Bianca caminaba a mi lado, inusualmente callada. Podía sentir su inquietud vibrando en el aire. Como una vampira con el Talento del Eco, ella era sensible a las frecuencias emocionales de los demás, y yo sabía que mi aura en ese momento debía de ser un caos de colores eléctricos y sombras de miedo, un paisaje tormentoso que ella percibía con dolorosa claridad.
- Engel, ¿estás bien? Tu energía... está temblando como si estuvieras en medio de un terremoto -susurró ella cuando llegamos a la pesada puerta de madera de mi alcoba.
- No digas nada, Bianca. Por favor -la interrumpí, apretando el libro de cuero viejo contra mi pecho. El calor que emanaba de la encuadernación, residual de las manos de Lyon, parecía ser lo único que me mantenía unida, que impedía que me desmoronara en un millón de fragmentos de hielo-. Solo quiero estar sola.
Ella dudó un momento, sus ojos zafiro fijos en mi rostro pálido, intentando penetrar la barrera de miedo que yo estaba erigiendo. Finalmente, asintió, su rostro contrayéndose con una preocupación que me partía el alma.
- Está bien. Pero si necesitas algo... o si el miedo se vuelve demasiado grande... ya sabes dónde estoy -dijo, antes de desaparecer por el pasillo, dejando tras de sí un rastro de su aura azulada.
Entré en mi habitación y cerré la puerta con el cerrojo. Me apoyé contra la madera, dejando escapar un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Mi habitación era un santuario de tonos grises y azules, llena de espejos que rara vez quería mirar. Me senté en el diván cerca del ventanal, desde donde podía ver la ventisca golpeando los cristales, como si el mundo exterior intentara romper mi burbuja de irrealidad.
Finalmente, bajé la mirada hacia el libro.
"Tratados sobre la Volatilidad del Alma".
El título estaba grabado en letras doradas casi borradas por el tiempo. Pero no fue el título lo que me detuvo el pulso. Fue el olor. El libro olía a él. Era un aroma a madera de cedro, tormenta eléctrica y algo salvaje, algo que hacía que mi sangre, normalmente lenta y fría, empezara a latir con una urgencia dolorosa en mis sienes. Era una fragancia que se pegaba a mi piel, un eco del fuego de Lyon que me recordaba la chispa que había saltado entre nosotros en el laboratorio. "No intente ocultarlo, Engel", me había dicho en el pasillo. Sus palabras seguían resonando en mi mente, una caricia y una amenaza a la vez, prometiendo un despertar que yo no sabía si deseaba.
Pasé las yemas de mis dedos por la portada y, por un segundo, juré que el cuero estaba tibio, como si conservara el calor de las manos de Lyonechka Ursu. O quizás era el calor que Lyon había encendido en mí. Abrí el libro con manos temblorosas. Las páginas eran de pergamino amarillento, llenas de diagramas alquímicos complejos que nunca habíamos estudiado en las tutorías privadas de mi padre. Mis ojos escanearon los textos hasta que encontré un trozo de papel doblado entre las páginas centrales.
Mi corazón dio un vuelco. No era parte del libro. Era una nota.
La Nota y el Despertar de la Hibridez
La caligrafía era firme, elegante y con una agresividad latente que me heló la sangre y a la vez me encendió. No necesité preguntar de quién era.
"La pureza es una mentira diseñada para mantenerte en una jaula, Engel. El mercurio solo se estabiliza cuando encuentra su fuego. Lee la página 142. No dejes que el hielo te consuma antes de que aprendas a arder."
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la baja temperatura de la habitación, sino con la revelación que acababa de asaltarme. Rápidamente busqué la página indicada. Allí, un diagrama mostraba una unión imposible, un círculo de escarcha resplandeciente rodeando un núcleo de llamas violetas y danzarinas. El texto hablaba de los "Híbridos del Equilibrio", seres nacidos con la sangre de dos mundos y que eran considerados la mayor amenaza para el orden establecido.
"El Híbrido no es una aberración, es la evolución del elemento. Pero el mundo teme lo que no puede controlar. Su virtud es la Anulación del Caos, su alquimia es la Transmutación del Frío. Su sangre es Mercurio Lunar."
Cerré el libro de golpe, con la respiración entrecortada. Mis manos temblaban tanto que el lomo crujió. ¿Era eso lo que él veía en mí? ¿Era eso lo que mi padre intentaba ocultar con su sobreprotección asfixiante? Toda mi vida me habían dicho que mis ojos violetas eran un defecto, una señal de mi "impureza", de una madre "humana" que me había manchado. Pero este libro sugería algo mucho más aterrador... y mucho más poderoso.
Me levanté y caminé hacia el espejo de cuerpo entero que adornaba una de las paredes. Me solté el cabello platino, dejando que cayera en cascada alrededor de mi rostro. Miré fijamente mis propios ojos. En la penumbra de la habitación, el violeta parecía brillar con una luz propia, una frecuencia eléctrica que recordaba a la chispa que había saltado entre Lyon y yo.
Recordé cómo el mercurio había hervido, no solo por su calor, sino por la repentina y brutal diferencia con mi frío, exacerbada por algo que había pulsado en mí.
Toqué el cristal del espejo y, por un instante, deseé que él estuviera allí. Deseé volver a sentir ese calor volcánico que emanaba de su cuerpo, ese fuego que me hacía sentir real en lugar de una estatua de porcelana. Pero el miedo me golpeó de inmediato. Si él tenía razón, si yo era una de esas criaturas de "Mercurio Lunar", entonces mi vida en Snorre-Vik había terminado. Mi propia familia me consideraría una traidora, un monstruo al que cristalizar.
Y eso me llevaba a mi mayor temor. La Cristalización. Era la enfermedad terminal de nuestra especie, el momento en que un vampiro perdía su voluntad de vivir, o era demasiado "impuro", y se convertía lentamente en una estatua de hielo y mármol, inerte. Mis padres me habían inculcado el terror a ese destino. Pero había otra faceta: el Hambre. Si mi sangre híbrida me hacía sentir cosas que otros vampiros no sentían, ¿qué pasaría si un día, en medio de la cristalización, mi hambre me hacía perder el control? Yo me alimentaba de sangre en bolsas, sangre animal, nunca humana. Pero el miedo a que esa "impureza" me llevara a la depredación era una pesadilla recurrente.
- ¿Quién eres realmente, Lyonechka Ursu? -susurré al espejo, con mi aliento helando la superficie del cristal.
El Encuentro con el Padre: La Máscara de Hielo
Un golpe seco en la puerta me hizo saltar. Rápidamente escondí el libro bajo los cojines del diván y me alisé el vestido antes de permitir la entrada.
Era mi padre, Alistair. Entró con su habitual elegancia gélida, su presencia llenando la habitación de un frío autoritario que me hizo encoger los hombros. Sus ojos, de un azul pálido como el hielo profundo, me escanearon con una precisión quirúrgica, buscando cualquier señal de discordancia en mi aura, cualquier fisura en mi fachada. Su Virtud de Anulación se expandía en la habitación, intentando sofocar cualquier emoción que pudiera estar sintiendo.
- Engel -dijo su voz, suave pero con el filo de una navaja, capaz de cortar el aire y la voluntad-. Me han llegado rumores sobre tu clase de hoy. Un incidente con un matraz de mercurio y el nuevo profesor. Viktor Vandermir ya está propagando su veneno.
Bajé la vista, tratando de controlar el ritmo de mi corazón, que latía con una velocidad inusitada. Sabía que si Bianca estaba cerca, ella podría sentir mi pánico, pero esperaba que mi padre solo viera mi habitual sumisión.
- Fue solo un accidente, padre. El cristal era defectuoso, y la clase de alquimia es... impredecible -mentí, sintiendo el peso de la traición en mi lengua, la pesada capa de hielo que cubría cada una de mis palabras.
- El Dr. Ursu es un hombre... peculiar -Alistair caminó hacia el ventanal, mirando la tormenta de nieve con una expresión de desaprobación que era casi cómica para un ser inmortal-. Un académico brillante, sin duda, pero hay algo en su linaje que no me termina de agradar. Demasiado rústico. Demasiado... cálido. Su presencia desestabiliza el aire, lo he notado.
Se giró hacia mí, y por un momento vi una sombra de preocupación genuina en su rostro, algo que rara vez permitía que saliera a la superficie. Su Virtud se intensificó, un frío anestesiante que intentaba calmar la agitación que él percibía en mí.
- No quiero que te acerques a él más de lo estrictamente necesario para tus estudios, Engel. Los Moldoveanu no se mezclan con la clase trabajadora, y menos con extraños que traen el olor del sur a nuestras tierras del norte. Su presencia es... desordenada. No es bueno para el balance del clan. ¿Está claro?
- Sí, padre -respondí en un susurro, sintiendo cómo sus palabras intentaban apagar la chispa que Lyon había encendido.
Él asintió y salió de la habitación, pero antes de cerrar la puerta, añadió una advertencia que me heló el alma hasta la médula:
- Recuerda quién eres, Engel. Eres una Moldoveanu. Eres el hielo. Y el hielo no se mezcla con el fuego. Se apaga o se evapora. No hay término medio. Y si el hielo se vuelve demasiado maleable, se convierte en agua. Y el agua se pudre. No dejes que el hambre te lleve a perder tu convicción, no dejes que te vuelvas como las bestias sedientas.
Cuando se fue, saqué el libro de nuevo. Sus palabras me habían dolido, pero también me habían confirmado algo. Mi padre tenía miedo. Miedo de Lyon, sí. Pero sobre todo, miedo de lo que Lyon representaba para mí. Miedo de que el fuego me despertara de mi letargo de cristal y me llevara a un hambre incontrolable. Miedo de que la cristalización fuera solo el inicio de un cambio más monstruoso.
Me acosté en la cama, abrazando el libro contra mi pecho, escuchando cómo el viento aullaba afuera, como un lobo solitario. En mis sueños esa noche, no hubo nieve ni silencio. Hubo un bosque oscuro, el rugido de un lobo, y una chispa violeta que prometía quemar todo mi mundo hasta los cimientos. Y lo más aterrador de todo era que, en el sueño, yo no quería que el fuego se detuviera. Quería arder