Para no pensar, para no derrumbarse, decidió bajar al salón principal. No porque se lo hubieran pedido, sino porque necesitaba hacer algo. Cualquier cosa. Organizar flores, enderezar jarrones... fingir utilidad, aunque nadie la viera como algo más que un estorbo. De lo contrario ella se volverá loca.
Ignoró las palabras que él le había dicho en el jardín.
No porque no dolieran.
Sino porque dolían demasiado.
Mientras acomodaba un jarrón sobre una mesa cercana a la ventana, su pie tropezó con el borde de una alfombra mal colocada. Todo ocurrió en segundos.
El cuerpo se le fue hacia adelante.
Intentó sostenerse, pero el jarrón se desplazó con ella. El vidrio cayó al suelo con un estruendo seco, rompiéndose en decenas de fragmentos brillantes. Sarah extendió las manos por reflejo... y el dolor la atravesó de inmediato.
-¡Ah...!
El grito escapó antes de que pudiera contenerlo.
La sangre comenzó a brotar de la palma de su mano, tiñendo la alfombra clara. Pero la herida física no fue lo peor. Fue la certeza inmediata de haber fallado otra vez. De haberse equivocado incluso en lo más simple.
Antes de que pudiera incorporarse, unos pasos firmes resonaron en el salón.
-¿Qué has hecho ahora?
La voz de Joaquín cayó como un trueno.
Sarah levantó la cabeza, pálida, con la respiración agitada. Él estaba frente a ella, imponente, con el rostro tenso y los ojos oscuros cargados de furia contenida.
-Míralo... -escupió-. Siempre causando desastres.
Avanzó y le tomó la muñeca herida con brutalidad, obligándola a ponerse de pie de un tirón.
-Eres tan torpe que ni siquiera sabes caminar -añadió con desprecio-, pero para idear un plan y meterte en mi cama y atraparme sí fuiste brillante, ¿no?
El dolor en su muñeca la hizo gemir, pero las palabras... las palabras fueron peores.
-Basta... yo no quise... -intentó decir.
No la dejó terminar.
Con una sacudida violenta, la empujó contra la pared. Sarah apenas logró apoyarse. El dolor palpitaba en su mano, pero la humillación era insoportable.
-Deberías volver a la primaria -dijo con frialdad-. Al menos para aprender a hablar sin tartamudear.
Sarah bajó la cabeza, avergonzada, incapaz de responder.
-La próxima vez no tendré consideraciones contigo -rugió, acercándose aún más-. No estás en posición de cometer errores, Sarah Smith.
Apretó su muñeca con más fuerza. Ella sintió que los huesos le ardían.
-¿Por qué sigues aquí? -continuó, su voz llena de veneno-. ¿Siguiéndome como un perro? ¿Qué más piensas destruir? ¿La casa entera? Hazlo... pero no olvides que yo me encargaré de destruirte a ti.
Sarah intentó soltarse, pero no pudo. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, silenciosas, impotentes.
-Eres inútil -sentenció-. No sé qué tengo que hacer para que dejes de arruinar todo lo que tocas.
Finalmente, la soltó con un empujón.
Sarah cayó al suelo. Su mano sangraba. Su cuerpo temblaba.
Él la miró desde arriba, sin rastro de compasión.
-Si vuelves a hacer algo así -dijo con frialdad absoluta-, no será un jarrón lo que rompas. Y puede que la próxima vez... sea yo quien te rompa un hueso.
Se dio la vuelta y se marchó.
Sarah se quedó allí, sola, sentada entre los restos del jarrón roto, llorando en silencio. La herida de su mano palpitaba, pero no era nada comparada con la herida abierta en su corazón.
En esa casa, incluso respirar parecía un error.
Después de aquel encuentro desagradable y brutal, Sarah subió a su habitación.
La ropa que llevaba estaba manchada. Sangre seca, polvo, humillación.
Solo tenía dos pares. Nada más.
No iría a casa de sus padres. La noche ya había caído y no tenía fuerzas para enfrentar más miradas, más preguntas. Así que no quedaba opción.
Lavar.
El agua helada le mordió la piel desde el primer contacto, pero apenas lo sintió. Sus manos temblaban mientras frotaba la tela contra la piedra, con una fuerza que no sabía de dónde sacaba. Sus nudillos se volvieron blancos por la presión.
El jabón resbalaba entre sus dedos... mezclándose con el agua y con la sangre.
Un ardor punzante le atravesó la palma herida. La herida se abrió de nuevo, viva, despierta. Sarah apretó los dientes.
No se detuvo.
No podía.
Solo tenía dos pares de ropa. Necesitaba que se secaran antes de la noche. Descansar no era una opción. Nunca lo era.
Las gotas carmesí se disolvieron en la espuma, tiñendo el agua sucia. Mordió su labio inferior para no gemir cuando el dolor subió hasta la muñeca.
Pero sus manos siguieron.
Frotar.
Enjuagar.
Retorcer.
El frío le calaba hasta los huesos. La debilidad comenzó a instalarse en su cuerpo, lenta y pesada. Si se detenía... ¿qué le quedaba?
Un sollozo quedó atrapado en su garganta.
Nadie vendría a ayudarla.
Nadie le diría que ya era suficiente.
Las lágrimas amenazaron con caer, pero las contuvo con un respiro entrecortado.
No tenía derecho a llorar.
No cuando su vida ya no le pertenecía.
Así que siguió lavando.
Aunque su sangre tiñera el agua.
Aunque su cuerpo temblara.
Aunque su alma estuviera tan rota como sus manos heridas.
Solo quedaba soportar.
Soportar...y soportar.
DOS DÍAS DESPUÉS
Dos días pasaron en la mansión Benz, y la tortura no cesó.
La herida en su mano comenzaba a cerrar, pero el dolor verdadero seguía intacto, clavado en el pecho. Sarah pasó las horas ordenando habitaciones que no eran suyas, pero lo hacía en secreto caminando pasillos que no sentía propios.
Esa mañana, mientras cruzaba el salón principal, escuchó la televisión encendida.
Se detuvo.
-Últimas noticias -anunció un reportero-. El joven heredero Joaquín Benz ha sido fotografiado en un hotel de lujo en el centro de Nueva York, acompañado de una misteriosa mujer.
El mundo se le congeló.
Las imágenes aparecieron en pantalla. Joaquín entrando al hotel. Seguro. Elegante. Acompañado.
Sarah sintió que la sangre se le helaba. El desprecio de los últimos días, las palabras, los empujones, las miradas... todo cayó sobre ella de golpe.
Pero no era lo peor.
-En un giro inesperado -continuó el reportero-, fuentes cercanas a la familia Benz aseguran que la esposa del heredero, Sarah Smith, sería la responsable de esta situación. Que el Joven Heredero se encuentre en esta situación de obligaciones.
Sarah dejó de respirar.
-Se rumorea que la joven planeó quedar embarazada, ideando un elaborado plan para seducir al joven presidente Benz. Su matrimonio sería, según los medios, un simple juego de apariencias.
Las palabras la atravesaron como cuchillas.
No podía defenderse. No podía gritar. No podía huir.
La pantalla se llenó de comentarios.
-«Después de la vergüenza que causó al engatusar al presidente Benz...»
-«Es evidente que él no la desea. Qué vergüenza para la familia».
Sarah apagó el televisor de golpe. Su corazón latía desbocado, como si quisiera romperle el pecho. Sentía los ojos del mundo clavados en ella, señalándola, juzgándola.
Todo era mentira.
Ella no planeaba quedar embarazada. Jamás. Aquello era una locura.
-Ni siquiera puedo con esta vida miserable... -susurró, dejándose caer sobre la cama-. ¿Cómo podría traer un hijo al mundo?
Cerró los ojos, exhausta.
Si eso llegara a pasar... Joaquín quizá me mataría.
Dormir era lo único que podía hacer. Desconectarse. Desaparecer por unas horas.
Esa misma tarde salió al jardín.
No tuvo suerte.
Joaquín llegó a la mansión acompañado de su séquito de asistentes. Su presencia fue un cambio brusco en el aire. La mirada de desprecio que le lanzó al entrar fue solo el inicio.
-Espero que los medios estén equivocados -dijo, avanzando hacia ella-. Porque si has hecho algún truco...
Se detuvo a centímetros de su rostro.
-Soy capaz de matarte.
El estómago de Sarah se revolvió. El peligro en su voz era real. Palpable.
-Yo... no... -intentó decir.
-No digas nada -la interrumpió con furia-. Solo te advierto, Sarah. No desafíes mi paciencia.
Su respiración caliente chocó contra su rostro. Ella no se movió. No podía.
Joaquín la miró por última vez. Frío. Vacío. Como si ya hubiera decidido su condena.
Luego se marchó.
Sarah se quedó sola.
Sabía que el daño ya estaba hecho. Su nombre estaba manchado. La sociedad había elegido su papel sin escucharla.
Ya no se trataba de ser feliz.
Solo de sobrevivir al desastre en el que su vida se había convertido.