El aula de alquimia todavía conservaba ese calor residual que mi presencia siempre dejaba, una huella térmica que delataba mi naturaleza ante cualquiera que supiera rastrear la energía. Pero en cuanto Engel Moldoveanu cruzó el umbral de la puerta, escoltada por esa chica del aura azul defensiva, el aire se sintió repentinamente vacío. Me quedé unos segundos apoyado contra la mesa de demostración, mirando el matraz de mercurio que aún emitía un hilo de vapor plateado. Mis dedos, los mismos que habían envuelto los de ella, todavía palpitaban con una corriente eléctrica que se negaba a morir.
Para cualquier humano en esa sala, lo que acababa de ocurrir había sido un simple fallo en el material o una descarga de estática inusualmente fuerte. Para un Alfa de la estirpe Ursu, había sido una colisión tectónica.
- ¿Dr. Lyon? -la voz de Viktor Vandermir me sacó de mi estupor. Estaba de pie cerca de la salida, con esa sonrisa aristocrática y vacía que me daban ganas de borrarle a puñetazos-. Un experimento... interesante. Nunca había visto al mercurio reaccionar con tanta violencia ante una estudiante. Especialmente con esa estudiante.
Enderecé la espalda, dejando que mi altura y la amplitud de mis hombros hicieran el trabajo de intimidación por mí. Viktor era un sangre pura, un hijo del privilegio vampírico, pero frente a un Alfa, no era más que un parásito con un traje caro.
- La alquimia es inestable, Vandermir. Como algunas genealogías que se creen intocables -le respondí con un tono tan gélido que lo hizo borrar la sonrisa de inmediato-. Si terminaste de curiosear, tengo materiales que recoger y un informe que redactar.
Lo vi marcharse, pero su olor a envidia y sospecha se quedó flotando en el aire como una mancha de aceite. No me importaba. Recogí un ejemplar de "Tratados sobre la Volatilidad del Alma", un libro de cuero viejo y desgastado que contenía más verdades sobre la hibridez de las que la universidad se atrevería a enseñar. No era un libro de texto. Era el cebo.
Salí del aula y me adentré en los pasillos del ala este. Snorre-Vik no era solo una universidad; era una estructura laberíntica de piedra fría, techos abovedados y vitrales que filtraban la luz de la tormenta, convirtiéndola en sombras alargadas. Mis botas resonaban contra el suelo de granito, un eco rítmico que intentaba ocultar el latido acelerado de mi corazón. Sabía exactamente dónde estaba ella. Su aroma era como una brújula en medio de la niebla; una mezcla de nieve recién caída, flores de medianoche y ese rastro eléctrico que solo yo podía percibir.
Las encontré cerca de la biblioteca, en un tramo del pasillo donde las luces parpadeaban debido a la carga estática que la tormenta exterior estaba inyectando en el edificio. Estaban solas. Bianca, la guardiana, hablaba en susurros urgentes, mientras Engel mantenía la cabeza baja, con los hombros tensos y las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos parecían perlas de mármol.
Aceleré el paso, asegurándome de que mis pisadas se escucharan con claridad antes de alcanzarlas. No quería asustarla, pero necesitaba que sintiera mi presencia antes de verla.
- Señorita Moldoveanu.
Se detuvieron en seco. Bianca se puso frente a ella de inmediato, con un instinto defensivo que casi me hizo sonreír. Valiente, pero inútil. Yo no era una amenaza que ella pudiera detener con palabras o auras azules.
- Doctor Lyon -dijo Bianca, con voz firme pero con los ojos dilatados por la cautela-. Íbamos camino a la biblioteca para estudiar los textos que mencionó.
Ignoré a la escolta por completo. Mis ojos estaban anclados en Engel. Desde esta distancia, podía ver el ligero temblor de su bufanda de seda. Podía oler su confusión, un rastro dulce de miedo mezclado con una curiosidad que empezaba a arder.
- Se dejó esto en el aula -mentí con una naturalidad que me sorprendió a mí mismo, extendiendo el pesado libro de cuero hacia ella.
Engel levantó la vista. Sus ojos violetas me golpearon con la fuerza de un huracán bajo cero. En la penumbra del pasillo, ese color parecía cobrar una vida propia, brillando con una intensidad que me hizo apretar los dientes para no dejar escapar un gruñido de posesión. Ella dudó, extendiendo una mano pálida y delicada hacia el ejemplar.
Nuestros dedos no llegaron a tocarse esta vez, pero la proximidad fue suficiente para que el aire entre nosotros se volviera denso, casi sólido. Era una presión atmosférica que hacía que mi lobo rascara las paredes de mi conciencia, exigiendo que la reclamara, que la alejara de este nido de vampiros, que le explicara por qué mi fuego no la consumía, sino que la despertaba.
- Yo... no recuerdo haber traído esto conmigo, doctor Lyon -susurró ella. Sus labios estaban a pocos centímetros de mi campo de visión. Eran del color de las rosas que sobreviven al primer hielo.
- Entonces considérelo una lectura obligatoria, señorita Engel -me incliné un poco más, invadiendo su espacio personal, rodeándola con el calor que emanaba de mi cuerpo para que sintiera la diferencia entre su mundo de sombras y mi incendio interno-. Hay capítulos sobre la estabilidad de los elementos híbridos que le resultarán... reveladores. Especialmente la página ciento cuarenta y dos.
Bianca dio un paso adelante, rompiendo la burbuja que nos rodeaba.
- Gracias por su interés, doctor. Nos aseguraremos de que lo lea antes de la próxima clase.
Me erguí, recuperando mi máscara de indiferencia académica, pero antes de que se dieran la vuelta para marcharse, fijé mi mirada en los ojos violetas de Engel una última vez.
- No intente ocultarlo, Engel -le dije, usando su nombre de pila como si fuera una confesión secreta-. Lo que pasó en el laboratorio no fue un error del cristal. Fue tu sangre respondiendo a la mía. Y esto -señalé el espacio entre nosotros, donde el aire aún vibraba- es solo el principio de la ecuación.
La vi palidecer, si es que eso era posible, antes de que asintiera rápidamente y se alejara por el pasillo, seguida de cerca por una Bianca muy preocupada. Me quedé allí, en la penumbra, inhalando el rastro de su perfume que aún flotaba en el aire estático. Sabía que los Vandermir estarían vigilando, que mi misión estaba en la cuerda floja y que me estaba metiendo en la boca del lobo... literalmente. Pero por primera vez en mi vida, no me importaba la estrategia. Solo me importaba el violeta de sus ojos.
El Refugio de la Oficina: Cenizas y Deseo
Cerré la puerta de mi despacho con una fuerza que hizo vibrar los cristales de las estanterías. No encendí las luces. Mi visión de Alfa filtraba la oscuridad con una claridad insultante, convirtiendo mi refugio en un mapa de sombras nítidas. Me arranqué la corbata con un gesto violento y la arrojé sobre el escritorio, sintiendo que el aire de la habitación al fin era suficiente para mis pulmones saturados de su aroma.
Caminé hacia el mueble bar y me serví un vaso de whisky de malta, un líquido que quemó mi garganta con un calor familiar pero insuficiente. Dejé que mi frente descansara contra el vidrio helado del ventanal, mirando hacia el bosque que rodeaba Snorre-Vik.
Doce años. Doce años desde que vi mi aldea arder bajo el fuego azul de los vampiros. Doce años odiando cada átomo de su especie, jurando que el fuego de los Ursu los borraría del mapa. Y ahora, aquí estaba yo, con el corazón martilleando contra mis costillas por una Moldoveanu.
- No es solo una vampira -susurré al vacío de la oficina.
No lo era. Ninguna vampira pura reaccionaba así a mi contacto. Ningún ser de sangre fría podía estabilizar mi Alquimia de la forma en que ella lo hacía. Al tocarla, no sentí el asco que había entrenado durante una década; sentí el alivio de un hombre que finalmente encuentra agua en el desierto.
Cerré los ojos y la vi de nuevo. Supe, con el instinto ancestral que corre por mis venas, que la lógica había muerto en ese pasillo. Ella era mi Mate. Mi pareja destinada. La única mujer en el mundo capaz de sostener mi fuego sin convertirse en cenizas. Y era la hija de mi peor enemigo.
- Si el mundo tiene que arder para que yo te mantenga a mi lado, Engel -dije, mirando mi reflejo en el cristal, donde mis ojos ya no eran grises, sino del plata brillante de la caza-, entonces que empiecen a preparar las antorchas. Porque no voy a dejarte ir.