Mi reflejo en el espejo me daba asco.
No del asco hacía mí, sino hacia lo que me rodeaba.
Mire mi espalda con tristeza y dolor, las marcas del cinturón de mi madre estaban al rojo vivo junto con pequeñas gotas de sangre secas que habian salido cuando la hebilla por "accidente" me golpeaba.
Odiaba mi vida o al menos lo que quedaba de ella, los tratos, los golpes, las humillaciones, todo.
Me encantaría volver el tiempo atrás y ver si mi loba resultaba Alpha, pensar en cómo sería mi vida si eso hubiera sucedido, quizas hubiera seguido siendo la consentida de papá y tener el afecto de mi madre.
Las risas, las caricias, todo lo tendría de vuelta.
Pero lamentablemente solo me quedaba el pensar como hubiera sido, porque la realidad era esta.
La realidad eran las marcas que adornaban mi espalda y las palabras de asco acompañadas con ellas.
Una pequeña lágrima cayó de mis ojos y negué dejando de ver las marcas y limpiando mis mejillas humedas. No quería llorar más por ellos, porque no merecian mis lagrimas, pero lamentablemente mi corazón estaba tan herido que era inevitable a veces mantenerlas a raya.
Me vestí con dolor y esfuerzo colocandome con el mayor cuidado posible mi camisa, desearía que al menos despues de una golpiza me dieran algo para tomar o alguna crema, pero eso ya sería pedir mucha misericordia de parte de ellos.
Porque si eso fuera a suceder, ya habría pasado hace tiempo. Desde la primera golpiza.
Unos golpes en mi puerta me hicieron voltear hacia ella cuando Pamela ingresaba con lentitud.
–¿Estas lista? –preguntó observando atentamente.
–Casi –susurré haciendo una pequeña mueca al colocarme la chaqueta–. Debo tomar mi supresor y estoy.
–¿Qué sucedió? –preguntó acercándose.
–¿Con qué?
Camine hacia mi baño nuevamente y saque del cajón mis supresores, los odiaba, pero entendía que nadie queria que enterarán de la escoria de la familia, lo unico bueno, es que esto anulaba mis celos, aquellos que eran conocidos en los Omega de ocurrir una vez al mes atrayendo a cualquier hombre que pudiera satisfacer mis necesidades.
–¿Te duele la espalda? –preguntó apareciendo a mi lado–. Note una mueca en tu rostro al colocar la chaqueta.
–No es nada –negué–. Quizas dormí chueca.
–¿Segura?
–Sí, tranquila.
Me tomé la pastilla bajo su mirada y asentí hacia la puerta para que caminara y salieramos de mi cuarto. No dijo nada más sobre su sospecha, pero noté como me miraba de reojo cada cierto tiempo en nuestro camino hacia la cocina.
–Estaras en la cocina ayudando a preparar las comidas –dijo mientras atravesamos la puerta–. Lavar la loza, pelar verduras, ese tipo de cosas.
–¿Por qué ya no me dejas en el comedor? –pregunté con curiosidad–. Desde la última vez que no me dejas ahí.
–Son las nuevas rotaciones –dijo sin verme–. Más adelante volveras al comedor.
–Está bien –asentí.
–Josefa está a cargo de la cocina, eso ya lo sabes así que harás lo que ella te diga.
Asentí mientras miraba a la recien nombrada, ya era una señora de edad que llevaba muchos años trabajando en esta casa y me conocia desde pequeña. Las interacciones siempre eran al mínimo con todos aquí ya que siempre temían recibir castigos de mis padres al interactuar conmigo y los entendía, por eso nunca intentaba entablar conversacion con nadie.
–Haz todo lo que ella te diga –ordenó Pamela antes de dar vuelta y salir por la puerta hacia el comedor.
Miré a Josefa que revolvía algo en una olla y finalmente volteó a verme.
–Hola mi niña –sonrió amablemente–. Hoy haremos puré así que puedes empezar pelando las patatas.
–Claro –respondí.
Caminé hacia la bodega de verduras y tomé la malla de patatas que habíamos comprado ayer. Volvi a la cocina y las lave bien antes de comenzar a pelarlas con un cuchillo.
Lo bueno de la cocina es que el lavabo tiene una enorme ventana con vista hacia los jardines y podia al menos tener una vista distinta a las paredes del interior. Había sol y no deseaba nada más que salir y dejar que sus rayos acariciaran mi piel pálida.
Llevaba mucho tiempo en las sombras y cada día me volvía más pálida debido a eso.
–Cuando termines con esas, hay que pelar unas 3 zanahorias –escuché a Josefa.
–Claro –respondí dejando la papa que estaba pelando y volvi a la bodega a buscar las zanahorias.
Mis quehaceres durante el almuerzo consistieron en eso, pelar y picar verduras que después Josefa agregaba a la olla. El menú habia sido carne a la cacerola con puré y los aromas rapidamente llenaban el aire dejando una deliciosa estela.
Mi estomagó rapidamente comenzó a protestar por hambre, pero me contuve porque sabía que lo más probable es que yo no pudiera probar ese menú.
–¿Estás herida? –la voz de Josefa me sacó de mis pensamientos y volteé hacia ella.
–¿Qué?
Terminó de rvolter una de las ollas y la tapó antes de girarse a verme.
–He notado tus muecas cuando haces ciertos movimientos –susurró–. ¿Es tu espalda?
Negué mientras miraba de reojo la puerta del comedor.
–No es nada –dije volviendo a mi tarea de pelar porotos verdes–. Dormi chueca.
–Bueno... ¿has tomado algo para ese dolor por dormir chueca?
Pude notar el sarcasmo en su voz, pero me hice la loca respecto al tema negué y continúe sin mirarla. No quería que se preocupara por mí, porque eso solo le traería problemas a ella.
–Estoy bien, de verdad –le sonreí levemente–. No te preocupes por mí.
–Si tu lo dices –suspiró quitandome los porotos para colocarlos en una olla con agua–. Pero si necesitas algo, sabes donde queda mi cuarto.
Asentí no muy convencida, porque sabía que no le pediria nada. No la arriegaría a que algo le pase por querer ayudarme, cuando yo ya estaba costumbrada al dolor y podía aguantarlo sola.
Ya llevaba muchos años haciéndolo.
Pamela en ese momento ingresó en la cocina avisando que en unos minutos ya debiamos comenzar a servir y nos pusimos en marcha. Los ruidos en el comedor se hicieron cada vez más fuertes indicando que mi familia ya estaba acomodándose en la mesa y nosotras comenzamos con nuestra tarea.
Llenamos las fuentes de ensaladas que Pamela llevaba sin problemas y luego comenzamos a preparar cada plato con la comida fuerte.
Todo transcurrió con calma, aquí dentro todo era más relajado que el estres que conllevaba atenderlos o al menos para mí. Porque siempre intentaban hacerme equivocar para luego poder castigarme por ello.
Cuando estuvo todo listo y servido me puse a lavar la loza apenas llegaba para que no se nos acumulara y estuvieramos tanto tiempo con eso.
La tarde fue pasando mientras nosotras limpiabamos la cocina y avanzamos un par de cosas para mañana cuando las chicas que se ocupan del aseo entraron en la cocina para su hora de colación.
–¿Creés que vengan los hijos con ellos? –escuché que una le preguntaba a la otra.
Se sentaron en la mesa que habia en una esquina de la cocina destinada para el servicio y Josefa les entregó sus platos de comida.
–Ojalá, nunca los he visto –se quejó la otra–. Pero hay rumores de que son identicos, muy dificiles de distinguir que tienen la belleza de su padre.
–Deben ser realmente hermosos, el Alpha real es una hermosura de hombre.
–¿Tendrán los ojos como él?
–No creo, eso es muy dificil de heredar.
Josefa se acercó a mí con un plato de la comida que habíamos hecho y me lo entregó.
–Siéntate a comer –ordenó–. Luego continuas con el aseo.
–¿P-puedo comer de eso? –pregunté con asombro y recibi el plato con la saliva ya acumulandose en mi boca–. Pensé que comería algo distinto.
–No, guarde esto para ti, ahora come rapido.
Asentí entusiasmada y me fui a sentar lo más distante de ellas posibles para no incomodarslas, sabía que mi presencia para muchos no era agradable así que no quería molestar a nadie.
Me miraron brevemente mientras me sentaba, pero no dijeron nada. De hecho pude notar una pequeña sonrisa en sus rostros antes de que me enfocara en mi comida. Quería comer rapido en caso de que alguno de mi familia entrara y me prohibiera comer.
Estuve alucinando todo el almuerzo con poder probarlo, pero jamás imaginé que podría hacerlo.
–Espero que este año si vengan –continuaron con su conversacion–. Pero no me haré ilusiones ya que nunca han ido con sus padres a las visitas anuales.
–Quién sabe quizas este año sea distinto.
Continuaron con una conversacion de cosas triviales, como su familia o lo que harían al salir del trabajo ya que pese a vivir aquí ellas podian salir de la mansion sin problemas.
Yo era la unica que no tenía permitido nada.
Llevé el primer bocado de comida a mi boca y la explosion de sabor en mis papilas gustativas me hizo sonreír. Josefa siempre habia sido buena cocinando y extrañaba este tipo de comidas.
Las mias siempre eran sopas o verduras cocidas y pese a que sabía que ella intentaba condimentarlas bien, nunca comía algo tan elaborado como esto.
Terminamos de comer y lave los platos que habíamos utilizado, las chicas se despidieron y se fueron a terminar los ultimos quehaceres. Nosotras horneamos unos pasteles que serviría de postre Josefa mañana y la ayudé a cortar verduras para la lasaña que quería hacer de cena.
El sol lentamente comenzó a bajar y ya estabamos preparando todo para la última comida del día. Todo transcurrió con calma y ya estabamos nuevamente lavando la losa utilizada, Pamela ingresó con la última bandeja de cosas y suspiro antes de sonreírle a Josefa que le tendía un pedazo de pastel de chocolate.
–Gracias, lo llevaré a mi cuarto –tomó el pequeño plato y lo dejó sobre la encimera–. ¿Quedó más?
–Sí.
–Sírvele un pesado a Olivia, también lo llevará a su cuarto.
–Enseguida –sonrió Josefa mientras yo miraba con asombro a Pamela que no volteaba a verme y volvía al comedor–. ¿Quieres llevarte también un vaso de leche?
–Y-yo
–Eso es un sí, un vaso de leche fría queda perfecto con mi pastel. –sonrió–. Termina de lavar y estás lista, no queda mucho más por hacer.
Asentí aún asombrada y me apresuré en mis tareas.
Una vez todo listo, tomé mi porcion de torta y mi vaso de leche.
–Adios, nos vemos mañana –me despedí de Josefa que terminaba de doblar los manteles.
–Adios mi niña, disfrutala.
Caminé rapidamente a mi cuarto, para que nadie viera lo que llevaba y quisiera quitarmelo o le comentara a mis padres y me encerré dejando ambas cosas en mi mesita de noche. Me cambié de ropa rapidamente con cuidado de mi espalda y me coloque una camiseta ancha para que no me rozara tanto durante la noche.
Me acosté y acomode la porcion de torta en mis piernas. Con el tenedor llevé una pequeña porcion a mi boca y el sabor a chocolate inundó inmediatamente mis papilas haciéndome inmensamente feliz.
Las marcas en mi espalda aún dolían y tiaban, pero una pequeña sonrisa se formó en mi rostro cuando probé otra rebanada de este delicioso pastel.
Y por primera vez, en mucho tiempo fui feliz.