Para el mundo exterior, para los registros académicos y los burócratas de la universidad, yo era el Dr. Lyonechka Ursu, un experto en Alquimia y Geología con doctorados en universidades humanas que me servían de escudo perfecto. Pero para mí mismo, no era más que un lobo enjaulado en un disfraz de civilización. Mi Alquimia de fuego bullía bajo mi piel, impaciente tras semanas de contención forzada. Ser un espía en territorio enemigo, rodeado de esos parásitos de sangre fría que se hacían llamar aristocracia vampírica, requería una paciencia que mi sangre Alfa no poseía de forma natural.
Mis sentidos estaban en alerta máxima, filtrando la estática del ambiente. Podía oler el miedo rancio de los humanos en las filas traseras, el aroma a papel viejo de los académicos que se creían sabios, y el hedor metálico, seco y sin vida de los vampiros de sangre pura. Los Vandermir apestaban a una arrogancia que se sentía como perfume barato, y los Varkas a una crueldad que se remontaba a siglos de opresión oculta bajo guantes de seda.
Pero entonces, el mundo cambió de eje.
No fue un sonido, ni un movimiento brusco. Fue un rastro. Un aroma que cortó la pesadez del auditorio como una hoja de afeitar de obsidiana. Era frío, purísimo, como el hielo de un glaciar que nunca ha sido tocado por el sol desde el inicio de los tiempos. Pero bajo esa capa de escarcha inicial, había algo más... algo que olía a flores de medianoche que florecen solo en el eclipse, y a una energía eléctrica que hizo que los vellos de mis brazos se erizaran bajo la camisa.
Giré la cabeza con una lentitud depredadora, manteniendo mi máscara de aburrimiento académico. Mis ojos grises escanearon la multitud, ignorando las caras borrosas, hasta que la encontré.
Allí estaba ella.
Parecía una mota de luz en medio de un mar de sombras grises. Su piel era tan pálida que resultaba casi translúcida, como si estuviera hecha de polvo de luna prensado y mármol fino. Pero lo que me detuvo el corazón de un golpe seco fueron sus ojos. Violetas. Un color que no debería existir en este lado de la realidad, un color que las leyendas prohibidas de mi manada asociaban con algo mucho más antiguo y peligroso que los mismos vampiros. Eran ojos de una belleza prohibida, ojos que gritaban "peligro" y "promesa" en la misma frecuencia vibratoria.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, mi lobo interior se puso en pie, rugiendo en el silencio absoluto de mi mente. No era un rugido de agresión territorial, sino de reconocimiento absoluto. Sentí una descarga de calor tan violenta en mi pecho que temí seriamente que la mesa de madera frente a mí empezara a humear por la combustión de mi propia energía. Mi pulso se aceleró, golpeando mis oídos como un tambor de guerra en medio de la estepa.
¿Qué eres?, me pregunté, enterrando las uñas en las palmas de mis manos hasta que sentí el pinchazo del dolor para no saltar del escenario y reclamarla allí mismo. Ella era una Moldoveanu, el emblema de mis enemigos jurados, la hija del hombre que yo debía destruir, pero ese violeta eléctrico era una anomalía que me quemaba las entrañas con una sed que nunca antes había conocido.
El Aula: El Depredador al Acecho
La mañana siguiente fue un ejercicio de tortura autoinfligida. Pasé las horas previas a mi clase de Alquimia Antigua caminando de un lado a otro en mi oficina, ignorando los informes urgentes de mi manada que llegaban por canales encriptados. El olor de la chica -esa mezcla de frío glacial y flores nocturnas- seguía impregnado en mi memoria sensorial, desafiando toda mi lógica y entrenamiento. Los Ursu no se sentían atraídos por los Moldoveanu; nosotros los cazábamos, los manteníamos a raya, o simplemente los ignorábamos en su arrogante estatismo.
Cuando entré al laboratorio del sótano, el ambiente estaba cargado. El sótano era mi territorio; el olor a azufre, mercurio y minerales antiguos solía calmar a la bestia que llevo dentro, pero hoy solo servía para agudizar mis instintos de caza. Dejé mi maletín sobre el gastado escritorio de roble y me quité las gafas de montura negra. Eran parte del disfraz de "intelectual", pero ahora mismo estorbaban la claridad de mi visión depredadora. Necesitaba verla sin filtros.
Vi a los estudiantes entrar en goteo. Los humanos se amontonaban en las filas medias, buscando instintivamente la calidez de sus propios cuerpos contra la humedad del sótano. Los vampiros, liderados por un Viktor Vandermir que caminaba como si fuera el dueño del aire que respirábamos, se sentaron al frente, mirándome con una mezcla de curiosidad cínica y desprecio aristocrático.
Pero ella buscó la retaguardia. Entró con otra chica, una cuya aura vibraba con un azul defensivo y punzante: una guardiana silenciosa que escaneaba la sala con ojos de halcón. La chica de los ojos violetas, Engel, caminaba como si esperara que el suelo de piedra se rompiera bajo sus pies en cualquier momento, intentando desesperadamente ser invisible tras una cortina de cabello rubio platino que brillaba incluso en la penumbra.
Pobre tonta. Para un lobo, ella era un faro en la noche más cerrada del invierno.
- Buenos días -mi voz sonó más profunda de lo que pretendía, casi un gruñido sordo que hizo que un par de humanos en la primera fila se estremecieran y revisaran sus apuntes con nerviosismo-. Soy el Dr. Lyonechka Ursu. Y hoy no vamos a hablar de fórmulas memorizadas. Vamos a hablar de la transmutación. No la de los metales vulgares, sino la de la energía interna que cada uno de ustedes, lo sepa o no, posee.
Caminé por el pasillo central, sintiendo cómo el aire se calentaba a mi paso debido a mi incapacidad de contener mi propio calor interno. Mi Alquimia estaba inquieta, respondiendo a su cercanía. Podía sentir el frío que emanaba de ella al fondo del aula; era una presencia que reclamaba mi atención por encima de todo lo demás, una nota discordante y hermosa en una sinfonía de mediocridad académica.
- La Alquimia requiere equilibrio -dije, deteniéndome justo al lado de su pupitre, invadiendo deliberadamente su zona de confort. Ella bajó la vista de inmediato, fijándola en sus manos entrelazadas, pero pude notar el leve, casi imperceptible temblor de sus hombros-. El calor para derretir la estructura, el frío para forjar la nueva forma. Si el catalizador no es el adecuado, si la voluntad flaquea, el resultado no es la creación, sino la destrucción pura.
Quería tocarla. La necesidad era física, casi dolorosa, un hambre que me recorría la columna vertebral y se instalaba en mis colmillos. Quería confirmar si su piel era tan fría como el hielo de los fiordos o si escondía bajo esa fachada el mismo incendio que yo llevaba dentro.
- Señorita... -me incliné un poco más, rompiendo todas las barreras de etiqueta. Pude oler su confusión, su miedo delicioso y ese rastro dulce y eléctrico de magia latente que ella intentaba sofocar-. Moldoveanu, ¿cierto?
- Sí, doctor -respondió ella. Su voz era como el tintineo de campanas de cristal golpeadas por un viento helado. Frágil en la superficie, pero con un núcleo de acero que vibraba con una fuerza oculta.
- Acompáñeme al frente -ordené. No fue una invitación. Necesitaba que se alejara de la seguridad de su prima y de su aura azul. Necesitaba que estuviera en mi radio de acción, donde pudiera observar cada micro-reacción de su piel.
Ella se levantó con una gracia que me cortó el aliento. Mientras caminaba hacia la mesa de demostración, el aula quedó en un silencio sepulcral. Viktor Vandermir entornó los ojos, sus pupilas dilatándose mientras intentaba entender por qué yo estaba prestando tanta atención a la "híbrida" de los Moldoveanu. Mi rango como Alfa ocultaba mis intenciones bajo una capa de autoridad profesional férrea.
- Vamos a trabajar con mercurio líquido -anuncié para la clase, aunque mi mirada no se apartaba ni un milímetro de ella-. Es el elemento del cambio, el mensajero entre los mundos. Un metal que es líquido y sólido al mismo tiempo. Como algunos de nosotros.
Le pasé el matraz de cristal. Fue un movimiento rápido, calculado por mi mente táctica para que el contacto físico fuera inevitable pero lo suficientemente breve para pasar desapercibido ante los ojos de los demás. Sin embargo, para nosotros, el tiempo se estiró hasta romperse.
Cuando sus dedos gélidos rozaron los míos, la reacción fue telúrica. No fue una chispa ruidosa; fue un arco voltaico sutil, una luz azul eléctrica que solo nosotros vimos de cerca, pero que se sintió como una explosión de dinamita en mis venas. El mercurio en el matraz, que debería haber permanecido estable, empezó a hervir instantáneamente, agitándose como si tuviera vida propia. El cristal crujió, amenazando con estallar por la diferencia de temperatura extrema entre mi calor volcánico de Alfa y su frío absoluto de Moldoveanu.
- Dr. Ursu... -susurró ella, su aliento rozando mi mano. Sus ojos violetas estaban empañados por el miedo y por algo que se parecía peligrosamente a la fascinación, a la misma sed que me estaba consumiendo a mí.
Para los demás, solo parecía que el matraz estaba defectuoso o que la reacción química había sido inesperadamente rápida. Pero yo vi la verdad en sus iris. Supe en ese instante que ella no era una vampira común, ni siquiera una híbrida ordinaria. Ella era la clave. Puse mi mano sobre la suya, envolviendo el cristal caliente y sus dedos gélidos con mi palma ardiente en un gesto que era a la vez una protección y un reclamo.
- Cállate y aguanta, Engel -susurré, usando una frecuencia tan baja que solo sus oídos pudieron captarla en medio de la estática del laboratorio-. El monstruo en mí está reconociendo algo en ti que ni tú misma sabes que posees. No dejes que vean que tienes miedo. Domina tu frío, o nos quemaremos ambos aquí mismo.
Sus ojos buscaron los míos con una intensidad desesperada, y por un segundo eterno, la tregua política entre nuestras especies dejó de existir. No había vampiros ni lobos en ese sótano. Solo había dos criaturas salvajes, dos errores de la naturaleza reconociéndose en el borde de un abismo compartido. Mi lobo interior aulló en un triunfo primitivo al sentir cómo su energía empezaba a estabilizarse bajo mi toque, como si nuestras almas hubieran estado esperando este choque químico para despertar.
- El experimento ha concluido -dije en voz alta, recuperando el matraz con un movimiento brusco y dándole la espalda a la clase para ocultar la dilatación de mis pupilas y la intensidad de mi mirada-. Vuelva a su asiento, señorita Moldoveanu. Y el resto de la clase, traten de no romper el material de laboratorio con su "entusiasmo" estático. La alquimia no es un juego de niños.
Ella regresó al fondo del aula con las piernas temblando visiblemente, mientras yo me quedaba allí, de pie frente a la mesa, con la mano todavía ardiendo como si hubiera tocado el corazón de una estrella. Mi misión en Snorre-Vik, la venganza que había planeado durante años, acababa de volverse infinitamente más peligrosa. Porque ahora mi objetivo había cambiado: ya no quería solo los secretos de los Moldoveanu.
La quería a ella. Y estaba dispuesto a destruir cada ley de este mundo para obtenerla.