Acaricié el whisky en mi vaso, ignorando el ardor mientras un dolor fantasma palpitaba en mi pecho.
Había dejado a Elena encerrada en su habitación.
No tenía otra opción. Era peligrosa. Estaba perdiendo el control.
Empujó a una mujer embarazada por las escaleras, repetía el mantra en mi cabeza. Está enferma. Necesita ayuda.
Pero el recuerdo del rostro de Elena al pie de esas escaleras se negaba a desvanecerse.
No parecía enojada.
Parecía... hueca. Muerta.
-Dante -ronroneó Sofía, sus dedos reclamando mi brazo.
-Estás frunciendo el ceño. Es mi cumpleaños. Sonríe para las cámaras, cariño.
Forcé las comisuras de mi boca hacia arriba, un músculo crispándose en mi mandíbula.
-Feliz cumpleaños, Sofía.
La orquesta creció.
Un mesero se acercó con un pastel masivo de varios pisos.
De repente, las pesadas puertas laterales se abrieron de golpe.
Un joven con uniforme de mensajero entró tropezando, luciendo lamentablemente pequeño entre el muro de esmóquines y hombres de poder.
La seguridad se movió al instante para interceptarlo, las manos buscando las fundas de sus armas.
-¡Tengo una entrega para el señor Dante Moretti! -gritó el chico, su voz quebrándose de terror.
-¡Prioridad uno! ¡De parte de la señora Moretti!
La sala quedó en un silencio instantáneo y violento.
La música murió.
Elena.
Mi corazón martilleaba un ritmo frenético contra mis costillas.
¿Qué había hecho ahora? ¿Era una bomba? ¿Una cabeza cortada?
Me levanté, la silla raspando ruidosamente contra el suelo.
-Déjenlo pasar -ordené.
La multitud se abrió como el Mar Rojo.
El chico caminó hasta la mesa principal, sus manos temblando visiblemente.
Extendió una simple caja blanca atada con una cinta negra austera.
-Dijo que se la diera directamente a usted, señor.
La alcancé.
Sofía me agarró la muñeca, sus uñas clavándose como afiladas medias lunas en mi piel.
-Dante, no lo hagas -susurró, sus ojos abiertos con un pánico genuino.
-Probablemente es algo asqueroso. Deja que los guardias se encarguen.
-Es de mi esposa -dije, mi voz fría mientras liberaba mi brazo.
-Envió un regalo, tal como le pedí.
Tomé la caja.
Era sorprendentemente ligera.
-¿Dónde está ella? -le pregunté al mensajero, mi mirada fija en la suya.
-Ella... se fue, señor. Se subió a un sedán negro con placas de Ciudad de México justo después de darme esto.
Placas de Ciudad de México.
Falcón.
Un escalofrío como agua helada recorrió mi espina dorsal.
-¡Ábrelo, Dante! -gritó alguien desde el fondo, rompiendo la tensión.
-¡Veamos qué envió la Señora!
Una risa se extendió por la sala, nerviosa y cruel.
Desaté la cinta negra.
Mis dedos se sentían entumecidos, torpes.
Levanté la tapa.
No había bomba.
Solo había una pila de papeles.
Y una pequeña grabadora de voz digital.
Tomé el documento de arriba.
ACUERDO DE SEPARACIÓN.
Estaba firmado.
Elena Falcón.
Y al lado... mi firma.
Una falsificación perfecta.
La miré fijamente, la confusión nublando mi cerebro.
Me había dejado.
Había falsificado mi consentimiento solo para escapar de mí.
Sofía se asomó a la caja por encima de mi hombro.
-¿Papeles de divorcio? -Soltó una risa entrecortada y aliviada.
-Bueno. Eso es un regalo, ¿no? Finalmente te libera.
-Hay más -murmuré, mi garganta apretada.
Aparté el acuerdo.
Debajo yacía un expediente médico.
Sellado con el logo de la Clínica de la Avenida Constitución.
Fruncí el ceño.
Lo saqué.