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Elegida por el maldito Rey Alfa
img img Elegida por el maldito Rey Alfa img Capítulo 3 Mátame, mi Rey
3 Capítulo
Capítulo 11 El placer img
Capítulo 12 El dolor img
Capítulo 13 La portadora de malas noticias img
Capítulo 14 Baño de sangre img
Capítulo 15 Tengo una propuesta img
Capítulo 16 Eso es imposible img
Capítulo 17 Mátame img
Capítulo 18 Ya era mía img
Capítulo 19 La perra amargada img
Capítulo 20 Estás jugando con fuego img
Capítulo 21 Espero que mueras bonita img
Capítulo 22 Hermosa de rojo img
Capítulo 23 No me detendré img
Capítulo 24 Pórtate bien img
Capítulo 25 Juego de poder img
Capítulo 26 La túnica del Rey img
Capítulo 27 En la habitación negra img
Capítulo 28 La puerta a la libertad img
Capítulo 29 Una mesa de enemigos img
Capítulo 30 No irás a ninguna parte img
Capítulo 31 ¡Déjame ir! img
Capítulo 32 Te reto img
Capítulo 33 Ahora o nunca img
Capítulo 34 No puedes escapar de mí img
Capítulo 35 Corriendo en la tormenta img
Capítulo 36 Su posesión img
Capítulo 37 Castigo img
Capítulo 38 Haz que pare img
Capítulo 39 Ella no es la indicada img
Capítulo 40 ¿Te vas a portar bien img
Capítulo 41 Tengo un plan img
Capítulo 42 No es una coincidencia img
Capítulo 43 Acepto tu oferta img
Capítulo 44 Su secreto img
Capítulo 45 La mujer del Rey img
Capítulo 46 Ella está planeando algo img
Capítulo 47 La Luna de Sangre img
Capítulo 48 Su primera sonrisa img
Capítulo 49 Un lugar de tortura img
Capítulo 50 Necesito saber img
Capítulo 51 La Luna de Sangre img
Capítulo 52 No lo hagas img
Capítulo 53 Un paso demasiado cerca img
Capítulo 54 La última cadena img
Capítulo 55 La verdad en sus ojos img
Capítulo 56 Cuéntamelo todo img
Capítulo 57 No me hagas enojar img
Capítulo 58 Soy un monstruo img
Capítulo 59 La amarga y dolorosa paz img
Capítulo 60 Yo soy esa rosa img
Capítulo 61 ¡Te odio! img
Capítulo 62 Tengo que detenerlo img
Capítulo 63 Por favor, vuelve img
Capítulo 64 Te deseo img
Capítulo 65 Su toque ardiente img
Capítulo 66 No te contengas img
Capítulo 67 Mía para reclamar img
Capítulo 68 Susurro eterno img
Capítulo 69 Era mía img
Capítulo 70 Eres especial img
Capítulo 71 Rey Maldito img
Capítulo 72 La grieta img
Capítulo 73 Frío y calor img
Capítulo 74 Querida img
Capítulo 75 Hace mucho tiempo img
Capítulo 76 Dos depredadores img
Capítulo 77 Su orden img
Capítulo 78 Sí o no img
Capítulo 79 Toma una decisión img
Capítulo 80 Pelaje blanco img
Capítulo 81 La amarga verdad img
Capítulo 82 Dame una oportunidad img
Capítulo 83 Sombras img
Capítulo 84 Sangre y nieve img
Capítulo 85 Impotencia img
Capítulo 86 Confusión img
Capítulo 87 No tenemos tiempo img
Capítulo 88 El Rey no debe saberlo img
Capítulo 89 Por favor, perdóname img
Capítulo 90 El Libro Rojo img
Capítulo 91 La visión img
Capítulo 92 Escapada img
Capítulo 93 Eres la única que quiero img
Capítulo 94 Salvaje img
Capítulo 95 ¡Marcos, no! img
Capítulo 96 Demasiado tarde img
Capítulo 97 ¡Por favor, detente! img
Capítulo 98 La marca de la culpa img
Capítulo 99 Ya verás img
Capítulo 100 Es hora img
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Capítulo 3 Mátame, mi Rey

Todas sabían las consecuencias, pero seguían viniendo. Algunas como sacrificio, otras por voluntad propia.

Pero, ya fuera por una cosa o la otra, todas compartían el mismo destino: la muerte.

Mi cama era una sentencia de muerte. Un lugar donde ninguna mujer había sido lo bastante fuerte como para sobrevivir.

Esta era mi maldición. Mi demonio.

Yo era un monstruo. El Rey Alfa más poderoso y temido que jamás había existido.

La piedad era un sentimiento que murió en mi mundo hacía mucho tiempo, enterrada bajo los gritos de mujeres que creían poder sanarme.

He vivido con esta maldición desde que tengo memoria.

He intentado domar a esta bestia, privarla. Pero nada. Ninguna mujer ha podido sobrevivir ni romper mi maldición.

Me enviaban docenas de mujeres de Alfas de otras manadas que buscaban favores míos, con la esperanza de que mi remedio viniera de su parte.

Algunas eran vírgenes, pensando que la pureza podría ser la solución. Pero eso solo hacía que mi bestia quisiera darse un festín aún mayor, que tuviera más hambre de su inocencia.

Le rogué a la Diosa Luna que me quitara esta aflicción.

Aullé en la noche, atravesé bosques, maté a rebeldes con mis propias manos; cualquier cosa para calmar el fuego que ardía en mi sangre cada vez que tocaba a una mujer.

Pero la bestia dentro de mí nunca se satisfacía.

Ni con carne.

Ni con sangre.

Ni siquiera con la muerte.

Mi lobo, o lo que quedaba de él, no era como los demás.

No respondía a la lógica ni a la lealtad. No me protegía. Me consumía. Y yo lo dejaba. Porque si no... también se volvería contra mí.

Me paré frente a la ventana, mirando la luna llena, que parecía burlarse de mí.

El sonido de las puertas de mi habitación al abrirse me sacó de mis pensamientos, pero no me giré.

"Su Majestad", la voz de mi Beta llegó a mis oídos.

"¿Qué ocurre?", pregunté, sin girarme.

"Preparamos a las mujeres para esta noche", dijo, y no pude evitar burlarme.

Otro cadáver más para añadir a la lista.

¿Por qué eran todas tan estúpidas? ¿Cuándo se darían cuenta de que ninguna de ellas podía ayudarme?

"Que entren", dije mientras me giraba despacio hacia él. "Ambos sabemos cómo acabará esto".

No respondió porque sabía que era una verdad que ninguno de los dos podía negar.

Se inclinó en señal de respeto antes de irse por la puerta y yo me quedé allí esperando. Ya me había quitado la ropa y solo llevaba una toalla alrededor de la cintura.

Minutos después volvió con una mujer. Tenía el pelo castaño corto, y temblaba como si la hubieran convocado a la guarida del león. Y tal vez así era.

Sin decir nada más, mi Beta Luciano salió; la puerta se cerró tras él y el sonido resonó por toda la habitación como un último redoble de tambor antes de la ejecución.

La mujer mantuvo la cabeza gacha.

Su corazón latía a toda velocidad. Su pánico se sentía en el aire.

Era tan patética.

Me acerqué a la luz y la mujer levantó la cabeza, pero enseguida la bajó como si acabara de cometer el mayor error de su vida.

Sin perder un segundo, dejé caer la toalla. Se oyó un jadeo.

Y entonces ocurrió lo inevitable: las súplicas, los gritos.

"¡Por favor! ¡Por favor! ¡No quiero morir... No puedo... Por favor!", vociferó la mujer y esto me puso de los nervios, haciendo que la bestia que llevaba dentro rugiera de ira mientras apretaba las manos con fuerza.

"Te ofrecieron a mí", escupí y la mujer cayó de rodillas, con los ojos llenos de lágrimas, los hombros temblorosos e implorando por su vida.

"¡Por favor... por favor... De verdad que no quiero morir!", siguió clamando y suplicando.

Saqué mis garras y estuve a segundos de destrozarla.

"¡Luciano! ¡Ven a sacarla de mi vista!", gruñí e inmediatamente, y la puerta se abrió de golpe. Luciano entró corriendo, arrastrando a la mujer con él mientras ella seguía gritando y suplicando.

Hasta que la puerta volvió a cerrarse, sus gritos seguían resonando fuera.

Tomé la toalla del suelo y me la envolví alrededor de la cintura, con una ira descontrolada latiendo en mi pecho, mientras mi bestia arañaba mi interior para que la liberara.

Apoyé la cabeza contra la pared, respirando con dificultad, cuando oí el sonido de la puerta al abrirse.

"Luciano, ya basta...".

"Puedo ayudarlo, mi rey", una voz suave y seductora llegó a mis oídos y me giré rápidamente para ver a una chica de ojos verdes y cabello rubio.

Tenía esa mirada segura en los ojos. Pero ya había visto esa mirada demasiadas veces y recordaba cómo acababa.

"Escuché los gritos de la otra perdedora, yo no soy como ella", susurró mientras dejaba caer al suelo la túnica que cubría su cuerpo y no pude evitarlo. Algo se agitó en mi interior al verla completamente desnuda.

Mi pene se endureció de inmediato, y mi bestia rugió de hambre.

Sus pechos tenían el tamaño justo, su vientre era plano. Estaba recién afeitada y verla me hizo la boca agua.

Se acercó a mí a pasos lentos, balanceando las caderas de forma seductora. Se detuvo frente a mí y luego frotó mi pecho con sus manos mientras susurraba:

"Déjeme mostrarle lo que se siente al tener una mujer de verdad", susurró mientras su mano se acercaba a la toalla, pero la mía la detuvo.

"¿No temes morir?", pregunté, con voz fría mientras la miraba a los ojos, llenos de confianza y valentía.

Era una estúpida o una suicida.

"No voy a morir, sé que soy la mujer que va a detener esto", susurró mientras me besaba el pecho y yo gemí.

"Déjeme salvarlo", susurró antes de tirar por fin de mi toalla, y esta se cayó.

Mi corazón ardía, y sentía cómo toda la sangre corría directamente hacia mi pene.

Ella siguió besándome el pecho; su mano se deslizó por mi cuerpo hasta que agarró mi pene, y entonces se quedó paralizada al bajar la mirada.

"¡Es... es tan jodidamente grande! ¿Cómo me va a caber eso?", jadeó, retrocediendo tambaleante, y antes de que pudiera responder, sus ojos se pusieron en blanco y se desmayó en el suelo.

Gruñí, apartándome de la mujer, pues de repente solo veía rojizo.

"¡Luciano!". Rugí mientras las puertas se abrían de golpe una vez más; Luciano entró corriendo.

"¿Su Majestad?".

"Si dejas que entre otra mujer en mi habitación, no llegará a mi cama antes de morir".

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