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Atada al Alfa por contrato
img img Atada al Alfa por contrato img Capítulo 5 La firma y la mudanza
5 Capítulo
Capítulo 6 La primera noche img
Capítulo 7 Territorio hostil img
Capítulo 8 El anuncio público img
Capítulo 9 El contraste img
Capítulo 10 La advertencia del Beta img
Capítulo 11 La boda falsa img
Capítulo 12 El roce accidental img
Capítulo 13 La luna de miel de negocios img
Capítulo 14 La fiebre img
Capítulo 15 El toque curativo img
Capítulo 16 Confusión Alfa img
Capítulo 17 La rival img
Capítulo 18 Instinto protector img
Capítulo 19 El ataque en el bosque img
Capítulo 20 El primer destello img
Capítulo 21 Silas al rescate img
Capítulo 22 Interrogatorio img
Capítulo 23 La investigación en secreto img
Capítulo 24 Acercamiento peligroso img
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Capítulo 5 La firma y la mudanza

Las horas previas a la medianoche se desdibujaron en un frenesí de lágrimas ahogadas, maletas a medio cerrar y un silencio sepulcral que asfixiaba nuestra casa. Mi antigua habitación, aquel santuario de tonos pastel y luz cálida donde había crecido y soñado con un futuro brillante, parecía ahora la escena de un crimen. Estaba desmantelando mi vida pieza por pieza, metiendo mis vestidos, mis libros y mis recuerdos a la fuerza en tres pesadas maletas de cuero.

Mi madre se había quedado sentada en el borde de mi cama, incapaz de articular palabra, con la mirada perdida en el vacío y un pañuelo de seda hecho un nudo entre sus manos temblorosas. Mi padre ni siquiera había cruzado el umbral; permanecía apoyado contra el marco de la puerta, como si el peso de su culpa le impidiera dar un paso hacia la hija que acababa de vender para salvar su propio pellejo.

-Perdóname, mi niña -había susurrado mi padre con la voz rota cuando cerré la última cremallera-. Jamás quise que tu vida terminara así.

-No es el fin de mi vida, papá. Es solo un año -mentí, forzando una sonrisa que me destrozó por dentro-. Trescientos sesenta y cinco días. Pasarán rápido. Solo prométeme que arreglarás este desastre mientras no estoy.

A las doce en punto, como una sentencia de muerte ejecutada con precisión suiza, dos faros cegadores rasgaron la oscuridad de la calle, proyectando sombras alargadas sobre la fachada de mi casa. Elias había llegado.

La lluvia no había dado tregua; caía con una violencia desmedida, golpeando el asfalto como si intentara limpiar los pecados de la ciudad. El asistente de Silas salió del sedán negro con el mismo paraguas enorme, su rostro inexpresivo como el granito. No ofreció una sola palabra de consuelo a mis padres, ni un saludo de cortesía. Simplemente tomó mis tres maletas inmensas con una facilidad desconcertante, como si estuvieran llenas de plumas en lugar de mis pertenencias, y las arrojó al maletero.

Me abracé a mis padres una última vez, sintiendo el aroma del perfume de mi madre y la textura áspera del saco de mi padre. Fue un abrazo cargado de un dolor tan denso que amenazaba con aplastarme. Cuando me solté y me subí al asiento trasero del coche, no miré hacia atrás. Si lo hacía, sabía que me rompería en pedazos y me negaría a ir. Y eso no era una opción.

El trayecto hacia el valle de Blackwood fue un descenso hacia lo desconocido. Dejamos atrás las luces de neón del centro financiero, luego los postes de luz de los suburbios, hasta que la civilización quedó reducida a un recuerdo distante en el espejo retrovisor. El asfalto liso dio paso a una sinuosa carretera de montaña que parecía tragada por las sombras.

A medida que nos adentrábamos en las Tierras del Norte, el entorno se volvía opresivo. Los inmensos pinos centenarios, altos como torres de vigilancia, se alzaban a ambos lados del camino de grava oscura, entrelazando sus ramas en la parte superior para bloquear cualquier atisbo de la luz de la luna. El bosque era antiguo, salvaje y profundamente intimidante. A través del cristal tintado y empañado por la lluvia, juraría haber visto sombras moviéndose entre los troncos, criaturas veloces que seguían el ritmo del coche, pero me convencí de que era solo mi mente exhausta jugándome una mala pasada.

El aire dentro del vehículo era tenso, cargado de ese mismo aroma a tierra mojada y bosque oscuro que había notado antes. Elias conducía con una precisión casi inhumana por aquel camino traicionero, sin reducir la velocidad en las curvas cerradas.

Finalmente, tras casi una hora de viaje en la más absoluta oscuridad, el bosque se abrió abruptamente para revelar una imponente verja de hierro forjado, rematada con púas afiladas. Las enormes puertas se abrieron lentamente con un chirrido metálico que resonó en la noche, dándonos la bienvenida al dominio del Alfa.

La Mansión Blackwood no era una simple casa; era una fortaleza gótica que desafiaba al tiempo. Construida con bloques de piedra oscura y techos de pizarra a dos aguas, se alzaba majestuosa e implacable contra el cielo tormentoso. Sus ventanales, altos y estrechos, parpadeaban con una luz amarillenta y mortecina, dándole el aspecto de una bestia vigilante de mil ojos. No había jardines coloridos ni fuentes decorativas. El paisajismo era austero, dominado por arbustos perfectamente podados y estatuas de piedra maciza que representaban lobos en diferentes actitudes de caza, tan realistas que parecían a punto de saltar sobre nosotros.

Elias aparcó frente a la imponente escalinata de entrada. Al salir del coche, el viento helado de la montaña me golpeó el rostro, trayendo consigo el olor a pino, lluvia y algo más... un olor salvaje, almizclado y peligroso.

Subí los escalones de piedra sintiendo que cada paso me alejaba más de mi humanidad. Las inmensas puertas dobles de roble macizo se abrieron antes de que Elias pudiera siquiera tocarlas.

El vestíbulo era colosal, un abismo de techos abovedados y columnas de mármol negro. Una enorme araña de hierro forjado colgaba del centro, arrojando una luz tenue sobre los suelos de madera oscura que crujían bajo nuestros pasos. No había calor en este lugar, ni físico ni emocional. Era un museo de la soledad.

De pie en el centro del vestíbulo, con las manos entrelazadas rígidamente frente a ella, nos esperaba una mujer mayor. Su postura era recta como una vara, vestida con un uniforme oscuro e impecable. Su cabello gris hierro estaba recogido en un moño tan tirante que debía dolerle, y sus ojos, de un gris pálido casi translúcido, me evaluaron de arriba abajo con una frialdad cortante.

-Señorita Sterling -dijo la mujer, su voz era un murmullo rasposo pero perfectamente audible en el enorme espacio-. Soy la señora Groves, el ama de llaves de la residencia. El señor Blackwood ya ha sido informado de su llegada. Él se encuentra en su despacho en el ala este y ha dado órdenes expresas de no ser molestado bajo ninguna circunstancia.

-No planeaba hacerlo, señora Groves -respondí, intentando mantener la barbilla en alto, aunque me sentía minúscula en medio de aquel gigante de piedra-. Solo quiero ir a mi habitación.

La anciana asintió rígidamente, sin mostrar un ápice de empatía por la joven empapada y exhausta que tenía delante.

-Elias llevará su equipaje. Sígame, por favor. Su espacio ha sido preparado en el ala oeste, tal y como dictan las instrucciones del amo.

La seguí a través de pasillos interminables y laberínticos, apenas iluminados por apliques de pared que proyectaban sombras siniestras. Pasamos junto a puertas cerradas y muros adornados con tapices antiguos y cuadros de paisajes oscuros; curiosamente, no vi ni un solo retrato familiar, ni un solo rostro humano adornando las paredes de aquella inmensa propiedad.

Cruzamos unas puertas dobles que, según la señora Groves, marcaban el inicio de mi "territorio".

-El ala oeste será su dominio exclusivo, señorita -explicó el ama de llaves mientras caminábamos por un pasillo ligeramente más cálido, alfombrado en tonos granate-. Las sirvientas limpiarán sus aposentos por la mañana. Sus comidas serán servidas en el comedor menor de esta ala, o en sus habitaciones si lo prefiere. El comedor principal y el ala este están terminantemente prohibidos para usted, a menos que el señor Blackwood solicite su presencia.

Se detuvo frente a una pesada puerta de madera tallada y la abrió, revelando mi nueva prisión.

La suite era inmensa y abrumadoramente lujosa, pero carecía de alma. Una enorme cama con dosel y cortinas de terciopelo burdeos dominaba el espacio, frente a una chimenea de piedra donde ya crepitaba un fuego reconfortante. Había un pequeño salón privado y puertas que seguramente daban a un baño de mármol y a un vestidor.

Elias dejó mis maletas al pie de la cama sin decir una palabra y salió de la habitación, desapareciendo en el pasillo como un fantasma.

La señora Groves se quedó en el umbral por un segundo más. Sus ojos grises se clavaron en los míos, y por primera vez, vi algo que se parecía a una advertencia real, no a una simple orden laboral.

-Una última regla, señorita Sterling, por su propia seguridad -dijo, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro siniestro-. La casa es antigua y el bosque... el bosque es salvaje. Si escucha ruidos por la noche, si oye movimientos fuera de su ventana o pasos en el techo... no investigue. Cierre sus cortinas, asegure su puerta y no salga de su habitación hasta que amanezca. El señor Blackwood exige silencio absoluto durante la noche.

Antes de que pudiera preguntarle a qué demonios se refería, cerró la puerta, dejándome completamente sola.

El clic de la cerradura resonó en mi pecho. Me acerqué temblando al inmenso ventanal de la habitación. La lluvia golpeaba el cristal, y más allá, el bosque de pinos se alzaba como una muralla de oscuridad impenetrable.

Apenas había apoyado la frente contra el vidrio frío, un sonido rompió la noche.

No fue el viento, ni el trueno. Fue un aullido.

Largo, profundo, gutural y desgarrador. Hizo vibrar el cristal bajo mis dedos y provocó que cada vello de mi cuerpo se erizara. No sonaba como un coyote, ni como un perro abandonado. Era el grito de una bestia inmensa, un lamento lleno de furia y de una soledad tan profunda que, de alguna manera inexplicable, hizo que mi propio corazón doliera.

Tragué saliva, retrocediendo lentamente de la ventana. La señora Groves tenía razón. El bosque era salvaje. Y yo acababa de mudarme a su mismo corazón.

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