La sangre escurré por mi cuchillo favorito cuando lo sacó del cuerpo del último Rogue. Con una mueca lo limpio en el borde de mi camiseta que igualmente ya doy por perdida, la sangre y tierra son parte de ella así que no hay oportunidad de salvarla.
Miro a mi alrededor mientras termino de limpiar la sangre y guardo mi cuchillo en la muslera correspondiente.
–¿Novedades? –hablo hacia mi segundo que sé que me escucha.
–Ya todos fueron eliminados –dice pese a que no puedo verlo–. Intentamos obtener informacion sobre alguno de ellos, pero se negaron a darla.
–Como todos –susurro.
Camino entre los cuerpos de lobos muertos que poco a poco comienzan a volver a su forma humana y sintiendo la brisa que salió remover mi cabello que probablemente esté igual lleno de sangre como el resto de mi cuerpo.
Miro el reloj en mi muñeca y tuerso la boca cuando me doy cuenta que voy tarde.
–Ordenemos rapido, tengo un lugar donde estar.
–¿Cumpliendo tus deberes de príncipe? –se burla Joaco mi segundo.
Blanqueo los ojos pese a que no puede verme y comienzo a arrastrar los cuerpos para poder formar una pila y hacerlos arder. A mi espalda puedo escuchar los pasos y cuerpos siendo arrastados hacia donde estoy.
–Estas hecho un asco –se ríe Joaco cuando llega a mi lado tirando un cuerpo a la pila–. Deberas pasar por la mansion a cambiarte antes de ir a ese almuerzo.
–Lo sé –suspiro–. Debí traer ropa como dijo papá.
–Nunca le haces caso –ríe a mi lado.
–Lo sé –vuelvo a suspirar prendiendo el encendedor cuando ya todos los cuerpos están acomodados–. Acabemos con esto.
Veo como mi gente les echa gasolina para que puedan arder más rapido y una vez que se alejan lanzo el encendedor sobre ellos.
En menos de cinco minutos ya prendio fuego toda la ruma y vemos como arde todos juntos. Recorro con la vista a cada uno de mis amigos, que pueden ser llamados así despues de los 25 años que llevamos juntos. Estuvimos en la academía y luego seguimos juntos cuando comenzaron las misiones de rastreo.
Me aseguro que ninguno de ellos esté herido de gravedad al menos y mi pecho se calma ante la angustia que sentía de perder a uno de ellos.
–¿Tu hermano igual va? –Joaco pregunta a mi lado.
–¿Iker? –suelto una carcajada mezclado con bufido–. El mundo se acabaría hoy mismo si él decidiera asistir a alguno de los eventos de mamá.
–¿Dónde está a todo esto? –preguntó–. No lo veo desde hace una semana aprox.
–Anda en Rusia, siguiendo el rastro de un hechicero.
–¿Qué hizo esa pobre alma para que mandaran a tu hermano por él?
–Usaba su magia para adormecer a las humanas y abusar de ellas.
–¿Q-ué? –me miró estupefacto–. Que hijo de puta, ojalá lo haga sufrir.
–Creemé lo hará.
–Lo sé, si hay algo que tu hermano nunca ha tolerado es que golpeen mujeres.
Y eso era verdad, si algo Iker no teleraba era que abusaran de mujeres o mejor dicho de los más debiles. Siempre se metía en problemas en el colegio porque defendía a los más pequeños y su temperamento no siempre era el mejor así que el implicado siempre terminaba en la enfermeria.
–Bueno, vámonos –dije dando media vuelta–. Ya voy tarde, no quiero hacer una escena y ganarme un reproche de mamá.
–Eres una nenita –río a mi lado.
–Oye da miedo cuando se enoja –aseguré caminando al auto–. Y tú lo sabes.
Se estremeció ligeramente y sonreí. No habia sido algo que fuera directamente hacia él, fue una situación cuando fuimos a una de las manadas y alguien le faltó el respeto. Si bien papá estaba ahí mismo y podias sentir el enojo fluir de él como olas, dejo que ella se encargara de la situación porque sabía que ella era perfectamente capaz de hacerlo.
Nos subimos al auto y emprendimos viaje a la mansion, lo bueno de esta situación es que la manada donde ibamos estaba solo a un par de horas de la nuestra, así que solo llegaría un poco pasada hora establecida.
Pero eso igual me va a costar un reproche, porque pese a que salimos de madrugada para poder terminar a tiempo, eran más de los que nosotros creiamos así que llegaré igual tarde y mamá me dijo que no vinieramos hoy.
Llegamos en tiempo récord a la masion, corrí a ducharme y cambiarme de ropa rapidamente y en menos de una hora ya estaba otra vez en mi auto rumbo a la manada que me indicaron mis padres.
Una llamada marca en la pantalla del auto y maldigo cuando el nombre de papá se muestra.
–Voy en camino –digo antes de cualquier cosa.
–Ya deberías estar aquí –su voz grave se escucha por los parlantes–. ¿Qué sucedió?
–Eran más de los que pensabamos, así que nos tardamos un poco más.
–Tu madre te dijo que no fueras hoy, sabes que para ella es importante esto de las visitas –dijo con el tono neutro–. Espero que recibas el sermón en silencio cuando te lo dé.
–Sí papá –dije sin ánimos de pelear–. Lo sé.
–Bien, maneja con cuidado y mandame un mensaje cuando vengas llegando.
Sin poder decir nada más la llamada se cortó, maldije internamente y aceleré. Sabía que mamá diria algo al respecto, pero con un par de besos y abrazos se le pasaría lo molesta que estuviera.
En tiempo record llegue a los terrenos de la manada que me indica el GPS, la guardia fronteriza aparece frente a mí, me detengo cuando me lo indican y bajo la ventanilla del auto cuando se acercan y un escalofrio me recorre la columna.
–Buenas –dice un moreno alto mirando una tableta–. Nombre, apellido y ¿a que debemos la visita?
–Ivar White Meyer, me esperan para almorzar.
Su mirada se alza inmeditatemente y cuadra su postura viéndome fijamente antes de hacer una leve reverencia.
–Alteza lo lamento –se disculpa–. Pase.
–No te disculpes por hacer tu trabajo –digo cuando hace señas para que levanten las barreras–. Gracias, buen día.
Avanzo con calma con el aire entrando por la ventana aún abierta y otro escalofrío me recorre el cuerpo junto a una leve picazon en el cuello. Mi ceño se frunce, pero no le doy importancia, vuelvo a subir el vidrio y continuo mi camino.
Sigo las instrucciones del Gps con la direccion que me mandó mi madre y avanzo por las calles con calma viendo a la gente caminar tranquilamente, de simple vista se nota que es una manada próspera y tranquila.
La casa principal se encuentra al final de la calle y me detengo en los estacionamientos marcados a un costado, hay guardias en la entrada como protocolo en cada casa de Alphas y con un suspiro tomo mi celular, apago el auto y me bajo.
El cuello vuelve a molestarme y lo trueno cuando una comezón se hace presente.
–¿Qué carajos sucede? –pregunto a la nada caminando hacia la entrada.
Los guardias al verme acercar hacen una pequeña reverencia y abren la puerta, paso junto a ellos saludando con la cabeza y apenas pongo un pie dentro de esa casa un escalofrio invade todo mi cuerpo cuando un leve aroma dulce llega a mis fosas nasales.
–¡Compañera! –gruñé Egon–. ¡Buscala!
–¿Q-qué? –susurré quedando impresionado un momento.
Olfateé al aire con ahínco y el olor estaba ahí, leve, pero estaba. La comezón en mi cuerpo empeoró y mi pecho ardió en necesidad.
Un leve gruñido retumbó en mi pecho justo cuando mi padre apareció doblando la esquina por donde venía todo el bullicio, sus ojos dieron dieron con los míos y camino rapidamente hacia mí agarrandome de un hombro.
–¿Qué pasa? –preguntó viendome fijamente–. Tus ojos.
Lo agarre de los brazos intentando controlar la intensidad de emociones que tenía el cuerpo, no quería formar una escena, pero necesitaba encontrarla ahora.
–Mi compañera está aquí –dije con los dientes apretados.
–¿Acá? –se impresionó–. ¿Puedes sentirla? ¿Olerla?
–Es leve –asentí con las muelas apretadas–. Pero está aquí, necesito encontrarla padre.
–Vamos al comedor, quizas es una de las hijas que están ahí.
Asentí conteniendo lo más que podía a Egón que estaba desesperado por transformarse e ir en busca de su compañera, no es algo que esperabamos ni buscabamos la verdad, pero me alegra saber que a mi corta edad la encontraré.
Entramos en el comedor y todos voltearon a verme apenas entre, mi mandibula estaba tensa y mamá supo inmediatamente que algo pasaba cuando me vió. Hizo el amago de colocarse de pie, pero negué con la cabeza ganandome un ceño fruncido.
Olfateé el aire nuevamente sin importarme la mirada de nadie y el aroma era un poco más fuerte aquí, pero ella no se encontraba entre los de la mesa.
–¿Dónde está? –gruñí viendo hacia el Alpha de la manada.
–Hijo...–mi padre habló a mi lado.
–¿Qué busca joven príncipe? –preguntó el hombre colocándose de pie–. Lo ayudaremos.
–Llama a tu personal aquí –gruñí–. ¡AHORA!
Se estremeció ante mi grito, pero ya no era solo yo que estaba a superficie, también Egon. Mamá caminó hacia donde estaba intentando con todas mis fuerzas mantenerme en pie y tomó mi rostro entre sus manos viéndome a los ojos.
–¿Ella está aquí? –preguntó.
Asentí y note como miraba a papá con una mirada que no supe descifrar.
Poco a poco el personal comenzó a entrar en el salón acomodándose junto a una pared con la cabeza gacha, miré a cada uno de ellos hombre y mujer, pero ninguno de ellos era.
–¿Son todos? –pregunté viendo al Alpha.
Vi como tragaba saliva y desviaba la mirada.
–Sí, todos –mintió.
Le di una última mirada a mi padre y dejé que Egon tomara el control de mi cuerpo. Con el presente los sentidos aumentaban y así mismo el olor de mi cimpañera se hizo más fuerte, giré la mirada hacia una puerta y camine hacia ella sin pedir permiso de nadie.
La cocina aparecio ante mis ojos, pero el olor no estaba principalmente aquí, me moví por un pasillo guiandome por su aroma y sentí pasos a mi espalda.
–¡ALTO! –gritó el Alpha–. ¡No puede entrar ahí!
Mis pies se movían solos hasta una puerta en particular, mi corazón se aceleró más de lo que ya estaba y la comezón aumentó notablemente.
–Hijo –escuché a la lejanía a mi padre.
Tomé el picaporte de la puerta y una mano se aferró a mi brazo. Volteé hacia aquel contacto y gruñí al ver al Alpha.
–¡NO ME TOQUES! –gruñí tomando quitando su mano de mi cuerpo y empujándolo lejos haciéndolo caer–. Es mía.
Abrí la puerta y el olor me golpeó con fuerza calmando a Egon en mi interior, pero la imagen frente a nosotros nos dejó estaticos en la entrada.
–¿Qué carajos? –dije acercándome rapidamente al pequeño colchón que estaba en el suelo.
Mi hermosa compañera estaba tirada ahí, podía notar que ardía en fiebre por el color de su piel, la sudoracion en su cuerpo y la respiracion superficial que tenía.
Sus ojos se abrieron pesadamente dejándome ver un color miel intenso en ellos, removí el cabello humedo de su frente enviando descargas de electricidad por mi columna apenas toque su piel y en mi pecho Egon gruñó ante ese estado que estaba nuestra mujer.
–Hola pequeña –susurré–. Te sacaremos de aquí.
Sus ojos se cerraron y supe que se habia desmayado, sin pensarlo dos veces removí las mantas que la abrigaban y noté el uniforme de empleada que los demás tenían en su cuerpo, estaba sucio, lleno de tierra y sangre seca.
Gruñí ante aquello y mis ojos se detuvieron en su brazo derecho, que tenía claros signos de estar roto.
Volví a taparla y con cuidado pase mis brazos bajo su cuello y piernas, la alcé y lo poco que pesaba me hizo volver a gruñír con fuerza. La pegue contra mi pecho, su cabeza flacida cayendo contra mi hombro y olí su cabello detectando más su aroma dulce.
–¿Hijo? –la voz de papá vino de mi espalda.
–Me la llevo –anuncié girandome–. Nadie puede detenerme.
Papá la observó detenidamente, el estado en que estaba en mis brazos y noté como su mandibula se apretaba.
–Llevala directo a un hospital –dijo apartandose de la puerta–. Yo arreglo aquí las cosas.
Asentí y caminé fuera del cuarto, la apreté contra mi pecho cuando la sentí temblar y maldije en mi mente la situación. En la entrada de la cocina una mujer ya de edad me detuvo y se acercó.
–Dele dos de estas –me mostró un frasco y lo metió en mi bolsillo–. Es un analgesico y antipiretico –dijo viendo a la mujer en mis brazos con pena–. Le dará tiempo de llegar a su manada y atenderla allá, no lo haga acá –sus ojos conectaron con los míos y habia tristeza en ellos–. Por Favor cuidela y entreguele el amor que no tuvo aquí.
Abrí la boca para responder, pero mi mujer volvío a temblar en mis brazos y me moví rapidamente pasando por el comedor ante la mirada de todos incluida la de mi madre, pero me fui directo a la puerta principal.
Las puertas se abrieron y practicamente corrí a mi auto, abri la puerta del pasajero con facilidad ya que la mujer en mis brazos no pesaba nada y la coloqué con cuidado en el asiento, lo tiré un poco para atrás para que quedara recostada, le pase el cinturón sobre las tapas que tenía y sin poder evitarlo deje un sutil beso en su frente.
Rodeé mi auto con rapidez dando una última mirada a la casa donde estaba mi mujer y una frialdad se instaló en mi pecho que ya me era familiar. Entre en mi auto y recordé el frasco que me dio aquella mujer, leí brevemente la etiqueta asegurandome que era lo que decía y saque dos pastillas.
–Cariño –susurré acercándome a ella–. Debes tomar esto.
Le removí el cabello del rostro y poco a poco sus ojos miel comenzaron a abrirse con pesadez. Mi pecho dolío al verla así, tan descuidada y claramente con dolor.
–¿Eh? –se quejó volviendo a cerrar los ojos.
–Abre la boca –tome su mandibula y ella sin dudarlo hizo lo que pedi–. Tragalas para calmar el dolor y nos iremos de aquí.
Meti las pastillas en su boca y las trago con una mueca, me odiaba por no tener agua en el auto para darle, pero al menos ya las habia tragado. Subí la temperatura del auto y la acomodé a ella tapandola bien.
Suspiré viendola una última vez y encendí el auto para largarnos de aquí.