Desde el incidente en el laboratorio, sentía una vibración bajo mis uñas, un zumbido eléctrico que recorría mis huesos. Mi habilidad de "fotocopiar" -una maldición que mi madre llamaba el Eco de Transmutación- estaba alerta. Si alguien cerca de mí sentía ira, yo sentía el impulso de incendiar el aire. Si alguien sentía tristeza, el frío a mi alrededor se volvía cortante. Era como ser un espejo roto que no solo reflejaba, sino que devolvía el golpe multiplicado por mil.
- Engel, estás haciendo que el café de esa chica se congele -susurró Bianca, tirando de mi manga mientras cruzábamos el pasillo hacia el ala oeste.
Miré a una estudiante que pasaba; su vaso de cartón estaba cubierto de escarcha blanca. Me obligué a respirar, a "anularme" como mi padre me había enseñado, pero el fuego que Lyon había encendido en mí no quería apagarse.
- Necesito respuestas, Bianca. Ese profesor sabe lo que soy -le dije, deteniéndome frente a la puerta del despacho 402-. Quédate aquí. Si alguien viene, avísame. No confío en mis manos hoy.
Entré sin esperar invitación. Lyon estaba allí, inclinado sobre unos mapas antiguos. No llevaba la chaqueta de la clase, solo una camisa negra con las mangas remangadas. Al verme, sus ojos grises se encendieron con ese brillo plateado que hacía que mi sangre hirviera.
- Es valiente venir aquí, Engel -su voz era un gruñido bajo que hizo que las ventanas del despacho vibraran.
- ¿Qué me has hecho? -le espeté, dejando el libro sobre su mesa con un golpe que provocó una pequeña ráfaga de viento involuntaria, desordenando sus papeles-. Dijiste que el mercurio se estabilizaba, pero yo me siento a punto de estallar. Siento... todo. El viento afuera, el calor de tu piel, la electricidad de las lámparas. Siento que si me tocas de nuevo, este edificio se vendrá abajo.
Lyon rodeó el escritorio con esa lentitud felina que me erizaba la piel. Se detuvo a centímetros de mí. Su calor era una invitación al desastre.
- No te hice nada, Engel. Solo quité el seguro de la puerta -su mano se alzó, rozando el aire cerca de mi mejilla-. Tienes la herencia de una bruja elemental y la sed de un vampiro. Eres un amplificador. Si yo te diera una chispa de mi Alquimia, podrías convertir esta ciudad en cenizas.
Estaba a punto de responder cuando un golpe seco y arrogante sonó en la puerta.
- ¡Ursu! -la voz de Viktor Vandermir llegó cargada de veneno-. Sé que la híbrida entró aquí. Abre la puerta antes de que llame al Consejo.
El pánico me golpeó, y con él, mi poder. El aire en la oficina se volvió gélido de golpe, y las bombillas del techo empezaron a zumbar con una intensidad violenta. Lyon me tomó de los hombros, tratando de anclarme.
- Escóndete. Tras la estantería. ¡Ahora! -ordenó Lyon.
Me deslicé a las sombras justo cuando Viktor entraba. A través de la rendija de los libros, vi al heredero Vandermir. No venía solo a hablar. Su aura brillaba con una luz blanca enfermiza: su Virtud de Espejismo.
- Huelo a flores de medianoche, Ursu. Y huelo miedo -dijo Viktor, caminando por la oficina-. ¿Dónde está? Los Moldoveanu no deberían mezclarse con... perros callejeros como tú.
Viktor, en un gesto de pura malicia, chasqueó los dedos. Una descarga de su Virtud, una onda de choque mental diseñada para causar parálisis, recorrió la habitación. Lyon se tensó, resistiendo con su propia Alquimia de fuego, pero la descarga me alcanzó a mí en las sombras.
Y ahí fue cuando todo se rompió.
Mi cuerpo no recibió el ataque; lo absorbió. Sentí la energía de Viktor entrar en mi sistema, una electricidad fría y arrogante. Pero en lugar de paralizarme, mi sangre de bruja la tomó, la "fotocopió" y la transmutó en algo elemental. El aire alrededor de la estantería empezó a chisporrotear. Las sombras de los Varkas no eran nada comparadas con el vacío que empecé a generar.
- ¿Qué es ese ruido? -preguntó Viktor, retrocediendo, el miedo reemplazando su arrogancia.
- ¡Vete de aquí, Vandermir! -rugió Lyon, dándose cuenta de que yo estaba perdiendo el control.
No pude evitarlo. Un sollozo de rabia escapó de mi garganta y la energía que había absorbido de Viktor salió disparada de mis manos, pero multiplicada por diez. No fue un espejismo; fue una onda de choque sónica y eléctrica que hizo que los cristales de las estanterías estallaran hacia afuera. Viktor salió despedido contra la puerta, sus propios poderes volviéndose contra él con una fuerza que lo dejó sin aliento.
Las luces del pasillo estallaron una a una. Una tormenta repentina de granizo golpeó las ventanas del despacho, rompiéndolas, a pesar de que hacía un momento no había nubes.
Lyon se lanzó hacia mí, envolviéndome en sus brazos antes de que yo provocara un incendio.
- ¡Engel, mírame! -gritó sobre el estruendo del viento que ahora giraba dentro de la habitación-. ¡Cállalo! ¡Anúlalo!
Su calor físico fue como un ancla en medio del océano. Me pegué a su pecho, hundiendo mi rostro en su cuello, inhalando su aroma a bosque y ceniza. Poco a poco, la tormenta dentro del despacho se calmó. El granizo cesó y la electricidad dejó de saltar de mis dedos.
Viktor, aturdido y sangrando por la nariz, se levantó del suelo, mirando la habitación destrozada con puro terror.
- Tú... -susurró Viktor, mirando hacia las sombras donde Lyon me ocultaba con su cuerpo-. Tú no eres una vampira. Eres una maldición.
- Si le dices una palabra de esto a alguien, Vandermir -la voz de Lyon sonó como el rugido de un lobo Alfa que no aceptaría un no por respuesta-, me aseguraré de que lo último que veas sea tu propia sangre hirviendo. Vete.
Viktor huyó, pero yo sabía que esto no había terminado. Me separé de Lyon, temblando, mirando mis manos. Había absorbido un simple truco mental y lo había convertido en una tormenta destructiva.
- Soy un monstruo, Lyon -susurré, las lágrimas congelándose en mis mejillas-. Mi padre dice que la cristalización me salvará, pero yo creo que esto es lo que me va a destruir.
Lyon me tomó la cara con ambas manos, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran puro fuego plateado.
- No eres un monstruo, Engel. Eres una fuerza de la naturaleza. Y si no aprendes a manejar estos cuatro elementos que bailan en tu sangre, las familias te usarán como un arma hasta que te rompas.
Se acercó a mi oído, su aliento caliente dándome una seguridad que no merecía.
- Esta noche. En el viejo invernadero. Te enseñaré a pelear, Engel. No como una princesa, sino como la reina del caos que llevas dentro. Porque si vas a incendiar el mundo, asegúrate de que sea bajo tus propios términos.