Una rama se rompió detrás de mí.
No me di la vuelta. Si era un oso, que me llevara. Sería una muerte más limpia que la lenta asfixia que estaba viviendo.
-¡Elena!
La voz era un rugido. No era un animal. Era el Segador.
Tropecé. La nieve era profunda aquí, llegándome hasta las pantorrillas. Mi pie se enganchó en una raíz oculta y caí.
El frío me mordió las palmas de las manos al apoyarme.
Unas manos fuertes me agarraron por la cintura antes de que pudiera levantarme.
Fui levantada contra un pecho que se sentía como un horno.
-¿Estás loca? -gritó Dante. Estaba sin aliento. Había corrido.
Me hizo girar. Sus ojos estaban desorbitados, abismos oscuros de pánico. Se quitó la chaqueta y me la envolvió. Olía a él. A tabaco y lana cara.
-Saliste del perímetro -gruñó, pero sus manos me revisaban en busca de heridas. Me tocó la cara. Sus dedos estaban cálidos.
Lo miré. Por un segundo, solo un segundo, el monstruo se había ido. Solo había un hombre aterrorizado de haberme perdido.
-Déjame ir, Dante -susurré.
-No -dijo-. Nunca.
Me levantó en sus brazos. Me sostuvo cerca de su pecho, protegiéndome del viento.
Apoyé mi cabeza en su hombro. Estaba débil. Era patética. Me permití fingir, durante el trayecto de regreso a la finca, que había salido porque me amaba.
Salimos de entre los árboles.
Las luces de la cabaña se derramaban sobre la nieve.
Dante apretó su agarre sobre mí.
-Te tengo -murmuró en mi cabello-. Estás a salvo.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Sofía estaba allí. No llevaba abrigo. Estaba descalza en la nieve.
-¡Dante! -gritó. Su voz era estridente, perforando la noche silenciosa.
Bajó corriendo los escalones. Tropezó, cayendo de rodillas en la nieve.
-¡Me dejaste! -sollozó-. ¡Me dejaste sola ahí dentro! ¡Escuché ruidos! ¡Vienen los Genovese!
Estaba histérica. Estaba actuando. Era una actuación digna de un premio.
Dante se detuvo. Me miró, a salvo en sus brazos. Luego la miró a ella, sollozando en la nieve, expuesta y vulnerable.
El protector en él cambió de marcha.
Me miró. Sus ojos se volvieron fríos.
-¿Puedes mantenerte en pie? -preguntó.
No esperó una respuesta.
Simplemente me soltó.
Mis pies golpearon el suelo con fuerza. Mis rodillas se doblaron. Caí de espaldas en la nieve.
-Quédate aquí -ladró.
Corrió hacia ella. Pasó a mi lado como si yo fuera una estatua.
Levantó a Sofía. Ella se aferró a él, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, enterrando su rostro en su cuello.
-¡Tengo miedo, Dante! ¡No me sueltes!
-No lo haré -le prometió-. Estoy aquí.
La llevó hacia el auto. Gritó órdenes a los soldados.
-¡Traigan la camioneta! Necesitamos llevarla a la clínica. Está en shock.
El motor rugió.
Me senté en la nieve. La chaqueta que me había dado se deslizó de mis hombros.
Lo vi ponerla en el asiento del copiloto. Lo vi subirse al lado del conductor.
No miró hacia atrás.
La camioneta salió derrapando del camino de entrada. Escuché el chirrido de las llantas sobre el hielo. Luego un crujido nauseabundo de metal golpeando un árbol.
Los soldados comenzaron a correr.
-¡El Jefe! -gritó alguien-. ¡El Jefe y la Viuda chocaron!
Un guardia de seguridad me levantó.
-Vamos, señora Moretti -dijo, su voz llena de lástima-. Tenemos que seguirlos.
Me senté en la parte trasera del segundo auto. Seguimos a la ambulancia hasta el hospital local.
Entré en la sala de espera.
Dante caminaba de un lado a otro. Tenía un corte en la frente, sangrando sobre su ojo. No se lo limpió.
Le estaba gritando a una enfermera.
-¡Quiero al mejor neurólogo! ¡Ahora! ¡Se golpeó la cabeza!
Me quedé junto a la máquina expendedora. Estaba mojada. Estaba temblando. Nadie me ofreció una manta.
Los soldados susurraban cerca de la entrada.
-Nunca la superó -murmuró uno.
-La esposa es solo una formalidad -respondió otro.
Cerré los ojos.
No era una esposa. Ni siquiera era una formalidad.
Era un fantasma acechando mi propia vida.
Y los fantasmas no sienten frío.