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Elegida por el maldito Rey Alfa
img img Elegida por el maldito Rey Alfa img Capítulo 10 La comida del Rey
10 Capítulo
Capítulo 11 El placer img
Capítulo 12 El dolor img
Capítulo 13 La portadora de malas noticias img
Capítulo 14 Baño de sangre img
Capítulo 15 Tengo una propuesta img
Capítulo 16 Eso es imposible img
Capítulo 17 Mátame img
Capítulo 18 Ya era mía img
Capítulo 19 La perra amargada img
Capítulo 20 Estás jugando con fuego img
Capítulo 21 Espero que mueras bonita img
Capítulo 22 Hermosa de rojo img
Capítulo 23 No me detendré img
Capítulo 24 Pórtate bien img
Capítulo 25 Juego de poder img
Capítulo 26 La túnica del Rey img
Capítulo 27 En la habitación negra img
Capítulo 28 La puerta a la libertad img
Capítulo 29 Una mesa de enemigos img
Capítulo 30 No irás a ninguna parte img
Capítulo 31 ¡Déjame ir! img
Capítulo 32 Te reto img
Capítulo 33 Ahora o nunca img
Capítulo 34 No puedes escapar de mí img
Capítulo 35 Corriendo en la tormenta img
Capítulo 36 Su posesión img
Capítulo 37 Castigo img
Capítulo 38 Haz que pare img
Capítulo 39 Ella no es la indicada img
Capítulo 40 ¿Te vas a portar bien img
Capítulo 41 Tengo un plan img
Capítulo 42 No es una coincidencia img
Capítulo 43 Acepto tu oferta img
Capítulo 44 Su secreto img
Capítulo 45 La mujer del Rey img
Capítulo 46 Ella está planeando algo img
Capítulo 47 La Luna de Sangre img
Capítulo 48 Su primera sonrisa img
Capítulo 49 Un lugar de tortura img
Capítulo 50 Necesito saber img
Capítulo 51 La Luna de Sangre img
Capítulo 52 No lo hagas img
Capítulo 53 Un paso demasiado cerca img
Capítulo 54 La última cadena img
Capítulo 55 La verdad en sus ojos img
Capítulo 56 Cuéntamelo todo img
Capítulo 57 No me hagas enojar img
Capítulo 58 Soy un monstruo img
Capítulo 59 La amarga y dolorosa paz img
Capítulo 60 Yo soy esa rosa img
Capítulo 61 ¡Te odio! img
Capítulo 62 Tengo que detenerlo img
Capítulo 63 Por favor, vuelve img
Capítulo 64 Te deseo img
Capítulo 65 Su toque ardiente img
Capítulo 66 No te contengas img
Capítulo 67 Mía para reclamar img
Capítulo 68 Susurro eterno img
Capítulo 69 Era mía img
Capítulo 70 Eres especial img
Capítulo 71 Rey Maldito img
Capítulo 72 La grieta img
Capítulo 73 Frío y calor img
Capítulo 74 Querida img
Capítulo 75 Hace mucho tiempo img
Capítulo 76 Dos depredadores img
Capítulo 77 Su orden img
Capítulo 78 Sí o no img
Capítulo 79 Toma una decisión img
Capítulo 80 Pelaje blanco img
Capítulo 81 La amarga verdad img
Capítulo 82 Dame una oportunidad img
Capítulo 83 Sombras img
Capítulo 84 Sangre y nieve img
Capítulo 85 Impotencia img
Capítulo 86 Confusión img
Capítulo 87 No tenemos tiempo img
Capítulo 88 El Rey no debe saberlo img
Capítulo 89 Por favor, perdóname img
Capítulo 90 El Libro Rojo img
Capítulo 91 La visión img
Capítulo 92 Escapada img
Capítulo 93 Eres la única que quiero img
Capítulo 94 Salvaje img
Capítulo 95 ¡Marcos, no! img
Capítulo 96 Demasiado tarde img
Capítulo 97 ¡Por favor, detente! img
Capítulo 98 La marca de la culpa img
Capítulo 99 Ya verás img
Capítulo 100 Es hora img
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Capítulo 10 La comida del Rey

La puerta se abrió y ella entró, e inmediatamente sentí que todo dentro de mí cobraba vida.

Su aroma me envolvió como un velo del que no podía escapar. Era demasiado abrumador.

Se me hizo un nudo en la garganta y apreté los puños mientras me acomodaba en la silla.

Maldita sea.

Era la definición del pecado. El tipo de mujer que haría que un hombre perdiera la cabeza, igual que mi bestia la estaba perdiendo y yo luchaba con todas mis fuerzas por controlarla.

Tenía curvas en todos los lugares adecuados, sus senos eran voluminosos, me los imaginaba agarrados por mis manos.

Medía alrededor de metro y medio y tenía el pelo largo y negro que le llegaba hasta la cintura.

"Su Majestad", saludó con una reverencia y su voz casi deshizo algo en mí.

No pude evitar imaginar cómo se sentiría oírla sin aliento susurrando mi nombre como una plegaria.

"Me llamo Emilia González", dijo con calma y sin mostrar miedo. Si lo tenía, lo estaba ocultando muy bien.

Emilia. Quería recordar ese nombre, a pesar del número de mujeres que acababan de presentarse ante mí.

"Levanta la cabeza", ordené, con la voz ronca por la necesidad.

Ella la levantó despacio y observe sus hermosos ojos color avellana. Por primera vez en mucho tiempo, mi corazón dio un vuelco.

Esta era la mujer que había calmado a mi bestia. La misma que Luciano me mostró en la pantalla esta mañana.

Por un momento me tomé mi tiempo para contemplarla y ella se quedó allí de pie, con la barbilla alta y las manos a los lados.

Poco a poco, me levanté. Capté el más mínimo movimiento de sus manos apretándose, pero enseguida las soltó como si intentara mostrarse fuerte.

"¿No temes morir esta noche?", pregunté mientras daba un paso hacia ella, pero sin salir aún a la luz.

"Algún día todos moriremos", esa fue su respuesta y tarareé mientras daba otro paso hacia ella.

"¿No me tienes miedo?".

"¿Debería tenerlo?". Su respuesta me pilló desprevenido y me hizo detenerme en seco.

"Sabes lo que les pasa a las mujeres con las que me acuesto, ninguna vive para contarlo".

"Ay, qué miedo", susurró con sarcasmo, pero la oí y entorné los ojos.

No sonaba como las otras mujeres que intentaban hacerse las valientes... sonaba como si mis rugidos, que solían recordar a la gente que yo era muy peligroso, le parecieran insignificantes. Sonaba como...

¿Se estaba burlando de mí? ¿De mí?

"La señora dijo que solo veníamos a presentarnos ante usted esta noche y que debíamos volver a nuestros aposentos, si no hay nada más que pueda hacer por usted, me gustaría retirarme, Su Majestad", dijo mientras hacía una reverencia y estaba a punto de darse la vuelta.

Pero no la dejaría irse.

Salí de la oscuridad y la tomé de la mano mientras la giraba y tiraba de ella hacia mí, y aterrizó con fuerza contra mi pecho.

Jadeó y sus ojos se abrieron de par en par, mirándome a la cara como si no pudiera creer lo que veía. Por un momento algo brilló en sus ojos como miedo, pero desapareció antes de que pudiera distinguir qué era.

"Su... Su Majestad... yo...", parpadeó mientras sacaba la lengua para humedecerse los labios; en ese momento todo pensamiento racional desapareció de mi cabeza y, antes de que pudiera detenerme, la empujé contra la pared más cercana.

"¿Dices que no me tienes miedo?", pregunté mientras mis brazos la acorralaban y mi respiración se volvía entrecortada.

"No", susurró ella, mirándome con una actitud desafiante.

"Deberías, sobre todo cuando lo único que quiero hacer ahora mismo es follarte", y con eso mis labios se estrellaron contra los suyos.

***

Por un momento no pude creer lo que estaba pasando. Este no era el plan. Quería hacerlo enfadar y que se disgustara tanto conmigo que me echara y no quisiera volver a verme.

Jamás me imaginé que me metiera la lengua por la garganta y me robara un beso.

Y lo peor era que me gustaba.

El Rey Alfa era, con diferencia, el hombre más guapo que había visto en mi vida. Ojos azules que brillaban como el hielo pero ardían de calor, pómulos tan afilados que cortaban, una mandíbula tan fuerte que podría haber sido esculpida en piedra. Sus labios, Dios, sus labios, eran firmes, hambrientos y exigentes, y en ese momento devoraban los míos como si yo fuera el último bocado de algo por lo que había estado hambriento.

Su cuerpo era duro, inflexible, imponente sobre el mío. Y aunque me dije a mí misma que resistiera, que recordara por qué había venido aquí, por qué no podía permitirme esto, me encontré derritiéndome, separando los labios, dejándolo besarme sin mostrar resistencia.

Su gruñido vibró contra mi boca y sentí el calor de su pecho a través de la fina tela de mi vestido mientras sus manos me agarraban la cintura con fuerza. No me hacía daño, pero me reclamaba. Era posesivo. Como si ya me considerara suya.

Esto no era lo que se suponía que debía pasar.

Se suponía que debía ser invisible. Desafiante. No deseable.

Pero la forma en que me besaba... era como si yo fuera oxígeno que él necesitaba para respirar.

Y entonces sus manos recorrieron mi cuerpo, subiendo hasta mis pechos y pellizcando uno de mis pezones, y en ese momento se me cortó la respiración.

Sentí algo grande y duro presionando mi estómago y no pude evitar el gemido que escapó de mi boca.

¿Quién sabía que la muerte sabía tan deliciosa?

Sus labios abandonaron los míos mientras me besaba el cuello. Con una mano me apretaba el pecho. La humedad se acumuló entre mis piernas y un gruñido escapó de sus labios.

De repente se volvió muy agresivo, me apretó tan fuerte mi pecho que me dolía.

"Mi Rey", se suponía que saldría como una súplica para que se detuviera, pero salió como un gemido.

Y entonces, sin previo aviso, me levantó del suelo y mis piernas se envolvieron automáticamente alrededor de su cintura.

La mirada en sus ojos era tan oscura y llena de deseo. Como una bestia desatada.

Y yo estaba a punto de convertirme en su presa.

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