"¿A dónde me llevas?", pregunté, con un dejo de pánico en la voz.
"A mi casa", respondió, con su voz extremadamente profunda. "Trent llamó. Dijo que no volvería esta noche. La reunión en la que está se alargó, así que pensé que deberías pasar la noche en mi casa".
Ante el recordatorio de la infidelidad de mi pareja, los ojos se me llenaron de lágrimas. Mantuve la vista fija en la ventana, negándome a que él viera mis ojos llorosos.
"¿Por qué bebías, Elena? ¿Pasó algo?".
"Nada", respondí secamente, pues nunca podría decirle que su supuestamente perfecto hijo me estaba engañando... con mi hermana.
"No lo creo, pero está bien si no quieres hablar de ello", dijo con voz neutra.
Nos quedamos callados hasta que entramos a su propiedad. Apenas apagó el motor, me bajé deprisa y me sequé los ojos.
Él también lo hizo y se acercó para agarrarme la mano, pero yo me aparté de un tirón.
"No tienes que sostenerme. Puedo caminar perfectamente sola".
"Te creería si no te hubieras ahogado en vasos de whisky", replicó mi suegro, sujetándome la mano con más fuerza.
De nuevo, sacaba esa actitud dominante. Nunca aceptaba un no por respuesta. ¿Por qué tenía que ser mi suegro? Era tan injusto.
Entramos en su casa, que estaba extrañamente silenciosa.
"¿Dónde está la tía?", pregunté, mirándolo. Así era como yo llamaba a la madre de Trent, mi suegra y la pareja de mi interlocutor.
Corría el rumor de que él se había involucrado con otra mujer antes de conocerla, así que ella no era su compañera destinada, sino elegida. Aunque, honestamente, no podía decir qué tan ciertos eran esos chismes.
"Fue a visitar a una amiga. Pasará la noche allí".
Al instante, el corazón se me desbocó.
'Espera un momento... ¿Así que... solo estamos él y yo aquí?', reflexioné.
Rápidamente me solté de su agarre cuando llegamos a las escaleras. Subí los peldaños de dos en dos, ansiosa por alejarme de él.
Para mi mala suerte, me torcí el tobillo. Mientras caía, solté un grito.
Sin embargo, no toqué el suelo, pues unas manos firmes me sujetaron por detrás. El aroma de ese hombre volvió a despertar en mí un deseo desenfrenado.
"¿Ves lo que pasa cuando dejas que una mujer borracha camine sola? Acaba rompiéndose todos los huesos", soltó mi suegro, en un tono cargado de ira, y algo mucho más oscuro. Lo siguiente que supe fue que me cargó como si fuera una novia en su noche de bodas, y me llevó al piso superior.
Yo coloqué mis manos alrededor de su cuello, y me esforcé por no mirarlo a la cara. Por suerte, llegamos a la que supuse era la habitación de invitados, donde me acomodó en la cama, lejos de todo el calor que emanaba de su cuerpo. ¿O era del mío?
Miré a mi alrededor y el corazón me dio un vuelco. No estábamos en la habitación de invitados.
"¿Por qué me trajiste a tu cuarto?".
"Porque tengo que curarte ese tobillo. Vuelvo enseguida", dijo y se fue. Segundos después, regresó con una bolsa de hielo.
Se sentó en la cama y colocó con cuidado mi pierna sobre su muslo. En ese momento, sentí que mis bragas se empararon por el roce de sus manos sobre mi piel.
Y el hecho de que mi pierna estuviera tan cerca de su miembro me excitaba aún más. Si no lo conociera, pensaría que me estaba seduciendo sutilmente.
Sin embargo, mi corazón roto y mi mente borracha estaban sucumbiendo ante su cercanía.
"¿Por qué llorabas?", preguntó en un tono tan bajo que apenas lo oí. "¿Te peleaste con mi hijo?", inquirió, mirándome.
A mí me costó encontrar una respuesta adecuada.
"No es nada que no podamos arreglar".
¿Pero de verdad podíamos arreglar esto? ¿Podía pasar por alto y perdonar lo que estaba haciendo con mi hermana? No lo sabía, pero no creía ser capaz. Era una traición demasiado grande para soportarla.
"Si te hace llorar, ¿vale la pena arreglarlo?".
Esa pregunta de mi suegro me desconcertó, y me esforcé por comprender el significado que había detrás.
Él se levantó y salió de la habitación. Suspiré aliviada, pero mi tranquilidad no duró mucho, pues la puerta volvió a abrirse y mi suegro regresó.
Esta vez, se metió en el baño sin decir una palabra. Me retorcí en la cama, hecha un manojo de deseo; me resultaba imposible mantener la calma, sabiendo que estaba desnudo ahí dentro.
Minutos después, salió vestido solo con unos bóxers, mientas se pasaba una toalla por el pelo. Su cuerpo musculoso y mojado lucía increíblemente delicioso.
Abrí los ojos como platos al ver el rotundo bulto que sobresalía entre sus piernas. Dejé que mi vista se deleitara también con sus abdominales y luego con el sensual tatuaje de su pecho.
Una avalancha de pensamientos alucinantes y sucios invadió mi mente, obligándome a incorporarme.
La Diosa y yo sabíamos que no podría contenerme más.
Puse lentamente las piernas en el suelo, inhalé profundamente, y me preparé para lo que iba a hacer.
'¡A la mierda! Esta será mi pequeña y sucia venganza contra Trent', me dije.
Ahora, mi pareja estaba a punto de descubrir lo que se sentía ser apuñalado por la espalda por sus seres queridos.
Me levanté de la cama y me abalancé hacia mi suegro, quien dejó de secarse el pelo.
"¿Qué pasa?", preguntó con severidad, intentando clavar sus ojos verdes en los míos.
Agarré con fuerza su erección; él se estremeció, pero no se movió. Vi que volvía a tensar la mandíbula, y que sus ojos se oscurecían.
"Podría ayudarte a aliviar esa erección. Si me dejas", solté, pues en ese momento me había convertido completamente en una zorra.
Pero, ¿cómo demonios se suponía que no lo fuera, cuando en lugar de huir me lanzaba esa mirada ardiente?
Él apretó los dientes, mientras parpadeaba varias veces.
"Estás loca, Elena", declaró, sin inmutarse.
"Sí, lo estoy", contesté.
No me importaba que me mandaran al psiquiatra mañana, pero en ese momento, quería probarlo.
Sin decir más, me arrodillé y, lentamente, le bajé los calzones.
Él no se movió ni me detuvo, así que le agarré su dura verga y lamí su rosado glande, probando su líquido preseminal en el proceso.
Mi suegro soltó un gruñido y sus piernas temblaron un poco. Su reacción me excitó más y comencé a mamársela, metiéndome la mitad en la boca.
¡Sabía jodidamente increíble! Me atraganté con su miembro y él volvió a gemir, más fuerte, antes de agarrarme del pelo con fuerza.
Jugué con sus testículos mientras aceleraba el ritmo.
"Mierda", exclamó, respirando entrecortadamente, mientras me separaba de él de golpe. Sin previo aviso, me levantó del suelo y me lanzó sobre la cama.
Los ojos se me desorbitaron ante la velocidad con la que se deshizo de la única prenda que le quedaba. Acto seguido, me arrancó la ropa de un tirón.
Comenzó a juguetear con mi clítoris con sus dedos, lo que me volvió loca y me hizo gimotear. Lo siguiente que supe fue que se masturbaba un poco y, después, deslizaba su verga en mí con una fuerza arrolladora.
"¡Aaaah!", gemí al sentirlo de mí.
Él entrelazó nuestras manos, y me inmovilizó al colocarlas por encima de mi cabeza. Su peso me tenía atrapada mientras me penetraba con fuerza.
Me di cuenta un poco tarde de que, mi suegro, gentil y relajado, era un monstruo en la cama. No había nada de amable en sus embestidas. Me estaba enviando al infierno erótico con sus brutales movimientos.
Yo era un caos de chillidos y gemidos, mientras que él era una tormenta de roncos gruñidos, que nos llevó a ambos salvajemente a un orgasmo abrumador.
"Tú pediste esto, Elena. No lo olvides", me susurró al oído, enterrándose más dentro de mí, como si quisiera que mis entrañas sintieran su verga, o como si quisiera marcarme permanentemente.
"Sí...", solté con un tono velado por los gemidos. "Yo... lo pedí", agregué, mientras nuestras caderas giraban al ritmo rápido que él marcaba.
"Así que nunca vas a arrepentirte. Y tampoco podrás fingir que esto no pasó", declaró, apretándome contra él, mientras me arrancaba suaves gemidos.
"Sí...".
"Eres mía. Completamente mía".
Al instante siguiente me besó, atrapando mis gritos mientras duplicaba el ritmo de sus embestidas hasta que tuve un orgasmo devastador que me dejó sin aliento. Por su parte, mi suegro gruñó y eyaculó dentro de mí.
Ambos estábamos sin aliento, y segundos después, él se dejó caer a mi lado.
Yo estaba agotada y sonrojada. Cerré los ojos con debilidad, sintiéndome muy mareada.
En algún lugar entre la realidad y el mundo onírico, creí oírlo decir algo... Sonaba casi como una disculpa y un par de palabras más que no entendí.
"Lo siento, pero... era la única forma de traerte a mis brazos", dijo.