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Elegida por el maldito Rey Alfa
img img Elegida por el maldito Rey Alfa img Capítulo 5 La bestia encadenada
5 Capítulo
Capítulo 11 El placer img
Capítulo 12 El dolor img
Capítulo 13 La portadora de malas noticias img
Capítulo 14 Baño de sangre img
Capítulo 15 Tengo una propuesta img
Capítulo 16 Eso es imposible img
Capítulo 17 Mátame img
Capítulo 18 Ya era mía img
Capítulo 19 La perra amargada img
Capítulo 20 Estás jugando con fuego img
Capítulo 21 Espero que mueras bonita img
Capítulo 22 Hermosa de rojo img
Capítulo 23 No me detendré img
Capítulo 24 Pórtate bien img
Capítulo 25 Juego de poder img
Capítulo 26 La túnica del Rey img
Capítulo 27 En la habitación negra img
Capítulo 28 La puerta a la libertad img
Capítulo 29 Una mesa de enemigos img
Capítulo 30 No irás a ninguna parte img
Capítulo 31 ¡Déjame ir! img
Capítulo 32 Te reto img
Capítulo 33 Ahora o nunca img
Capítulo 34 No puedes escapar de mí img
Capítulo 35 Corriendo en la tormenta img
Capítulo 36 Su posesión img
Capítulo 37 Castigo img
Capítulo 38 Haz que pare img
Capítulo 39 Ella no es la indicada img
Capítulo 40 ¿Te vas a portar bien img
Capítulo 41 Tengo un plan img
Capítulo 42 No es una coincidencia img
Capítulo 43 Acepto tu oferta img
Capítulo 44 Su secreto img
Capítulo 45 La mujer del Rey img
Capítulo 46 Ella está planeando algo img
Capítulo 47 La Luna de Sangre img
Capítulo 48 Su primera sonrisa img
Capítulo 49 Un lugar de tortura img
Capítulo 50 Necesito saber img
Capítulo 51 La Luna de Sangre img
Capítulo 52 No lo hagas img
Capítulo 53 Un paso demasiado cerca img
Capítulo 54 La última cadena img
Capítulo 55 La verdad en sus ojos img
Capítulo 56 Cuéntamelo todo img
Capítulo 57 No me hagas enojar img
Capítulo 58 Soy un monstruo img
Capítulo 59 La amarga y dolorosa paz img
Capítulo 60 Yo soy esa rosa img
Capítulo 61 ¡Te odio! img
Capítulo 62 Tengo que detenerlo img
Capítulo 63 Por favor, vuelve img
Capítulo 64 Te deseo img
Capítulo 65 Su toque ardiente img
Capítulo 66 No te contengas img
Capítulo 67 Mía para reclamar img
Capítulo 68 Susurro eterno img
Capítulo 69 Era mía img
Capítulo 70 Eres especial img
Capítulo 71 Rey Maldito img
Capítulo 72 La grieta img
Capítulo 73 Frío y calor img
Capítulo 74 Querida img
Capítulo 75 Hace mucho tiempo img
Capítulo 76 Dos depredadores img
Capítulo 77 Su orden img
Capítulo 78 Sí o no img
Capítulo 79 Toma una decisión img
Capítulo 80 Pelaje blanco img
Capítulo 81 La amarga verdad img
Capítulo 82 Dame una oportunidad img
Capítulo 83 Sombras img
Capítulo 84 Sangre y nieve img
Capítulo 85 Impotencia img
Capítulo 86 Confusión img
Capítulo 87 No tenemos tiempo img
Capítulo 88 El Rey no debe saberlo img
Capítulo 89 Por favor, perdóname img
Capítulo 90 El Libro Rojo img
Capítulo 91 La visión img
Capítulo 92 Escapada img
Capítulo 93 Eres la única que quiero img
Capítulo 94 Salvaje img
Capítulo 95 ¡Marcos, no! img
Capítulo 96 Demasiado tarde img
Capítulo 97 ¡Por favor, detente! img
Capítulo 98 La marca de la culpa img
Capítulo 99 Ya verás img
Capítulo 100 Es hora img
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Capítulo 5 La bestia encadenada

La habitación estaba callada.

Había un silencio sepulcral.

A pesar del suave sollozo de las chicas amortiguado por las mantas, y del áspero crujido de los cuerpos que se movían inquietos en las literas, el silencio resultaba abrumador. Resonaba en mis oídos como una campana de advertencia, aguda e implacable.

Estaba tumbada de lado, de espaldas a las demás, mirando fijamente la pared con los ojos bien abiertos. No estaba segura de que alguien hubiera dormido de verdad. ¿Cómo podrían pegar un ojo? Todas esperábamos el mismo destino: que nos llamaran a la cama del monstruo para no regresar jamás.

Pero la mayoría se había rendido. Se veía en sus ojos hundidos, en la forma en que sus hombros estaban caídos por la derrota. No planeaban nada. Solo... esperaban la muerte.

Yo no.

El corazón me latía tan fuerte que me dolía, pero no esperaba morir aquí. Esperaba el momento adecuado.

Y cuando llegó, cuando la habitación se sumió por fin en una frágil quietud, de esa que nace de una desesperación profunda, me moví.

Lenta. Cuidadosa. Silenciosa.

Me quité la manta y deslicé mis pies hasta el suelo. La piedra fría me hizo estremecer, pero no me detuve. No podía detenerme. No ahora.

Crucé la habitación a rastras, pasando junto a la chica de la esquina que seguía temblando mientras dormía.

No miré atrás.

Mi mano agarró el pomo metálico de la puerta. Suspiré y lo giré despacio. La puerta crujió apenas y me quedé paralizada. Nada se movió. Nadie se agitó.

La empujé lo suficiente para salir y la cerré tras de mí.

Estaba en el pasillo.

Sola.

El aire era más frío aquí fuera. Más denso. Como si el propio palacio contuviera la respiración, esperando a ver qué iba a hacer.

Había un guardia de pie junto a la puerta, pero roncaba suavemente, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos cruzados sobre el pecho.

Gracias a la Diosa.

Di un paso, luego otro, conteniendo la respiración con cada uno.

No podía hacer ruido, ni tropezarme, ni morir.

El pasillo se extendía ante mí en un silencio inquietante. Solo la luz de la luna que entraba por los ventanales de cristal me ofrecía alguna orientación, pintando colores fracturados sobre el frío suelo de piedra.

Me quedé en las sombras, pegada a la pared, caminando sin hacer ruido.

No sabía adónde iba, solo que el bosque estaba en algún lugar más allá de los muros del palacio y que tenía que llegar hasta allí. Ese era el único plan que tenía.

Sobrevivir.

El pasillo se curvaba más adelante, ahora más oscuro. La luz de la luna no llegaba hasta allí. Las sombras eran más densas, como si estuvieran vivas, vigilándome.

De pronto, lo oí.

Un gruñido.

Bajo. Gutural. Feroz. Retumbó por el pasillo como una tormenta, vibrando a través de las paredes, a través de mis huesos, directo a mi pecho.

Me quedé paralizada.

Todos mis instintos me gritaban que corriera, que me escondiera, o que volviera. Pero algo más, algo que no podía explicar, me mantuvo en mi sitio.

Entonces... me giré, como si no tuviera control sobre mis propias piernas.

Caminé hacia donde escuché el sonido.

Cada paso era más pesado que el anterior, como si estuviera vadeando melaza, como si el destino intentara arrastrarme hacia atrás. Pero seguí avanzando.

El pasillo me llevó hasta una puerta. Pesada. De hierro. Fría.

Los gruñidos eran más fuertes ahora, casi bufidos. Como si la criatura que había detrás de la puerta estuviera agonizando.

Sin pensarlo, giré el pomo. No estaba cerrada con llave.

La abrí.

Lo que vi dentro me dejó sin aliento.

Cadenas.

Por todas partes.

Atadas a las paredes, al suelo, al techo, todas reteniendo a una bestia.

Pero no era un lobo normal.

Esto... esto era otra cosa.

Era el doble de grande que cualquier lobo que hubiera visto nunca. Sus músculos se ondulaban bajo un pelaje negro como la medianoche. Sus largas garras se clavaban en el suelo de piedra, marcándolo con profundas y furiosas huellas. Sus ojos brillaban con un dorado ardiente, salvajes y torturados.

Y sus dientes...

Estaban al descubierto, goteando saliva, con la boca entreabierta en un furioso gruñido mientras tiraba de las cadenas, desesperado por liberarse.

Era hermoso y horrible a la vez.

No era un animal.

Era un monstruo.

De repente... sus ojos se encontraron con los míos.

En cuanto me vio, perdió la cabeza. Rugió, tirando de las cadenas con una violencia que sacudió la habitación. Me eché hacia atrás, sintiendo que el miedo me invadía.

Sabía que podía matarme, destrozarme.

Pero no corrí.

No sé por qué.

Tenía las piernas paralizadas, la mente gritando, pero el corazón... el corazón se me rompía.

Porque detrás de toda esa furia, de toda esa rabia, sentía dolor.

Mucho dolor.

Sin darme cuenta, di un paso adelante.

"No", me susurré a mí misma. "Esto es una estupidez. Vas a morir".

Pero mis pies no me escucharon.

Di otro paso.

La bestia gruñó más fuerte, y tiró de nuevo de sus cadenas. Una de ellas se desprendió parcialmente de la pared.

Debería haber gritado.

Pero en cambio, me acerqué más.

Más cerca.

Hasta que me planté justo delante de él.

Gruñó, entrecerrando los ojos hacia mí, con el pecho agitado por cada respiración torturada.

Levanté despacio la mano.

Él se echó un poco hacia atrás, con los músculos tensos, listo para atacar.

"No te haré daño", susurré con voz temblorosa.

No sabía con quién hablaba, ni siquiera por qué me importaba.

Pero algo me decía que no era solo un monstruo.

Estaba atrapado. Como yo.

Al rozar mis dedos su pelaje, se quedó quieto al instante.

No gruñó más.

Solo respiró pesadamente.

Acto seguido, despacio, se bajó al suelo, y su enorme cabeza rozó mi palma. Gimió, un sonido suave y desgarrador.

Y en ese instante...

Me abrazó con sus gigantescos brazos.

Sí. Brazos.

Jadeé.

Me abrazó con fuerza, enterrando la cabeza en mi hombro, dejando escapar otro suave gemido.

Me quedé helada.

Completamente aturdida.

El corazón me latía con fuerza.

Pensé que me haría daño, pero no.

No me mordió, ni me arañó, ni me destrozó.

Solo me abrazó.

Y yo... no pude apartarme.

Al final, mi cuerpo se relajó un poco. Pensé que no podía dormir así, pero me quedé. Porque en cuanto intenté moverme, volvió a gruñir, bajo y amenazador. Así que permanecí allí, en los brazos de una bestia que debería haberme matado pero no lo hizo.

No sabía lo que significaba, pero algo me decía que era importante.

No me di cuenta de que me había quedado dormida hasta que sentí un calor contra mi espalda. Un pecho sólido. Brazos humanos.

Me desperté de golpe.

La bestia había desaparecido.

En su lugar, había un hombre. Su brazo me rodeaba, posesivo y fuerte.

Entré en pánico.

Me zafé de él, con el corazón en la garganta y las manos temblorosas.

No se movió.

Seguía dormido.

No me atreví a mirarle la cara.

No podía.

Tenía que irme.

Ahora.

Salí corriendo.

Hui de aquella habitación como si mi vida dependiera de ello, sin atreverme a mirar atrás.

Tenía la sensación de que acababa de desperdiciar la única oportunidad que tenía de ser libre.

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