A las siete y cuarenta y cinco, se encontraba al pie de la imponente torre de cristal y acero oscuro que albergaba la sede principal de Volkov Industries. El rascacielos se alzaba en el corazón del distrito financiero como un monolito intimidante, perforando el cielo gris de la ciudad. Era un monumento al poder absoluto, al control y a la ambición desmedida. Era la manifestación arquitectónica del hombre que lo controlaba todo.
Elena tragó saliva, ajustó la correa de su bolso barato sobre su hombro y cruzó las puertas giratorias.
El vestíbulo era del tamaño de una catedral, revestido en mármol negro e iluminado por una luz blanca y clínica. El silencio allí dentro era sepulcral, roto únicamente por el repiqueteo de los tacones de ejecutivos que caminaban con prisa y la mirada fija al frente. Nadie hablaba en voz alta. El miedo y la disciplina flotaban en el ambiente con la misma densidad que el aire acondicionado.
Se acercó a la mesa de recepción. La mujer detrás del mostrador, impecablemente vestida y con una sonrisa ensayada, levantó una ceja al ver la sencilla ropa de Elena.
-Buenos días. Soy Elena Navarro. Me esperan en el último piso.
La recepcionista tecleó algo en su ordenador y su expresión de ligero desdén se transformó instantáneamente en una de sorpresa profesional, teñida de un respeto temeroso.
-Por supuesto, señorita Navarro. El ascensor ejecutivo privado la está esperando al fondo del pasillo. Acceso directo a la oficina del CEO.
El trayecto en el ascensor de cristal fue una agonía silenciosa. A medida que Elena ascendía, dejando la ciudad reducida a un tapiz de hormigón bajo sus pies, la opresión en su pecho aumentaba. La noche anterior, Alexander le había revelado que era el nuevo dueño de su empresa. Esta mañana, en la vieja oficina, le había recordado que su vida ahora le pertenecía. Pero Elena no estaba preparada para lo que iba a encontrar al abrirse las puertas de metal.
El piso ochenta no era una oficina común. Era una fortaleza de lujo moderno, con paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica y vertiginosa de la metrópoli.
Y en el centro de la antesala, sentada en uno de los sofás de cuero blanco, estaba Clara, su jefa en Nova Eventos. A su lado, estaban los otros tres empleados de la pequeña agencia. Todos tenían los ojos enrojecidos y cajas de cartón con sus pertenencias a los pies.
-¿Clara? ¿Chicos? -preguntó Elena, sintiendo que el suelo se movía-. ¿Qué hacen aquí? Pensé que estarían recogiendo la oficina...
Clara levantó un rostro pálido y surcado por lágrimas arruinadas por el rímel.
-Se acabó, Elena -sollozó la mujer, con las manos temblando-. Llegamos esta mañana y había agentes de seguridad en la puerta. Nos escoltaron hasta aquí para firmar los papeles. Nova Eventos no solo fue comprada... va a ser liquidada hoy mismo.
La sangre abandonó el rostro de Elena.
-¿Liquidada? Pero... teníamos eventos programados. La gala de anoche fue un éxito. La fundación iba a renovar el contrato.
-A Volkov Industries no le importa la fundación -intervino Marcos, el contador de la agencia, apretando los puños con frustración-. Compraron la deuda solo para desmantelarnos y vender los activos. Nos acaban de informar que estamos despedidos. Y debido a una cláusula oculta en los antiguos contratos de arrendamiento, no nos van a pagar ni un centavo de indemnización. Nos vamos a la calle sin nada, Elena. Tengo dos hijos... no sé qué voy a hacer.
La noticia bomba estalló en la mente de Elena, ensordeciéndola. Alexander no se había conformado con convertirse en su jefe. Quería destruir todo lo que la rodeaba. Quería aislarla, quebrar su espíritu y castigarla usando a personas inocentes.
El sonido de unas puertas dobles abriéndose al fondo del pasillo hizo que todos se congelaran.
Alexander Volkov emergió de su despacho. Se había quitado el abrigo de cachemira, revelando un chaleco oscuro que se ajustaba perfectamente a su torso y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, exponiendo sus antebrazos fuertes. Parecía relajado, casi aburrido, mientras sostenía una carpeta de cuero en una mano. Su presencia fue suficiente para que Clara soltara un gemido de terror y bajara la cabeza.
Los ojos de plata de Alexander escanearon la habitación, deteniéndose en Elena con una frialdad que la hizo temblar hasta los huesos.
-Señorita Navarro. Llegas tres minutos tarde -murmuró él, mirando su reloj de pulsera suizo-. Un hábito terrible para la asistente personal del CEO.
Elena dio un paso al frente, interponiéndose entre el magnate y sus aterrorizados excompañeros. La furia logró abrirse paso a través de su miedo.
-¿Qué significa esto? -exigió, su voz temblando de rabia, señalando a Clara y a Marcos-. Usted me dijo que había comprado la agencia. ¡Me obligó a venir aquí para trabajar para usted! ¿Por qué los está despidiendo sin liquidación? ¡Ellos no tienen nada que ver con... con nosotros!
Alexander enarcó una ceja, fingiendo una ligera sorpresa.
-Son negocios, Elena. Nova Eventos es un activo tóxico. Su rentabilidad es nula. Como nuevo propietario, es mi deber fiduciario eliminar las pérdidas de mi conglomerado. -Su voz era suave, pero cada palabra goteaba veneno-. Sus contratos eran paupérrimos. Legalmente, no les debo nada. Se irán de este edificio en los próximos cinco minutos, vacíos.
-¡Es usted un monstruo! -gritó Elena, perdiendo los estribos. Las lágrimas de frustración finalmente picaron en sus ojos-. ¡Hágame daño a mí si quiere! ¡Cobre su absurda venganza conmigo! ¡Pero déjelos en paz!
El silencio cayó pesado en la inmensa antesala. Los empleados de Nova miraron a Elena con pánico, aterrorizados de que su arrebato empeorara aún más las cosas.
Alexander no gritó. No alteró su postura. Pero la oscuridad que inundó sus ojos hizo que Elena retrocediera un paso instintivamente.
Caminó hacia ella con la lentitud de un verdugo que disfruta los últimos segundos de su presa. Se detuvo tan cerca que ella pudo sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa.
-Ahí está el detalle, Elena -susurró él, bajando la voz para que solo ella pudiera escucharlo-. Esto es sobre ti. Todo esto.
Levantó la carpeta de cuero que llevaba en la mano y la abrió, revelando un documento impreso en papel de alto gramaje, lleno de cláusulas en letra pequeña. En la parte inferior, había una línea punteada que esperaba una firma.
-Este es tu nuevo contrato laboral -continuó Alexander, susurrando cerca de sus labios-. Te vincula exclusivamente a mi servicio personal, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, por los próximos tres años. Sin vacaciones. Sin días libres sin mi autorización expresa. Tu vida es mía.
Elena miró el papel con horror. Era un contrato de esclavitud moderna. Era una jaula con barrotes de oro blanco.
-No voy a firmar eso -siseó ella, apretando los dientes.
La sonrisa de Alexander fue cruel, afilada como una guillotina.
-¿No? -Él suspiró dramáticamente y se giró a medias hacia los empleados-. Qué lástima. Iba a proponer un pequeño trato. Si firmas este contrato aquí y ahora, sin chistar, revocaré la orden de liquidación. Reasignaré a tu querida amiga Clara y al resto de tu incompetente equipo a uno de los departamentos corporativos de Volkov Industries. Con el triple de sueldo, seguros médicos premium y estabilidad laboral garantizada por cinco años.
Elena dejó de respirar.
-Pero si te niegas... -Alexander volvió a clavar su mirada en ella, vacía de cualquier emoción humana-... la seguridad los escoltará a la calle. Y me aseguraré personalmente de que ninguna otra agencia en todo el país los contrate jamás. Tú decides, Elena. Tu orgullo, o el pan de los hijos de tu amigo Marcos.
La noticia bomba no era la liquidación de la empresa. La noticia bomba era darse cuenta de hasta dónde estaba dispuesto a llegar Alexander para doblegarla. La estaba acorralando de la manera más ruin y efectiva posible. Sabía exactamente dónde golpear. Sabía que ella no podía soportar cargar con la ruina de familias inocentes sobre su conciencia.
Elena miró a Marcos, que tenía la vista clavada en el suelo, derrotado. Miró a Clara, que lloraba en silencio. Luego, cerró los ojos y la imagen de Leo vino a su mente. Si perdía este trabajo, si Alexander la ponía en la lista negra, no tendría cómo alimentar a su propio hijo.
Estaba atrapada. Completamente arrinconada.
Lentamente, como si sus brazos estuvieran hechos de plomo, Elena abrió los ojos. Miró a Alexander con un odio tan puro y cristalino que casi brillaba.
-Deme un bolígrafo -dijo, con la voz muerta.
Alexander sacó una pluma estilográfica de plata del bolsillo interior de su chaleco y se la entregó, rozando deliberadamente la yema de sus dedos con los de ella.
Apoyando la carpeta contra el cristal del ventanal, Elena firmó el documento. Cada trazo de la tinta negra sobre el papel se sentía como un clavo cerrando su propio ataúd. Al terminar, le devolvió la carpeta y la pluma, manteniendo la barbilla alta a pesar de que su mundo acababa de colapsar.
Alexander tomó el contrato, comprobó la firma y asintió levemente. Se giró hacia los empleados de la agencia.
-Felicidades. Ahora trabajan para el departamento de logística de Volkov. Preséntense en el piso doce. Ahora, lárguense de mi vista.
Mientras Clara y los demás se apresuraban hacia los ascensores, susurrando apresurados "gracias" a Elena, Alexander volvió su atención a su nueva prisionera.
-Bienvenida a Volkov Industries, señorita Navarro -dijo él, abriendo la puerta de su despacho privado y haciéndose a un lado-. Tu primer deber es prepararme un café. Y luego, me vas a explicar exactamente dónde te estuviste escondiendo durante cinco malditos años. Pasa.
Elena cruzó el umbral. La puerta de madera maciza se cerró tras ella con un chasquido sordo y definitivo, sellando su destino bajo el dominio del CEO.