Género Ranking
Instalar APP HOT
Traicionada por la Sangre, condenada a casarme con el CEO implacable
img img Traicionada por la Sangre, condenada a casarme con el CEO implacable img Capítulo 5 Sin refugio
5 Capítulo
Capítulo 6 La casa del desprecio img
Capítulo 7 Nadie la va a salvar img
Capítulo 8 Alguien ve su verdad img
Capítulo 9 C.-9 img
Capítulo 10 C.-10 img
Capítulo 11 C.-11 img
Capítulo 12 C.-12 img
Capítulo 13 C.-13 img
Capítulo 14 C.-14 img
Capítulo 15 C.-15 img
Capítulo 16 C.-16 img
Capítulo 17 C-17 img
Capítulo 18 C-18 img
Capítulo 19 C.-19 img
Capítulo 20 C.-20 INOCENCIA INTOXICADA img
Capítulo 21 C-. 21 UN ERROR img
img
  /  1
img

Capítulo 5 Sin refugio

La mansión Benz -y su habitación- ya no eran un refugio.

Ni siquiera podían llamarse hogar.

Para Sarah, aquel lugar se había convertido en un recordatorio constante de lo lejos que había caído. Una semana entera soportando presión, mentiras y humillaciones. Una semana aprendiendo que el silencio también podía herir.

Sabía que no encontraría consuelo en nadie.

Ni siquiera en su propia sangre.

Aun así, lo intentó.

En un impulso desesperado, decidió ir a la casa de sus padres. Quizá -se dijo- allí hallaría alguna respuesta. Alguna explicación. Tal vez, en algún rincón de su antiguo hogar, quedaba un pedazo de la paz que tanto necesitaba.

Pero la puerta se cerró en su rostro.

-Sarah, no puedes entrar. -La voz de su madre fue fría, tajante-. Esto ya es demasiado. Tú ya no tienes nada que hacer aquí.

Su padre estaba detrás de ella. No dijo una sola palabra. Evitó su mirada.

-¿Cómo pueden hacerme esto...? -la voz de Sarah se quebró. El nudo en su garganta era insoportable.

-Lo que hiciste afectó a toda la familia -continuó su madre, sin un atisbo de compasión-. Todo lo que se dijo... y lo que se sigue diciendo... es demasiado. Así que olvídate de volver.

Sarah negó con la cabeza, incapaz de creerlo.

-No podemos ser vistos contigo -añadió, con desprecio-. No tienes idea del daño que causaste. Ahora todos nos señalan como los padres de la mujer que atrapó al poderoso CEO con trucos sucios... abriéndole las piernas.

La puerta se cerró de golpe.

El sonido seco resonó como una sentencia.

Sarah quedó allí, inmóvil, mientras la noche terminaba de caer sobre ella. Fue en ese instante cuando lo comprendió con absoluta claridad:

No tenía a dónde ir.

No tenía a nadie.

Con el corazón destrozado y los ojos llenos de lágrimas, comenzó a caminar por la carretera desierta. La oscuridad la envolvía, pero no como un abrazo protector, sino como un peso asfixiante.

Cada paso la alejaba de la vida que alguna vez tuvo... y la acercaba a la certeza del abandono total.

Las luces de los pocos coches que pasaban iluminaban su rostro por segundos. Frío. Vacío. Nada más.

Entonces, el sonido de un motor rompió el silencio.

Sarah miró hacia atrás.

Un automóvil se acercaba lentamente.

Su corazón latió con fuerza, no por miedo, sino por una extraña intuición. Como si algo inevitable estuviera a punto de ocurrir.

El coche se detuvo a su lado.

No era un extraño amable.

Era Joaquín Benz.

La luz de las farolas iluminó su rostro: frío, distante, impenetrable. Exactamente como siempre.

No hubo palabras.

Solo un silencio espeso, cargado de todo lo que nunca se dirían.

Sarah lo miró, buscando algo... cualquier cosa. Una señal. Un gesto. Una mínima duda.

No encontró nada.

Joaquín la observó durante unos segundos. No bajó del coche. No abrió la puerta. No le ofreció ayuda.

Nada.

La miró como si fuera parte del paisaje. Como si su dolor no mereciera atención.

Las lágrimas de Sarah cayeron sin control. Apenas podía soportar verlo. Al hombre que la había llevado hasta ese punto... y que ahora confirmaba lo que ella se negaba a aceptar.

¿En qué momento pensó que él la ayudaría?

Joaquín no movió ni un dedo.

Tras un largo silencio, asintió levemente. Un gesto vacío. Y luego aceleró.

El automóvil se alejó, perdiéndose en la carretera oscura.

Sarah quedó sola.

El sonido del motor se desvaneció, pero la herida en su pecho se abrió aún más. La certeza fue brutal: no significaba nada para él. Ni para su familia. Para nadie.

Siempre estuvo sola.

Solo que ahora... por fin lo entendía.

Bajo un cielo cubierto de estrellas, guiada apenas por la luz de la luna, permaneció allí, inmóvil, mientras el peligro -y la noche- comenzaban a abrazarla.

La noche era fría. Cruel.

Sarah seguía caminando por la carretera desierta con las piernas temblándole, no sabía si por el cansancio o por el miedo. No tenía a dónde ir. No tenía un refugio. No tenía a nadie.

Solo tenía su soledad...

y el peligro acechando en la oscuridad.

Los faros de un vehículo iluminaron el asfalto detrás de ella.

Esta vez, no era Joaquín.

Un auto negro avanzó lentamente hasta colocarse a su lado.

-¿Qué tenemos aquí...? -dijo una voz masculina desde el interior.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sarah. Aceleró el paso, fingiendo no escuchar, pero el coche también aceleró, siguiéndola con una calma inquietante.

-No huyas, preciosa -añadió otra voz-. Solo queremos hablar... hacerte compañía. Se nota que te hace falta.

La repulsión fue inmediata. No necesitaba verlos bien para saber que no tenían buenas intenciones. Una mujer sola, de noche, en medio de la carretera... era una presa fácil.

El auto se detuvo de golpe.

Tres hombres bajaron.

Sarah intentó correr.

No alcanzó a dar dos pasos cuando una mano fuerte la sujetó del brazo.

-¡Suéltame! -gritó, forcejeando.

Era inútil.

Tres contra uno.

Cansada. Exhausta. Asustada.

Uno la inmovilizó mientras otro le tapaba la boca, ahogando su grito.

-Tranquila -susurró uno con una sonrisa torcida-. Solo será un momento.

El terror nubló su mente. Pataleó, arañó, luchó con cada resto de fuerza que le quedaba, pero su cuerpo no respondía. El corazón le golpeaba el pecho con violencia mientras la arrastraban hacia el auto.

-¡No... por favor...! -intentó suplicar.

Entonces, un rugido de motor cortó la noche.

Un coche apareció a gran velocidad. Las luces iluminaron la escena con un resplandor cegador. Los hombres se quedaron inmóviles.

El vehículo frenó de golpe.

La puerta se abrió.

Sarah sintió que el aire le faltaba cuando reconoció la figura que descendía.

Joaquín.

Su expresión era fría. Letal. En sus ojos había algo más peligroso que la ira: decisión.

-¿Y tú quién demonios eres? -gruñó uno de los hombres, aún sujetándola.

Joaquín dio un paso al frente.

-Suéltenla.

Ahora.

Su voz fue baja, firme... amenazante.

Los hombres dudaron. La tensión se volvió asfixiante. Nadie quería ser el primero en cometer un error.

Finalmente, el visto bueno llegó en silencio.

La mano que sujetaba a Sarah la soltó bruscamente, haciéndola tambalearse.

-Tsk... qué suerte tienes, muñeca -escupió uno de ellos antes de subir al auto.

En segundos, desaparecieron en la oscuridad.

Sarah cayó al suelo, temblando. La respiración le salía entrecortada, el cuerpo aún atrapado en el miedo.

Joaquín la observó desde arriba. Su rostro era ilegible.

-Sube al auto -ordenó-. Ahora. Y no me hagas perder el tiempo.

No había dulzura.

No había alivio.

Solo una orden.

Con las piernas temblorosas, Sarah obedeció.

Dentro del coche, el silencio era sofocante. Ella mantenía la mirada baja, las manos temblándole sobre el regazo. Su piel ardía donde aquellos hombres la habían tocado.

Pero el peor veneno...

era él.

Joaquín conducía con la mandíbula tensa, los ojos fijos en la carretera. No había preocupación. No había consuelo.

Después de varios minutos, habló.

-No creas que te salvé por ti.

El corazón de Sarah se encogió.

-No quería otro escándalo -continuó-. Ya es suficiente con la vergüenza que representas para mi familia. ¿Te imaginas los titulares si aparecieras muerta en un callejón? -hizo una pausa-. Aunque pensándolo bien... tal vez habría sido lo mejor.

El aire se le escapó de los pulmones.

-Si crees que esto cambia algo entre nosotros, estás equivocada -añadió, cada palabra más cruel-. Si por mí fuera, te habría dejado ahí. Pero no pienso cargar con la humillación de que mi esposa termine como una cualquiera en la calle.

Sarah apretó los labios con fuerza. Las lágrimas ardían, pero se negó a sollozar.

-Eres patética -dijo él sin mirarla-. Un estorbo. Un error del que no puedo deshacerme. No vales absolutamente nada.

El dolor físico era insignificante comparado con eso.

-¿Tanto me odias...? -susurró ella, rota.

Joaquín respondió sin vacilar.

-Te desprecio. Me repugna compartir el mismo aire contigo. -Giró el rostro apenas, clavándole una mirada glacial-. Si murieras mañana, el mundo seguiría igual. Yo seguiría igual. Quizás hasta sería un alivio. ¿Cómo no odiar a la mujer que me obligó a casarme con ella? Yo no planeaba terminar con una cazadora.

Las lágrimas de Sarah cayeron en silencio.

No tenía fuerzas para defenderse.

Ni para explicar.

Ni para existir.

Porque, en el fondo... sabía que para todos su vida no valía nada.

Anterior
                         
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022