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El pacto de matrimonio fingido de la heredera muda
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Capítulo 5 5

El viento en la terraza era mordaz, azotando mechones de cabello sobre la cara de Lucero. Espino estaba sentado en la silla de ruedas, de espaldas a la fiesta, la luz de los candelabros proyectando largas sombras sobre el piso de piedra.

Metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una pitillera de plata. Extrajo un cigarro y lo encendió con un encendedor de oro. La llama iluminó su rostro -duro, inflexible.

Dio una calada, las brasas brillando en rojo. Exhaló una columna de humo que flotó hacia Lucero.

-Regresa adentro -dijo, sin mirarla-. Diles a tus padres que no estoy interesado. Diles que olí la pobreza en ti y me dio asco.

Lucero no se movió. Observó el humo enroscarse en la noche.

-¿Eres sorda además de muda? -espetó Espino, girando la silla para enfrentarla. Su agresión estaba ensayada, un escudo diseñado para repeler.

Lucero metió la mano en su bolsillo. No sacó un teléfono ni una libreta. Simplemente habló. Su voz era rasposa por la falta de uso, pero firme.

-Cinco de la mañana.

Espino se congeló. El cigarro ardía ignorado en sus dedos.

-Accedí a las cámaras de seguridad de la Mansión Zarza a través de una puerta trasera en el servidor perimetral -continuó Lucero, con voz clínica-. Ayer por la mañana. Corres por el sendero privado detrás del mausoleo. Ritmo de siete minutos por milla.

El silencio que siguió fue pesado, sofocante. Los ojos de Espino se entrecerraron en rendijas. La máscara del inválido roto se disolvió. En su lugar había un depredador que había sido acorralado.

-Estás alucinando -dijo suavemente.

-Tu pie izquierdo golpea el suelo más fuerte que el derecho -dijo Lucero, ignorando su negación-. Favoreces la rodilla izquierda. ¿Vieja lesión? Tal vez. Pero el desarrollo muscular en tus cuádriceps es simétrico. No estás paralizado.

Espino no se levantó. Sabía que no debía hacerlo. En cambio, rodó la silla hacia adelante con una velocidad repentina y aterradora, inmovilizando a Lucero contra la barandilla de piedra. Los reposapiés se estrellaron contra sus espinillas. Se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio, su voz bajando a un susurro letal.

-¿Tienes deseos de morir? -siseó-. ¿Para quién trabajas?

Lucero no se apartó. Hizo una mueca por el dolor en sus espinillas pero sostuvo su mirada.

-Necesito una salida de esa casa. Tú necesitas una coartada.

Espino la miró fijamente. Buscó en su rostro un micrófono, un engaño. Solo vio una inteligencia desesperada y fría.

-Explícate -ordenó.

-Mi familia quiere venderme a ti para asegurar un trato. Creen que soy una idiota muda que se sentará en la esquina mientras te pudres -dijo Lucero-. Si me rechazas, enviarán a Destello. O a alguien más. Alguien que hable. Alguien que notará que no necesitas esa silla.

El agarre de Espino en los reposabrazos se aflojó ligeramente. Estaba escuchando.

-¿Por qué finges? -preguntó ella.

-Eso no es asunto tuyo -gruñó él.

-Reestructuración de la junta directiva de Corporación Zarza -adivinó Lucero-. Si estás incapacitado, los buitres salen. Estás esperando a que muestren sus cartas antes de atacar.

Una sonrisa lenta y oscura se extendió por el rostro de Espino. No llegó a sus ojos, pero estaba allí. Se recargó en su silla y ajustó sus mancuernillas.

-Eres más lista de lo que pareces -dijo-. Lo cual no es decir mucho, dado el vestido.

-Cásate conmigo -dijo Lucero-. Jugaré el papel. La esposa silenciosa y aterrorizada. No me interpondré en tu camino. A cambio, obtengo el apellido Zarza. Obtengo protección. Y cuando termines con tu juego, nos divorciamos. Tomo la mitad del dinero del acuerdo y desaparezco.

Espino dio otra calada a su cigarro. Miró la fiesta adentro -Caudal Corriente riendo, Gloria presidiendo su corte.

-Un contrato -dijo Espino-. Un año. Vives en mi casa. No ves nada. No dices nada.

-Trato hecho -dijo Lucero.

-Y si me traicionas -añadió Espino, su voz bajando a un murmullo que hizo que el vello de los brazos de Lucero se erizara-, me aseguraré de que nunca vuelvas a hablar. Permanentemente.

-Si te traiciono -respondió Lucero-, no tendrás que hacerlo. Lo haré yo misma.

La puerta de vidrio se abrió. Caudal asomó la cabeza, con la cara enrojecida por el vino.

-¿Todo bien por aquí?

Espino dejó caer el cigarro y lo aplastó bajo la rueda de su silla. Su rostro se relajó, sus hombros se hundieron. Miró a Caudal con ojos muertos y vidriosos.

-Es callada -masculló Espino-. Me gusta el silencio.

Lucero miró sus zapatos, encogiéndose sobre sí misma.

-Tenemos un trato -dijo Espino.

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