-Isabel -continuó, el nombre rodando suavemente de su lengua-, Elena aceptó ir a la hacienda en Querétaro por unas semanas. Solo hasta que el alboroto de la boda se calme.
Le estaba mintiendo a su madre. O quizás, Isabel le estaba mintiendo a él.
-Firmó los papeles, Dante -la voz de Isabel llegó débilmente desde el altavoz, metálica pero inconfundible-. Sabe que se va para siempre.
Mi corazón martilleaba un ritmo frenético contra mis costillas.
Si supiera que había firmado el acuerdo de salida...
Dante se rió, un sonido oscuro y rico que solía debilitar mis rodillas.
-Firmó el acuerdo de confidencialidad para asegurar la pensión, Madre. No va a ninguna parte. Está obsesionada conmigo. Nunca se iría.
Realmente lo creía.
Su arrogancia era mi escudo.
Retrocedí hacia las sombras, silenciosa como la tumba.
*
Esa noche, dio una fiesta.
-Para ti -dijo, poniendo una caja de terciopelo en mi mano. Dentro había unos aretes de diamantes, fríos y pesados-. Por tu cumpleaños. Sé que me perdí el día exacto.
Mi cumpleaños fue la semana pasada. El mismo día que me abandonó al costado de la carretera.
El salón de baile de la finca era sofocante, lleno de los mismos buitres que me habían visto sangrar en la subasta.
Susurraban mientras entraba, sus voces como el crujido de hojas secas.
*La amante. La mantenida. El caso de caridad.*
Dante mantuvo una mano posesiva en la parte baja de mi espalda, marcándome.
Entonces, las puertas dobles se abrieron.
Sofía entró.
El aire se me escapó de los pulmones en un suspiro.
Llevaba un vestido de seda azul pálido, bordado con delicadas enredaderas plateadas que brillaban bajo los candelabros.
Era un diseño a medida.
Lo sabía porque había visto a Dante dibujarlo.
Hace tres años, cuando su visión apenas comenzaba a regresar, cuando no podía ver nada más que sombras y a mí, lo había dibujado en una servilleta de cóctel.
*Para ti,* había prometido, trazando las líneas. *Cuando pueda ver de nuevo, quiero verte en esto.*
Ahora, Sofía lo llevaba puesto.
Se deslizó por la habitación, la multitud se apartó para ella como el Mar Rojo.
Caminó directamente hacia nosotros.
-Feliz cumpleaños, Elena -canturreó, su voz goteando falsa dulzura-. Dante me dijo que diseñó este vestido. Es exquisito, ¿no? Un poco apretado en el pecho, pero lo hice funcionar.
Sonrió, un depredador mostrando los dientes.
Dante se movió incómodo. No me miraba a los ojos.
-Yo también tengo un regalo -anunció Sofía.
Chasqueó sus dedos de manicura perfecta.
Un sirviente se adelantó, llevando una canasta de mimbre.
Dentro había un cachorro. Un pastor alemán.
Sus orejas estaban erguidas, sus dientes afilados y blancos.
Di un paso brusco hacia atrás. Se me cortó la respiración.
Cuando tenía diez años, los perros del jefe de seguridad se habían soltado en las dependencias de los sirvientes. Uno de ellos me había desgarrado la pantorrilla. Todavía llevaba las cicatrices irregulares y plateadas.
Dante lo sabía.
Él lo *sabía*.
-Se llama Ari -dijo Sofía, empujando la canasta hacia mi pecho-. Tómalo. Es un protector.
El cachorro ladró, un chasquido agudo.
Me estremecí violentamente, chocando con un camarero que pasaba.
-Tómalo, Elena -presionó Sofía, sus ojos brillando-. No seas grosera.
-Yo... no puedo -tartamudeé, mis palmas resbaladizas de sudor.
-Dante -hizo un puchero Sofía, volviéndose hacia él-. Está rechazando mi regalo.
Dante miró a la multitud. Estaban observando. Esperando a ver si la amante desafiaría a la futura Doña.
-Elena -dijo Dante, su voz tensa de advertencia-. Toma el perro. Es un gesto de paz.
-Dante, por favor -susurré, suplicándole que recordara-. Tú sabes.
-¡Solo toma el maldito perro! -espetó.
Extendí las manos temblorosas.
El cachorro, sintiendo mi terror, se abalanzó.
No mordió, pero salió frenéticamente de la canasta.
Salió disparado.
Corrió directamente hacia una imponente pirámide de copas de champaña.
*Crash.*
El sonido fue ensordecedor mientras cientos de copas se hacían añicos.
Dante se movió al instante.
Se arrojó sobre Sofía, protegiéndola de los fragmentos que caían.
El vidrio llovió como granizo irregular.
Un gran fragmento me cortó el antebrazo. Otro me rozó la mejilla.
Me quedé allí, la sangre brotando en mi piel, viéndolo abrazarla.
Revisó su cara. Sus brazos. Su cabello.
-¿Estás bien? -le preguntó, su voz frenética.
-Tengo miedo -gimió ella, enterrando su cara en su pecho.
Solo entonces me miró.
Vio la sangre corriendo por mi brazo, goteando sobre el suelo de mármol.
Por un segundo, el arrepentimiento brilló en sus ojos.
Pero entonces la multitud murmuró.
-Llévenla a urgencias -ladró Dante a un soldado cercano, su máscara volviendo a su lugar-. Limpien este desastre.
Se volvió hacia Sofía.
-Vamos -le dijo suavemente-. Salgamos de aquí.
La sacó.
De nuevo.
Me quedé en las ruinas de la fiesta, sangrando, mientras los invitados se reían detrás de sus manos.
El soldado agarró mi brazo ileso bruscamente.
-Vamos, señorita Ríos.
Miré el vidrio roto que brillaba en el suelo.
Se parecía exactamente a mi vida.
-No -dije, liberando mi brazo de un tirón.
-Iré yo misma.
Salí a la noche, sola.
Siete días restantes.
Y iba a hacer que cada uno de ellos contara para su destrucción.