-No necesito un médico. -Miré por la ventana, viendo las luces de la ciudad desdibujarse en rayas de neón-. Necesito un abogado.
-Necesitas un psiquiatra -replicó él.
Nos detuvimos en la entrada de emergencias.
Los soldados de Moretti ya estaban allí, asegurando el perímetro como una guardia presidencial.
Dante salió y abrió la puerta de Sofía. La ayudó a salir con una ternura que me provocó náuseas.
Abrí mi propia puerta.
Mis piernas se sentían pesadas, como si mis venas estuvieran llenas de plomo.
Entramos en la sala de espera privada.
En el momento en que las puertas automáticas se cerraron detrás de nosotros, el llanto de Sofía cesó.
Se volvió hacia mí.
Su rostro ya no estaba manchado de lágrimas. Estaba torcido en una mueca viciosa.
Levantó la mano y me abofeteó.
El sonido resonó bruscamente en las paredes estériles.
Mi cabeza se giró hacia un lado. El escozor fue agudo, caliente y extrañamente anclador.
-¡Perra! -chilló Sofía, subiendo el volumen para el beneficio de las enfermeras de afuera-. ¡Intentaste matar a mis padres! ¡Quieres a mi bebé muerto!
Dante se interpuso entre nosotras, atrapando a Sofía mientras fingía un colapso.
Me miró.
Sus ojos eran dos trozos de hielo glacial.
-Creí que eras mejor que esto, Elena -dijo, la decepción goteando de su tono-. Creí que tenías clase. ¿Atacar a ancianos? ¿Agredir a una mujer embarazada?
Me toqué la mejilla. Me palpitaba.
Y entonces brotó dentro de mí.
Una risa.
Comenzó en mi pecho, una cosa oscura y dentada, y se abrió paso a zarpazos por mi garganta.
Reí hasta que me dolieron las costillas. Reí hasta que las lágrimas corrieron por mi rostro, mezclándose con el polvo y la sangre seca del accidente del candelabro.
-¿Clase? -jadeé, luchando por respirar-. ¿Me hablas de clase mientras paseas a tu amante como una reina? ¿Me hablas de honor mientras entierras a tu propia esposa?
-Está histérica -sollozó Sofía en el pecho de Dante, acurrucándose más-. Dante, tengo miedo. Mi estómago... me duele.
El rostro de Dante palideció.
La tomó en sus brazos, su enfoque cambiando por completo a la mujer que acababa de agredirme.
-¡Llamen a un doctor! -rugió al personal.
Me dio la espalda.
-Vete a casa, Elena -lanzó por encima del hombro-. Desaparece de mi vista antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
La llevó por el pasillo.
Me quedé sola en la sala de espera.
El ascensor sonó.
Entré.
Las puertas de metal se cerraron, cortando la vista de mi esposo corriendo con otra mujer hacia un lugar seguro.
Apoyé la frente en el acero frío y cerré los ojos.
No lloré.
Ya había terminado de llorar.
Regresé a la Villa.
Dormí durante doce horas. Fue el sueño de los muertos.
Soñé con la universidad.
Soñé que Dante estaba de pie bajo el roble del campus, sosteniendo un cuaderno de bocetos que se me había caído. Sonreía, esa sonrisa torcida y encantadora que me había enamorado del diablo.
Nunca dejaré que nadie te haga daño, Elena.
El sueño se retorció.
El roble se transformó en una horca.
Dante era el verdugo.
Y la soga alrededor de mi cuello estaba tejida con el pelo de Sofía.
Me desperté jadeando.
El sol entraba a raudales por las ventanas, pero la habitación se sentía fría.
Escuché ruido abajo. Botas pesadas. El sonido de muebles moviéndose.
Me puse una bata de seda y salí al pasillo.
Unos hombres de la mudanza subían cajas por la gran escalera.
Dante estaba en el rellano, dirigiéndolos.
-Cuidado con ese tocador -ordenó-. Es una antigüedad.
Reconocí el tocador.
Era de la casa de huéspedes.
-¿Qué está pasando? -pregunté, mi voz ronca por el sueño.
Dante levantó la vista. No había culpa en sus ojos, solo irritación porque estaba despierta.
-Los padres de Sofía están en el hospital por tu numerito -dijo-. No puede quedarse sola en la casa de seguridad. Necesita supervisión médica.
Señaló la habitación contigua a la nuestra. La Suite Principal.
-Se muda aquí -dijo.
-¿A la Villa? -pregunté.
-Al ala principal -corrigió-. Más cerca de mí. En caso de emergencias.
Estaba mudando a su amante a la habitación contigua a la de su esposa.
Estaba borrando el último límite.
-Ya veo -dije.
-Es temporal -añadió, como si eso lo hiciera mejor-. Solo hasta que nazca el bebé.
-Por supuesto -dije.
Me di la vuelta y volví a mi habitación.
Cerré la puerta con llave.
No grité. No arrojé cosas.
Fui al armario y saqué mi bolsa de viaje.
No me quedaría otra noche bajo este techo.
El contrato de arrendamiento de mi alma finalmente había expirado.