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Atada al Alfa por contrato
img img Atada al Alfa por contrato img Capítulo 2 El peso de un apellido
2 Capítulo
Capítulo 6 La primera noche img
Capítulo 7 Territorio hostil img
Capítulo 8 El anuncio público img
Capítulo 9 El contraste img
Capítulo 10 La advertencia del Beta img
Capítulo 11 La boda falsa img
Capítulo 12 El roce accidental img
Capítulo 13 La luna de miel de negocios img
Capítulo 14 La fiebre img
Capítulo 15 El toque curativo img
Capítulo 16 Confusión Alfa img
Capítulo 17 La rival img
Capítulo 18 Instinto protector img
Capítulo 19 El ataque en el bosque img
Capítulo 20 El primer destello img
Capítulo 21 Silas al rescate img
Capítulo 22 Interrogatorio img
Capítulo 23 La investigación en secreto img
Capítulo 24 Acercamiento peligroso img
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Capítulo 2 El peso de un apellido

El silencio que siguió a las palabras del abogado fue tan absoluto que pude escuchar el repiqueteo de las gotas de lluvia golpeando frenéticamente contra el cristal, como si la tormenta misma intentara advertirme del peligro.

-¿Un matrimonio? -La palabra abandonó mis labios en un susurro áspero, casi inaudible-. ¿Está bromeando? Esto tiene que ser una broma enfermiza.

Di un paso hacia atrás, alejándome del escritorio de caoba como si de repente estuviera cubierto de espinas. Mi mirada saltó del rostro ceniciento de mi padre a la expresión estoica del señor Vance. Buscaba algún indicio de que todo esto era una farsa, un malentendido grotesco. Pero no había nada. Solo la cruda y aplastante realidad.

-Ojalá lo fuera, señorita Sterling -respondió el abogado, bajando la mirada hacia los documentos esparcidos frente a él-. El señor Blackwood fue extremadamente claro en sus términos. No aceptará renegociaciones. No le interesa el dinero, ni las acciones residuales de la empresa. Lo único que exige como colateral para liquidar la inmensa deuda de su padre es el traspaso inmediato de las Tierras del Norte y su firma en un contrato nupcial.

-¡No soy una propiedad que se pueda embargar y transferir! -estallé, la conmoción dejando paso rápidamente a una indignación ardiente. Mis manos se cerraron en puños a mis costados-. ¡Estamos en el siglo veintiuno! Las personas no se compran para saldar deudas de la junta directiva. ¿Por qué yo? Ni siquiera conozco a ese hombre. Jamás he cruzado una sola palabra con Silas Blackwood. ¿Por qué querría casarse conmigo?

Mi madre soltó un sollozo ahogado desde el sofá. Ocultó su rostro entre las manos, incapaz de mirarme a los ojos. Fue mi padre quien finalmente rompió su mutismo, enderezándose en su silla con un esfuerzo visible, luciendo como un hombre que caminaba hacia la horca.

-Blackwood es un hombre... particular, Luna -comenzó mi padre, su voz rasposa por la tensión-. Su imperio ha crecido de forma agresiva en los últimos cinco años. Tiene el control de la mitad de la infraestructura de la ciudad, pero su reputación es la de un lobo solitario, un depredador despiadado que destruye todo a su paso. Los grandes inversores tradicionales, los políticos de la vieja guardia... le temen, pero también desconfían de él.

-¿Y qué tengo que ver yo en su juego de poder? -interrumpí, cruzándome de brazos en un intento inútil de proteger mi propio pecho del pánico que amenazaba con asfixiarme.

-Respetabilidad -intervino el señor Vance, empujando una carpeta de cuero negro hacia el borde del escritorio-. Silas Blackwood tiene el dinero y el terror a su favor, pero le falta legitimidad social. Un linaje. Los Sterling, a pesar de este desastre financiero, somos una de las familias fundadoras. Su apellido, señorita Luna, es sinónimo de aristocracia impecable, de historia inquebrantable. Al casarse con usted, Blackwood se compra una fachada de normalidad y prestigio que ninguna cantidad de millones puede adquirir en el mercado libre. Es un movimiento de relaciones públicas calculado al milímetro.

-Y las Tierras del Norte -añadí, atando cabos con amargura-. Sus malditas fábricas y corporativos están rodeando el valle, pero nunca ha podido construir en las montañas porque son nuestras. Nos está acorralando.

Me acerqué al escritorio con paso decidido y tomé la carpeta negra. El cuero se sentía frío, casi repulsivo bajo mis dedos. Al abrirla, el olor a tinta fresca y papel caro me golpeó. Ahí estaba. Mi sentencia de muerte, meticulosamente redactada en letras de molde.

Acuerdo Prematrimonial y de Asunción de Deuda.

Comencé a leer las cláusulas en voz alta, mi voz temblando ligeramente a medida que mis ojos recorrían el papel.

-Cláusula primera... -leí, sintiendo un nudo en la garganta-. El matrimonio tendrá una duración estricta e improrrogable de trescientos sesenta y cinco días naturales. Durante este periodo, la señorita Luna Sterling residirá exclusivamente en la Mansión Blackwood, ubicada en la reserva forestal privada del señor Blackwood. Levanté la vista, incrédula.

-¿Pretende encerrarme en su mansión en medio de la nada?

-Es por cuestiones de seguridad y privacidad, según sus representantes legales -se apresuró a explicar Vance-. El señor Blackwood es extremadamente celoso con su vida privada. Exige discreción absoluta.

Volví a bajar la vista al documento, tragando saliva. Las siguientes cláusulas eran aún más frías y calculadoras.

-Cláusula cuarta: La esposa deberá acompañar al señor Blackwood a un mínimo de dos eventos públicos al mes, mostrando una actitud conyugal impecable ante los medios de comunicación. Cláusula quinta... -Fruncí el ceño, confundida por la extraña redacción de la siguiente línea-. La esposa se someterá a exámenes médicos regulares administrados exclusivamente por el equipo de salud privado de la familia Blackwood. Queda estrictamente prohibido el uso de hospitales públicos o médicos externos.

-¿Exámenes médicos? -pregunté, sintiendo un escalofrío recorrer mi espina dorsal-. ¿Para qué necesita controlarme médicamente? ¿Acaso teme que lo envenene?

El abogado se encogió de hombros, luciendo genuinamente desconcertado por primera vez.

-Son exigencias excéntricas de un hombre inmensamente rico, señorita Sterling. Los millonarios de su calibre suelen tener paranoias sobre enfermedades o filtraciones genéticas. No le daría demasiada importancia. Lo vital es la última página.

Pasé las hojas rápidamente hasta llegar al final del documento. Las letras en negrita parecían saltar del papel para grabarse a fuego en mi mente.

En caso de incumplimiento de cualquiera de las cláusulas anteriores por parte de la señorita Luna Sterling, el señor Silas Blackwood se reserva el derecho de anular el acuerdo de asunción de deuda, ejecutando inmediatamente el embargo total de los bienes de la familia Sterling y procediendo con las demandas penales por fraude contra el señor Arthur Sterling, buscando la pena máxima de prisión.

El papel resbaló de mis dedos y cayó sobre el escritorio.

El chantaje era absoluto. No había ninguna laguna legal, ninguna puerta trasera, ninguna escapatoria. Silas Blackwood no solo me estaba comprando; estaba poniendo una pistola cargada en la cabeza de mi familia y entregándome a mí el gatillo. Si me negaba, mi padre, un hombre de sesenta y cinco años con problemas de hipertensión, moriría en una celda federal. Mi madre, que nunca había trabajado un solo día en su vida, terminaría en la calle. Nuestro legado, nuestra historia, se reduciría a cenizas.

El despacho quedó sumido en un silencio sepulcral, roto únicamente por el tic-tac implacable del reloj de pie en la esquina. Sentí la mirada de mi padre clavada en mí. No me estaba presionando, no estaba suplicando. Simplemente me miraba con la devastación de un hombre que sabe que ha destruido la vida de su única hija.

-No tienes que hacerlo, Luna -dijo mi padre de repente, su voz quebrándose. Se puso de pie, apoyando las manos temblorosas en el escritorio-. Buscaré otra salida. Me declararé culpable. Aceptaré los cargos. Encontraré la forma de que tu madre y tú conserven al menos algo del fideicomiso. No te entregaré a ese monstruo.

Miré a mi padre. Vi las arrugas profundas alrededor de sus ojos, la forma en que sus hombros, antes anchos y orgullosos, ahora se encorvaban bajo el peso de la humillación. Él me había dado todo: la mejor educación, una vida de comodidades, un amor incondicional. Durante veintitrés años, él había sido mi protector. Ahora, me tocaba a mí protegerlo a él.

Respiré hondo. El aire llenó mis pulmones, pero no me trajo ningún alivio. Sentía como si estuviera a punto de saltar a un abismo oscuro y sin fondo.

-¿Dónde tengo que firmar? -pregunté. Mi voz salió firme, desprovista de toda emoción, congelada.

-¡Luna, no! -sollozó mi madre, poniéndose de pie de un salto.

Levanté una mano para detenerla, sin apartar la vista del abogado.

-He dicho, ¿dónde tengo que firmar, señor Vance?

El abogado exhaló un suspiro tembloroso y sacó una pluma estilográfica de plata del interior de su chaqueta.

-No aquí, señorita Sterling. El señor Blackwood exige que la firma se realice en su presencia. Su equipo ha enviado un coche. La está esperando en la entrada en este momento. Si acepta, debe ir a la sede de Empresas Blackwood ahora mismo.

El corazón me dio un vuelco traicionero. No había tiempo para procesarlo, no había tiempo para despedidas ni para llorar mi libertad perdida. El depredador ya estaba esperando su presa.

Tomé mi abrigo empapado de la silla. Cada movimiento se sentía automático, como si estuviera observando a otra persona tomar el control de mi cuerpo. Me giré hacia mis padres una última vez.

-Todo estará bien -les mentí, con una sonrisa que no llegó a mis ojos-. Es solo un año. Un año, y seremos libres.

Me di la vuelta y salí del despacho sin mirar atrás, caminando por el largo pasillo hacia las puertas principales. Afuera, bajo la lluvia torrencial, un elegante sedán negro me esperaba con el motor encendido, listo para arrastrarme directamente a la guarida del lobo.

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