El despacho del CEO de Volkov Industries ocupaba toda la esquina del piso ochenta. Era una obra maestra de diseño minimalista e intimidatorio: paredes de cristal blindado que ofrecían una vista vertiginosa de los rascacielos circundantes, paneles de nogal oscuro y un suelo de mármol negro tan pulido que reflejaba la luz plomiza de la mañana. En el centro de todo, como el trono de un emperador despiadado, se alzaba un inmenso escritorio de obsidiana.
Alexander caminó hacia su silla con la cadencia letal de un depredador que ha vuelto a su guarida. No le ofreció tomar asiento. Se aflojó ligeramente el nudo de la corbata de seda negra y se recargó en el respaldo de cuero, clavando sus ojos plateados en ella.
-El café, Elena -ordenó, su voz profunda rasgando el silencio sepulcral de la habitación-. Tienes una máquina de espresso italiana en la sala contigua. Tómalo como tu primera prueba de aptitud.
Elena apretó las mandíbulas para evitar replicar. Dejó su humilde bolso sobre una mesita auxiliar de cristal, sintiendo cómo el cuero sintético desentonaba violentamente con el lujo asfixiante del lugar, y caminó hacia la pequeña cocina privada que él le había indicado.
Sus manos temblaban mientras manipulaba los granos de café tostado. Cada movimiento era mecánico. «Sobrevive», se repetía a sí misma, con el rostro de Leo proyectado en su mente para darse fuerzas. «Sobrevive hoy. Sobrevive a esta hora. Sobrevive a este hombre».
Conocía perfectamente cómo le gustaba el café a Alexander. Negro, sin azúcar, tan intenso y amargo como la coraza que lo envolvía. Lo había preparado cientos de veces en el pasado, en las mañanas perezosas cuando se despertaban enredados en las sábanas blancas de su antiguo ático, cuando él la miraba con adoración y no con ese odio helado.
Colocó la taza de porcelana fina sobre el platito y regresó al despacho. Caminó hasta el escritorio de obsidiana y dejó el café frente a él, cuidando de que sus dedos no rozaran la madera, ni mucho menos la piel del magnate.
-Su café, señor Volkov.
Alexander no apartó la vista de ella. Levantó la taza con lentitud calculada, llevándola a sus labios. Tomó un sorbo. El silencio en la habitación era tan denso que Elena podía escuchar el latido frenético de su propio corazón golpeando contra sus costillas.
Él bajó la taza. No hizo ninguna mueca de desagrado, lo cual era, viniendo de Alexander, la máxima aprobación.
-Tu memoria muscular sigue intacta, por lo que veo -murmuró, apoyando los codos sobre el escritorio y entrelazando los dedos-. Ahora, pasemos a asuntos más sustanciales. Tienes exactamente tres minutos para explicarme dónde te has estado escondiendo durante estos mil ochocientos veinticinco días, Elena. Y te sugiero encarecidamente que no omitas detalles.
Elena sintió un sudor frío bajando por su nuca. La interrogación había comenzado. Si él tiraba del hilo correcto, descubriría a Leo. Tenía que ser cuidadosa, tejer sus verdades a medias con la precisión de un cirujano.
-No me estaba escondiendo -respondió, manteniendo el tono de voz lo más neutral posible, alzando la barbilla-. Usted me despidió. Me arrojó a la calle sin referencias y manchó mi nombre en el sector financiero. Hice lo que cualquier persona haría: buscar trabajo donde no conocieran su poder. Sobreviví, señor Volkov. Eso es todo.
Alexander se puso de pie lentamente. Su imponente altura pareció ensombrecer la luz que entraba por los ventanales. Rodeó el escritorio con pasos felinos y se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo y bergamota volvió a marearla, desencadenando recuerdos traicioneros que su cuerpo se negaba a olvidar.
-¿Sobreviviste? -repitió él, saboreando la palabra con desdén-. Me robaste planos confidenciales, los vendiste a Kovach Enterprises, causaste pérdidas millonarias a mi compañía... ¿y esperas que crea que viviste como una mártir, organizando fiestecitas de caridad por el sueldo mínimo?
-¡Yo no le robé nada! -estalló Elena, la indignación rompiendo su fachada de hielo. Lo miró directamente a los ojos, con el fuego de la injusticia ardiendo en los suyos-. ¡Le dije hace cinco años que era inocente y se lo repito ahora! ¡Alguien usó mi computadora, alguien me tendió una trampa, pero usted estaba demasiado cegado por su propia arrogancia para investigarlo!
La mandíbula de Alexander se tensó peligrosamente. Por un instante, la furia pura destelló en sus ojos de plata, pero rápidamente fue enterrada bajo una gruesa capa de control absoluto. Levantó una mano y, con un movimiento rápido y posesivo, agarró el mentón de Elena, obligándola a mantener el contacto visual. Su agarre no era doloroso, pero sí firme, ineludible.
-Tus mentiras ya no tienen efecto en mí, Elena -susurró, su rostro tan cerca que ella podía sentir su respiración cálida rozando sus labios-. Ya no soy el imbécil enamorado que te creía ciegamente. Ahora soy el dueño de tu tiempo, de tu carrera y de tu destino.
Antes de que Elena pudiera zafarse, el intercomunicador del escritorio emitió un zumbido agudo. Alexander soltó su mentón lentamente, como si le costara romper el contacto físico, y pulsó un botón en la consola.
-Señor Volkov, la junta directiva está reunida en la Sala A. Lo están esperando -anunció una voz metálica.
-Voy en un minuto -respondió él sin apartar la vista de Elena. Se ajustó los puños de la camisa, recobrando su máscara de hielo-. Toma una tableta electrónica, Elena. Vas a acompañarme. Es hora de que veas cómo se dirige un imperio, y quiero que tomes nota de cada maldita palabra que se diga en esa sala.
Cinco minutos después, Elena caminaba un paso por detrás de Alexander mientras ingresaban a la sala de juntas principal.
Era un espacio cavernoso. Alrededor de una mesa ovalada de caoba, doce de los ejecutivos más importantes y veteranos de la empresa estaban sentados en tenso silencio. Hombres y mujeres con trajes de miles de dólares, relojes de lujo y años de experiencia. Sin embargo, en cuanto Alexander cruzó la puerta, el miedo palpable en la habitación hizo que la temperatura cayera en picada.
Nadie respiró cuando el magnate tomó asiento en la cabecera. Elena se situó de pie, en una esquina oscura tras él, con la tableta en las manos temblorosas.
Alexander no dio los buenos días. No hizo preámbulos. Dejó caer una pesada carpeta sobre la mesa con un ruido sordo que hizo saltar a más de uno.
-He revisado los reportes trimestrales de la división de logística -comenzó Alexander, su voz baja, aterciopelada y letal-. Son un insulto a la inteligencia. Un margen de pérdida del cuatro por ciento tolerado durante meses.
Un hombre mayor, con el cabello canoso y el rostro perlado de sudor, se aclaró la garganta desde el otro extremo de la mesa. Era el Vicepresidente de Operaciones.
-Señor Volkov, si me permite... la cadena de suministro global sufrió retrasos por la huelga en los puertos. Hicimos lo imposible para mitigar los daños, pero...
-¿Lo imposible? -lo interrumpió Alexander, alzando una sola ceja. El silencio que siguió fue insoportable-. Señor Vargas, a mí no me pagan por excusas, y yo no le pago a usted para que me narre tragedias portuarias. Le pago para que prevea las crisis y me entregue resultados.
-Pero, señor... los protocolos estándar...
-Los protocolos estándar acaban de cambiar -dictaminó Alexander con frialdad-. Porque a partir de este segundo, usted está despedido, Vargas.
Un jadeo colectivo recorrió la mesa. Elena abrió los ojos de par en par, atónita. Vargas llevaba veinte años en la compañía; era una institución.
-¡No puede hacer esto! -balbuceó el hombre, poniéndose de pie, rojo de furia e indignación-. ¡Tengo un contrato blindado! ¡Tengo acciones!
-Mis abogados ya le han enviado a su correo personal las cláusulas de rescisión por negligencia grave. No verá un solo centavo de esas acciones -replicó Alexander sin inmutarse, haciendo un leve gesto con la mano hacia la puerta-. Recoja sus cosas y abandone mi edificio en menos de quince minutos. Si no, seguridad lo escoltará a rastras.
Vargas lo miró con odio puro, pero al encontrarse con la mirada vacía e implacable del CEO, su espíritu se quebró. Agarró su maletín y salió de la sala con pasos pesados, destruido en cuestión de segundos.
Alexander paseó su mirada de plata sobre los once ejecutivos restantes. Estaban pálidos como cadáveres.
-Que esto sirva de precedente -dijo el magnate, su voz resonando en las paredes de madera-. Volkov Industries ya no es un club de campo para ejecutivos conformistas. A partir de hoy, exijo perfección. El que no pueda seguir el ritmo, será aplastado. ¿Ha quedado claro?
Un murmullo de afirmaciones aterrorizadas llenó la sala. Alexander tomó el control absoluto, no con gritos, sino con la eficacia quirúrgica de un verdugo que sabe exactamente dónde cortar para causar el mayor terror posible.
Desde su esquina, Elena no dejaba de teclear, pero sus dedos estaban helados. Observaba la espalda ancha de Alexander, enfundada en su traje a medida, y comprendió con absoluta claridad la magnitud del peligro en el que se encontraba. El hombre del que se había enamorado, el hombre que le había regalado sonrisas cálidas y madrugadas de pasión, había muerto. En su lugar, había nacido un titán de hielo, capaz de destruir vidas sin pestañear.
Y ella estaba a su entera merced.
Cuando la reunión terminó y regresaron al despacho, Alexander se giró hacia ella. Tomó una pila de expedientes técnicos de casi medio metro de alto y los dejó caer sobre un pequeño escritorio adyacente que acababan de instalar cerca de la puerta. Su nuevo puesto de trabajo.
-Quiero un análisis comparativo de las rutas comerciales de estos archivos. Identifica las ineficiencias que el idiota de Vargas pasó por alto -ordenó él, abotonándose el saco del traje-. Lo quiero en mi escritorio mañana, a primera hora.
Elena miró la montaña de papel. Era un trabajo que a un equipo entero le tomaría una semana.
-Eso es imposible de terminar para mañana -susurró, sintiendo que el agotamiento ya empezaba a filtrarse en sus huesos.
Alexander se inclinó sobre el pequeño escritorio de ella, apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo, acorralándola una vez más.
-Entonces te sugiero que canceles cualquier plan patético que tengas para esta noche, Elena. Porque no saldrás de este edificio hasta que esté terminado. Bienvenida a tu nueva realidad.