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Índice de Sombras
img img Índice de Sombras img Capítulo 2 El Eco de una Traición
2 Capítulo
Capítulo 6 La Primera Llamada img
Capítulo 7 El Precio de la Supervivencia img
Capítulo 8 Auditoría de Sangre img
Capítulo 9 El Primer Movimiento de Ajedrez img
Capítulo 10 La Sombra en el Espejo img
Capítulo 11 El Caballo de Troya Técnico img
Capítulo 12 Sacrificio de Peones img
Capítulo 13 El Susurro de Sloane img
Capítulo 14 La Paranoia de Sterling img
Capítulo 15 Operación Pantalla de Humo img
Capítulo 16 El Encuentro Cercano img
Capítulo 17 La Ética del Fantasma img
Capítulo 18 El Colapso de la Lealtad img
Capítulo 19 El Cebo del Algoritmo img
Capítulo 20 El Rostro en el Cristal img
Capítulo 21 El Sabueso de la SEC img
Capítulo 22 Guerra de Sombras img
Capítulo 23 El Silencio es Oro img
Capítulo 24 La Empresa Espejo img
Capítulo 25 La Grieta de Sloane img
Capítulo 26 El Segundo Sacrificio img
Capítulo 27 La Auditoría Forense img
Capítulo 28 El Factor Humano img
Capítulo 29 El Pacto con el Enemigo img
Capítulo 30 El Patrón del Fantasma img
Capítulo 31 Jaque al Mercenario img
Capítulo 32 El Almuerzo de los Buitres img
Capítulo 33 La Venganza de las Pequeñas Cosas img
Capítulo 34 El Protocolo de Extracción img
Capítulo 35 El Sabueso toca la puerta img
Capítulo 36 La Trampa de la Memoria img
Capítulo 37 El Exilio en la Red img
Capítulo 38 La Declaración de Guerra img
Capítulo 39 El Rehén del Pasado img
Capítulo 40 La Deserción de Sloane img
Capítulo 41 El Hombre en la Niebla img
Capítulo 42 El Reencuentro con el Abismo img
Capítulo 43 La Noche de las Cuentas Largas img
Capítulo 44 El Cebo de la SEC img
Capítulo 45 Ascenso al Olimpo Caído img
Capítulo 46 El Disparo que no fue img
Capítulo 47 El Colapso de Sterling img
Capítulo 48 La Entrada de la Ley img
Capítulo 49 El Código de la Paz (Epílogo) img
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Capítulo 2 El Eco de una Traición

El loft estaba sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido casi imperceptible de los ventiladores de los servidores. Elias Thorne permanecía frente a la pantalla principal, con la botella de agua olvidada sobre la mesa de acero. El titular rojo sobre Aurelius Group parpadeaba con una cadencia hipnótica, pero Elias no veía las letras. Estaba viendo una cicatriz abierta en su memoria, un recuerdo que el tiempo no había logrado enfriar y que el éxito clandestino solo había servido para embalsamar.

Siete años. Siete años desde el "Día Cero".

En su mente, el escenario cambió. El hormigón pulido del loft se transformó en las alfombras persas de la oficina principal de Aurelius en Park Avenue. El olor a ozono de sus servidores fue reemplazado por el aroma a caoba vieja y el perfume excesivamente caro de Sterling Vance. Elias recordó la presión del nudo de su corbata, que de repente parecía una soga.

Recordó la cara de Sterling. No era la cara de un mentor preocupado, sino la de un carnicero que acababa de decidir qué parte del animal iba a sacrificar para salvar el resto de la pieza.

-Lo siento, Elias -había dicho Sterling, sin una pizca de remordimiento en sus ojos de tiburón-. Alguien tiene que ser el rostro del desastre de la planta de químicos. Los accionistas exigen sangre, y tú eres el arquitecto de la estrategia logística. Si no eres tú, es toda la junta. Y no voy a permitir que la firma se hunda por un... "error de cálculo".

Elias intentó hablar, pero las palabras se atascaron en su garganta. Tenía las pruebas en su maletín; los informes que demostraban que él había advertido sobre las fisuras en los tanques de almacenamiento meses antes. Informes que Sterling mismo había archivado bajo el sello de "prioridad baja" para no reducir el margen de beneficios del trimestre. Pero cuando intentó abrir el maletín, dos hombres de seguridad, tipos que pesaban cien kilos de músculo y traje barato, le sujetaron los brazos.

La salida fue una procesión de humillación pública. Lo escoltaron por el vestíbulo de mármol, el mismo que él había ayudado a financiar con sus contratos millonarios. Al cruzar las puertas giratorias, el mundo explotó en flashes de cámaras y gritos de periodistas. "¿Thorne, sabía usted que el vertido mataría el ecosistema del río?", "¿Cuánto dinero ahorró Aurelius a cambio de esas vidas, Elias?". Sus colegas, personas con las que había compartido cenas y estrategias, lo observaban desde las ventanas superiores con una mezcla de lástima y alivio.

Ese día, Elias Thorne murió. Lo que quedó fue un hombre que entendió que la verdad es una divisa que nadie quiere comprar cuando la mentira es más rentable.

Un pitido agudo de la terminal lo devolvió al presente. El mercado asiático estaba cerrando y las réplicas en Wall Street comenzaban a sentirse.

-Éter, informe detallado sobre Aurelius Group -ordenó Elias. Su voz era ahora una hoja de afeitar.

-Aurelius Group (AUR) ha caído un 8.4% en las últimas dos horas -respondió la IA-. Los rumores de insolvencia se originaron en un foro de analistas de riesgo en Frankfurt. Se especula sobre un agujero negro en sus activos tóxicos de casi cuatro mil millones de dólares. Sterling Vance tiene programada una rueda de prensa para las 08:00, hora local.

Elias se cruzó de brazos. Un 8%. Para un gigante como Aurelius, eso era una hemorragia masiva. Sterling debía de estar revolviéndose en su silla de cuero, buscando a quién culpar esta vez. Pero Elias sabía algo que el mercado aún ignoraba: Aurelius no solo tenía un agujero financiero; tenía una podredumbre sistémica. Habían estado jugando a la ruleta rusa con el capital de sus clientes durante años, y finalmente, la recámara no estaba vacía.

-Rastrea el origen del rumor, Éter. Quiero saber quién ha soltado la primera piedra.

-Procesando... El origen parece ser una filtración interna. Un rastro de documentos enviados desde una cuenta encriptada dentro de la propia sede de Aurelius.

Elias arqueó una ceja. Fuego amigo. Alguien dentro estaba intentando hundir el barco antes de que los botes salvavidas se llenaran. Era poético. Pero su atención se desvió cuando una notificación prioritaria apareció en la esquina inferior de su pantalla secundaria. Era una alerta de Google Maps vinculada a sus antiguos registros de propiedad, una que nunca se había molestado en desactivar.

"Incendio estructural reportado en 42 Oak Ridge Lane."

El corazón de Elias dio un vuelco poco característico. Esa dirección era su antigua casa. La mansión que le habían embargado tras el escándalo, el lugar donde guardaba los últimos vestigios de una vida que alguna vez fue real. No era solo una casa; era el símbolo de su existencia anterior.

Rápidamente, abrió la señal de una cámara de tráfico cercana a la zona residencial. La imagen, granulada y nocturna, mostraba lenguas de fuego naranja lamiendo el cielo negro de los suburbios. Los camiones de bomberos parecían juguetes diminutos frente a la magnitud del incendio. La estructura de madera y cristal, diseñada por un arquitecto de renombre mundial para el "niño prodigio de las finanzas", se estaba desmoronando como un castillo de naipes.

Elias observó la destrucción con una frialdad que lo asustó a sí mismo. No sentía tristeza por las paredes o los muebles. Sentía que el pasado lo estaba persiguiendo, quemando los puentes que él ya había decidido no volver a cruzar. No era un accidente. Un incendio en la casa de un proscrito financiero justo el día en que su antigua empresa empezaba a desangrarse era un mensaje.

-Éter, busca en las bases de datos de la policía local. Quiero el informe de bomberos en cuanto esté disponible. Y busca cualquier mención a "Thorne" en las frecuencias de radio de emergencia.

-Entendido, Elias. ¿Deseas que inicie el protocolo de seguridad nivel 2 para este loft?

-Hazlo. Y corta cualquier conexión física con el exterior que no sea estrictamente necesaria. Alguien está borrando mi rastro, Éter. O peor... alguien me está enviando una invitación al funeral de Aurelius.

Elias volvió a sentarse. El resplandor del incendio en la cámara de tráfico iluminaba su rostro en la penumbra del loft. En una pantalla tenía la caída de un imperio; en la otra, la quema de sus propios restos.

Sterling Vance siempre había dicho que en los negocios no había coincidencias, solo planes que aún no comprendías del todo. Elias Thorne, el hombre que no existía, empezó a teclear. Si Aurelius iba a arder, él no sería una víctima de las llamas. Él sería el oxígeno que alimentara el incendio hasta que no quedara más que cenizas y la verdad desnuda.

Había pasado siete años construyendo un algoritmo para el silencio, pero esa noche, el eco de la traición gritaba demasiado fuerte. La insolvencia de Aurelius era el comienzo. El incendio de su casa era la declaración de guerra.

-Sterling -susurró Elias para sí mismo, mientras sus ojos reflejaban el rojo de las acciones cayendo-, espero que hayas guardado suficiente dinero para las flores del entierro. Porque esta vez, no hay chivos expiatorios que te salven.

Cerró la conexión con la cámara de tráfico. La casa había desaparecido bajo el fuego. Ahora, solo quedaba el arquitecto, moviéndose en las sombras, listo para reconstruir el mundo a su imagen o verlo arder por completo. El primer movimiento de la partida no lo había hecho él, pero el último, eso lo juró por su propia sombra, llevaría su firma invisible.

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