Le pagó a Marta, la vecina adolescente que le hacía de niñera, con manos temblorosas y una sonrisa que se sentía como una máscara de yeso a punto de resquebrajarse. Una vez sola, Elena no encendió las luces de la sala. Caminó en la penumbra, guiada por el instinto maternal, hasta la única habitación del modesto piso.
Allí, iluminado apenas por el resplandor anaranjado de una farola de la calle que se filtraba por la persiana a medio cerrar, dormía Leo.
Elena se arrodilló junto a la pequeña cama y acarició con devoción los rizos oscuros de su hijo. El pecho del niño subía y bajaba a un ritmo constante, ajeno al huracán que acababa de arrasar la vida de su madre. La joven cerró los ojos y dejó caer una única lágrima silenciosa. En ese rostro inocente vivía el fantasma del hombre que acababa de declararle la guerra. Leo tenía la misma forma de la mandíbula de Alexander, el mismo cabello rebelde de ónix y, sobre todo, esos inconfundibles ojos grises que podían helarte la sangre o, en el caso del niño, derretirte el corazón.
«Quiero lo que es mío».
Las palabras del magnate resonaron en su cabeza como un eco venenoso. Alexander no sabía nada sobre Leo. Estaba segura de eso. Si lo supiera, no habría jugado al gato y al ratón en la gala; simplemente habría enviado a su ejército de abogados implacables para arrancar al niño de sus brazos. Con su poder absoluto y el odio que lo consumía, Elena no tendría ninguna oportunidad en los tribunales. La aplastaría sin piedad. Tenía que mantener a Leo oculto a toda costa.
Eran las seis y media de la mañana del día siguiente. El sol apenas comenzaba a teñir el cielo de un tono púrpura enfermizo.
Elena había decidido ir a la oficina de Nova Eventos antes de que amaneciera por completo. Necesitaba recoger sus pertenencias personales y algunos archivos antes de presentarse en la imponente sede de Volkov Industries a las ocho en punto, como Alexander había ordenado. No podía dejar nada al azar.
El problema era que la guardería de Leo no abría hasta las siete y media, y la niñera tenía clases en el instituto. Sin más opciones, y con el corazón aún latiendo al ritmo del pánico, había envuelto al niño en su abrigo y lo había llevado con ella.
-Será rápido, mi amor -le había susurrado en el autobús-. Mamá solo tiene que guardar unas cosas en una caja y luego te llevaré a jugar con tus amigos.
Ahora, en la pequeña y desordenada oficina de la agencia, Leo estaba sentado en el suelo sobre una alfombra raída, completamente absorto coloreando un libro de dinosaurios. Llevaba puesto su suéter azul favorito.
Elena metía frenéticamente portarretratos, tazas de café y libretas en una caja de cartón. El tiempo corría. Cada minuto allí era un riesgo.
De repente, el crujido de neumáticos de lujo deteniéndose bruscamente frente al edificio rompió el silencio de la madrugada.
Elena se asomó por las persianas polvorientas de la ventana. Su sangre se heló en sus venas. Un imponente Rolls-Royce negro estaba aparcado en la acera. La puerta trasera se abrió, y de ella emergió una figura alta, vestida con un inmaculado traje oscuro que parecía devorar la luz del amanecer.
Era él. Alexander Volkov. Había venido en persona a supervisar que ella acatara sus órdenes.
El pánico no fue una ola; fue un tsunami que arrasó con todo su raciocinio.
-¡Señor Volkov, la oficina está cerrada! -escuchó la voz nerviosa del guardia de seguridad del edificio en la planta baja.
-Apártate de mi camino si aprecias tu miserable empleo -fue la respuesta de Alexander. Fría, baja, letal.
El sonido de sus zapatos de diseño, firmes y pesados, comenzó a resonar en las escaleras. Venía directo hacia el segundo piso. Directo hacia su oficina.
Elena giró sobre sí misma, respirando con dificultad. La habitación era diminuta. Un escritorio, un par de sillas, un archivador metálico y un pequeño armario de suministros de limpieza en la esquina.
-Leo -susurró, cayendo de rodillas junto al niño y arrebatándole los crayones con manos frenéticas. El niño la miró, sorprendido, con sus grandes ojos muy abiertos.
-¿Mamá?
-Escúchame, mi amor. Vamos a jugar a un juego, ¿de acuerdo? Al juego de los ninjas invisibles. -La voz de Elena temblaba, pero forzó una sonrisa desesperada, acariciando la suave mejilla de su hijo-. Un señor malo viene por el pasillo, y si te escucha o te ve, perderemos.
Los pasos ya estaban en el pasillo. Cerca. Muy cerca.
-¿Es un monstruo? -preguntó Leo en un susurro.
-Sí, mi vida. Es un monstruo. Así que necesito que seas el ninja más silencioso del mundo. Cero ruido. Cero palabras. Hasta que mamá te diga que ganamos. ¿Entendido?
Leo asintió solemnemente y se llevó un dedo regordete a los labios.
Elena lo levantó en brazos y corrió hacia el pequeño armario de limpieza. Abrió la puerta de madera contrachapada, hizo a un lado unas escobas con olor a lejía, y sentó al niño en el rincón más oscuro, oculto tras unos baldes de plástico.
-No salgas. Pase lo que pase -le rogó, besando su frente-. Te amo.
Cerró la puerta del armario con suavidad justo en el instante en que la puerta principal de la oficina de Nova Eventos se abría de un golpe, chocando contra la pared.
Elena dio un salto hacia atrás, recargándose contra su escritorio, con el corazón golpeando sus costillas como un pájaro enjaulado a punto de morir.
Alexander entró en la habitación. Su sola presencia pareció absorber todo el oxígeno disponible. Llevaba un abrigo de cachemira negra sobre los hombros y sus ojos plateados barrieron la penumbra del lugar con una mezcla de desdén y autoridad absoluta. Cuando su mirada se posó en Elena, la temperatura descendió varios grados.
-Qué conmovedora imagen de laboriosidad matutina -arrastró las palabras, su voz profunda resonando en las paredes delgadas-. ¿Acaso planeabas huir como una rata antes de cumplir con tu nuevo horario, Elena?
Ella tragó saliva, obligándose a erguir la espalda. Sus uñas se clavaron en la madera del escritorio a sus espaldas, a solo dos metros del armario donde se escondía su mayor tesoro.
-Le dije que recogería mis cosas antes de ir a su empresa, señor Volkov -respondió ella, intentando que su voz sonara firme-. Mi horario comienza a las ocho. Aún falta más de una hora. No tenía por qué venir a este... cuchitril.
Alexander esbozó una sonrisa carente de humor. Avanzó un paso hacia ella, luego otro, moviéndose con la gracia letal de una pantera. Su mirada escrutó la caja de cartón a medio llenar, la chaqueta de Elena sobre la silla y...
Los ojos de Alexander se detuvieron abruptamente en el suelo.
Elena siguió su mirada y sintió que el mundo se detenía.
A medio metro de la punta de los lustrosos zapatos italianos de Alexander, yacía un crayón azul a medio gastar. Y justo a su lado, asomando bajo el borde de la silla, estaba el pequeño libro de dinosaurios de Leo. Se le había caído en el pánico del momento.
El silencio que siguió fue denso, opresivo, cargado de una electricidad aterradora.
Alexander inclinó lentamente la cabeza, observando los objetos. Una arruga casi imperceptible se formó en su entrecejo.
-No sabía que Nova Eventos ofrecía servicios de guardería -murmuró él, y aunque su tono era casual, la sospecha afilaba cada sílaba-. O tal vez tu patética jefa tiene pasatiempos muy infantiles.
Elena sintió que la sangre abandonaba su rostro. Tenía que desviar su atención. Tenía que alejarlo de ese lugar antes de que hiciera más preguntas o decidiera abrir puertas.
Tomó aire y, en un acto suicida de pura adrenalina maternal, dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal del magnate. Quedó a centímetros de su pecho, obligándolo a levantar la vista del suelo para mirarla a ella.
-Son cosas de beneficencia -mintió, con la voz un poco más alta de lo necesario, esperando enmascarar cualquier ruido-. De la gala de anoche. Materiales sobrantes para un orfanato. ¿Le importa? ¿O también va a auditar la basura de esta agencia?
Los ojos grises de Alexander se entrecerraron. La insolencia de Elena pareció tomarlo por sorpresa, pero lejos de enfurecerlo, encendió una chispa oscura en su mirada. Era un desafío.
Levantó una mano lentamente, y por un microsegundo, Elena pensó que la apartaría con brusquedad. Pero en lugar de eso, él deslizó un dedo frío y largo por la línea de la mandíbula de ella. El roce quemó.
-Tienes fuego todavía, Elena -susurró, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron la oreja de ella. El aroma a sándalo y poder la envolvió por completo-. Me alegra. Será mucho más satisfactorio doblegarte y apagar ese fuego día a día.
Desde el armario a sus espaldas, se escuchó un leve roce. Un zapatito raspando contra un balde de plástico. Un sonido apenas perceptible.
El dedo de Alexander se detuvo en el cuello de Elena. El magnate se tensó, girando la cabeza un milímetro hacia la dirección del armario de limpieza. Sus instintos se habían activado.
-¿Qué fue eso? -exigió, su voz volviéndose dura y cortante.
Elena sintió que iba a vomitar. Se interpuso físicamente entre él y la puerta de madera.
-Ratas -soltó la palabra como un latigazo, mirándolo con todo el desprecio que pudo fingir-. Este edificio es viejo y barato. Usted lo compró. Seguro las ratas vienen incluidas en el contrato de adquisición. Si le da asco, le sugiero que regrese a su torre de cristal.
Alexander la miró fijamente durante cinco largos y agonizantes segundos. Estaba evaluando su reacción, buscando la fisura en su armadura. Elena sostuvo la mirada, rogándole al universo entero que Leo no hiciera un solo sonido más.
Finalmente, el CEO retrocedió.
Se sacudió una pelusa invisible de la solapa de su abrigo con desdén.
-Recoge tu basura, Elena -ordenó con frialdad-. Tienes treinta minutos para presentarte en el último piso de la torre Volkov. Y te sugiero que no llegues un segundo tarde.
Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y salió de la oficina. Sus pasos resonaron por el pasillo y bajaron las escaleras hasta que el motor del Rolls-Royce rugió y el auto desapareció.
Elena se quedó de pie, rígida, hasta que estuvo segura de que él se había ido. Entonces, las piernas le fallaron. Cayó de rodillas frente al armario y abrió la puerta de un tirón.
Leo estaba encogido en la esquina, con las manitos tapando su boca, sus grandes ojos grises brillantes de miedo. Elena lo sacó de allí y lo apretó contra su pecho con una fuerza desesperada, enterrando el rostro en sus rizos oscuros mientras las lágrimas finalmente rompían a llorar.
Habían ganado el juego hoy. Pero la verdadera guerra acababa de comenzar.