Regresé a la barra con los ojos secos, aunque mi alma gritaba bajo el peso de su mirada dorada. El Sr. Sterling me observó desde lejos, pero no dije nada. No había palabras para describir cómo se sentía que el hombre que fue tu sol ahora fuera el eclipse que borraba tu existencia.
-Lyra, necesitan más botellas en la SVIP-01 -dijo un compañero, pasándome una bandeja con licores que valían más que mi vida entera.
Mis piernas se sentían como plomo, pero regresé. Tenía que hacerlo. La diálisis de mi madre no entendía de corazones rotos, y la avaricia de Seline exigía una audiencia. Al abrir de nuevo la puerta de la sala, el ambiente se había vuelto espeso, casi sólido por el vapor del alcohol y el veneno de la nostalgia. Estaban jugando a "Verdad o Reto".
El trono de las mentiras
Seline estaba reclinada sobre Alistair como una enredadera que busca asfixiar al roble. Sus mejillas ardían con un rubor febril, provocado más por el poder que por el champaña. La botella de cristal sobre la mesa de mármol giró, un chirrido agudo que cortó el aire como un lamento. Se detuvo apuntando directamente a su pecho de seda blanca.
-¡Verdad! -exclamó Seline, soltando una risotada que carecía de música. Era el sonido del cristal chocando contra la piedra-. No hay nada en este mundo que yo tema decir, porque la verdad es solo lo que yo decido que sea.
Alistair permanecía inmóvil, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados, como si intentara bloquear el hedor de la decadencia que lo rodeaba. Sin embargo, su mano -vendada toscamente con el pañuelo que yo le había dado- se cerró en un puño cuando escuchó la pregunta del siguiente invitado.
-Dinos, reina de la noche -dijo un antiguo compañero de clases, con la mirada turbia de lujuria y envidia-, ¿qué es lo más cruel que has hecho en tu vida? ¿Qué pecado cometiste para asegurar tu lugar en el cielo de los Blackwood?
La habitación se sumió en un silencio antinatural. Incluso el aire pareció detenerse, esperando que la máscara de la perfección se agrietara.
Seline hipó, su mirada vagó por la sala hasta posarse en mí, que en ese momento rellenaba las copas con la precisión de un autómata. Una sonrisa afilada, una verdadera daga de odio, curvó sus labios. El alcohol había derribado los muros de su prudencia, dejando al descubierto la podredumbre que ocultaba su belleza.
-¿Lo más cruel? -se balanceó al ponerse de pie, alzando un dedo y señalándome directamente-. Hace siete años, en esa noche maldita que todos prefieren olvidar...
El eco de la tormenta
El corazón me dio un vuelco. El decantador en mi mano tembló, el cristal tintineando contra el borde de una copa. Alistair abrió los ojos. No eran ojos humanos; eran los de un lobo que acaba de detectar el rastro de una herida antigua.
-Esa noche de tormenta -continuó Seline, su voz volviéndose un susurro sibilante que llenaba cada rincón de la estancia-, fui al apartamento de Alistair. Él estaba destrozado, esperando a su "compañera de alma", esa pequeña rata muerta de hambre que prometió no dejarlo nunca.
Alistair se puso rígido. La esencia de sándalo y tormenta que emanaba de él se volvió sofocante.
-Alistair se fue a duchar, buscando lavar el frío de la espera -rio Seline, y en sus ojos brilló una chispa de locura-. Y dejó su teléfono sobre la mesa. Fue entonces cuando llegaron los mensajes. Decenas de ellos. "Alistair, por favor, mi madre se muere", "Alistair, no tengo a dónde ir", "Alistair, ayúdame, estoy bajo la lluvia".
Me quedé paralizada. El tiempo se detuvo. Los gritos de mis pulmones de hace siete años regresaron a mi garganta, ahogándome. Miré a Alistair. Su rostro estaba pálido, una máscara de mármol que empezaba a resquebrajarse bajo una verdad que nunca imaginó.
-¿Y qué hiciste, Seline? -la voz de Alistair fue un rugido bajo, un trueno que presagiaba la destrucción.
-Los borré -confesó ella, riendo tan fuerte que casi se cae sobre el sofá-. Los borré todos, uno por uno. Y luego, con mis propias manos, escribí la respuesta definitiva. "Lárgate". ¡Oh, deberían haber visto su cara al día siguiente! Él pensó que ella lo había abandonado por un mejor postor, y ella... ella simplemente desapareció en el barro, pensando que su Alpha la había desechado como basura. ¡Fue la obra de arte más hermosa de mi vida!
El cristal nunca vuelve a estar entero
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito. Fue el sonido de dos almas rompiéndose simultáneamente por segunda vez.
Alistair se levantó lentamente. La mesa de mármol crujió bajo la presión de sus manos. Su mirada se desvió de Seline hacia mí. En sus ojos dorados no había odio, sino una agonía tan vasta que podría haber inundado la ciudad entera. Un rastro de arrepentimiento, de horror puro, comenzó a humedecer sus pestañas.
-Lyra... -susurró mi nombre, y por primera vez en siete años, la palabra sonó como una oración, no como una maldición.
Seline, dándose cuenta finalmente del abismo al que había saltado, palideció. El alcohol se evaporó de su sistema, reemplazado por el terror de ver al lobo despertar frente a ella.
-¡Alistair, era por tu bien! -chilló-. ¡Ella no era digna de ti! ¡Yo te salvé de una vida de miseria!
Alistair no la miró. Sus ojos seguían fijos en los míos, buscando un perdón que yo no sabía si poseía. Yo simplemente dejé el decantador sobre la mesa. Mis manos, antes temblorosas, ahora estaban extrañamente quietas. El dolor de la verdad era tan inmenso que me había anestesiado.
Me acerqué a él, ignorando a Seline, ignorando a los invitados, ignorando el mundo que ardía a nuestro alrededor. Me detuve frente al Alpha, frente al hombre que me había respondido "lárgate" mientras yo me ahogaba en la lluvia de mi propia desesperación.
-Alpha -dije, y mi voz fue un susurro lírico, cargado con el peso de siete años de soledad-, las manchas de sangre de su mano pueden limpiarse con un pañuelo. Pero las cenizas de una luna que usted mismo dejó quemar... esas nunca volverán a brillar.
Extendí mi mano y, con una delicadeza que dolió más que cualquier golpe, toqué la venda manchada de su palma.
-Un cristal roto, Alistair, nunca vuelve a estar entero. Ni siquiera con todo su oro. Ni siquiera con todas mis lágrimas.
Me giré y caminé hacia la puerta. Por primera vez en siete años, mi espalda no estaba encorvada por la pobreza, sino erguida por la dignidad de la víctima que finalmente ha sido escuchada. Detrás de mí, escuché el estallido de una mesa de mármol siendo partida en dos y el rugido de un Alpha que finalmente comprendía que el precio de su compromiso era la pérdida definitiva de su alma.
La noche en Costablanca seguía siendo fría, pero mientras cruzaba el umbral del club, sentí que la lluvia de hace siete años finalmente empezaba a escampar, dejando solo las cenizas de lo que una vez fuimos.