera de la habitación.
Entonces, me moví.
Mi cuerpo gritó en protesta, pero mi mente estaba clara. Fría y afilada como un bisturí.
Recuperé la bolsa de emergencia que había escondido en el conducto de ventilación del baño del hospital durante mi última visita.
Había estado planeando esto durante meses. Mucho antes de la gala.
Saqué el teléfono desechable.
Inicié sesión en la cuenta offshore.
El dinero que había desviado del fondo de caridad de la familia durante los últimos tres años estaba allí, esperando.
No era una fortuna, pero era suficiente.
Reservé un boleto.
No a Madrid.
A Sídney.
Solo ida.
Imprimí el pase de abordar en el centro de negocios del pasillo, ignorando la agonía en mis costillas con cada paso.
Luego volví a la habitación.
Saqué los documentos legales que había preparado.
Papeles de emancipación.
Formularios de cambio de nombre.
Los firmé. La tinta parecía negra y definitiva.
*Sofía Villalobos* dejó de existir en ese papel.
Luego saqué la memoria USB.
Las grabaciones.
Las horas de audio de la casa de seguridad.
Yo leyéndole a Dante.
Yo cantándole.
Él susurrando sus secretos. Él diciéndome que amaba a *Siete*.
Puse los papeles y la memoria en una pequeña caja de regalo.
La até con una cinta blanca impecable.
Parecía un regalo de bodas.
En cierto modo, lo era.
Era el regalo de la verdad.
Y la verdad era el arma más destructiva que poseía.
Me vestí con la ropa de mi bolsa. Jeans. Una sudadera con capucha.
Parecía una don nadie.
Parecía un fantasma.
Salí del hospital.
Nadie me detuvo.
Los guardias estaban apostados en la entrada principal, vigilando a los rusos.
No estaban vigilando a la chica que no importaba.
Me deslicé en un taxi.
-Lléveme a la hacienda Villalobos -dije.
El conductor me miró por el espejo.
-¿Está segura, señorita? Ese es un barrio peligroso.
-Solo voy a dejar un paquete -dije.
-Y luego me voy.