Esperaba el fuego corrosivo del veneno. Esperaba el sabor metálico de su propia sangre ahogándola. Esperaba la risa fría de Valeria y la mirada vacía de Julián observando cómo la vida se le escapaba de las manos.
Pero no hubo dolor. No hubo fuego.
Lo único que inundó sus sentidos fue el suave aroma a lavanda y cera de abejas, un perfume nostálgico que pertenecía a una vida que creía haber perdido para siempre.
Camila parpadeó, su respiración aún entrecortada y errática, mientras sus ojos luchaban por adaptarse a la luz dorada que se filtraba a través de unos gruesos cortinajes de terciopelo. Su corazón martilleaba contra sus costillas con una fuerza salvaje, bombeando sangre limpia, fuerte y libre de toxinas. Temblando, bajó la mirada hacia sus manos. No estaban pálidas ni surcadas por las vías intravenosas del hospital. La piel lucía tersa, con el brillo saludable de la juventud, y las uñas no mostraban el tinte violáceo de la asfixia.
Soltó la tela a la que se había aferrado y se dio cuenta de que no eran las sábanas de seda de la lúgubre habitación donde había agonizado. Era un edredón de algodón egipcio, inmaculadamente blanco, cubriendo una inmensa cama con dosel tallado en madera de caoba.
El mundo entero pareció detenerse sobre su eje.
Camila reconoció de inmediato las paredes pintadas en un suave tono perla, los estantes repletos de primeras ediciones de literatura clásica, y el gran ventanal que daba al jardín de los rosales. Era su habitación. Su verdadera habitación, en la mansión principal de sus padres en el lado oeste de la ciudad. La misma casa que Julián había malvendido "para cubrir las supuestas deudas" tras la muerte de ellos.
-¿Es... es esto el infierno? -susurró, y el sonido de su propia voz la asustó. No era el gorgoteo ronco y moribundo de sus últimos momentos. Era una voz clara, suave y llena de vitalidad.
Presa de un pánico irracional, apartó las cobijas de un manotazo y puso los pies descalzos sobre la fría madera del suelo. El contraste térmico le provocó un escalofrío tan vívido que la obligó a soltar un leve gemido. Si esto era un sueño de agonía, un último destello de su cerebro antes de apagarse por completo, era terriblemente detallado.
Caminó a trompicones hacia el enorme espejo de cuerpo entero que adornaba una de las esquinas de la alcoba. Cuando su reflejo le devolvió la mirada, Camila sintió que las rodillas le fallaban y tuvo que apoyarse en el marco tallado para no desplomarse.
La mujer en el espejo no era la viuda demacrada, deprimida y rota que había pasado los últimos meses postrada en una cama. Frente a ella estaba una joven en la flor de la vida. Su cabello oscuro, espeso y brillante, caía en cascada sobre sus hombros, libre del sudor frío de la enfermedad. Sus ojos avellana, aunque ahora dilatados por el shock, brillaban con una claridad que había olvidado. Sus mejillas tenían un rubor natural, y su cuerpo lucía esbelto, fuerte y lleno de una energía vibrante.
No estaba muerta.
Pero tampoco estaba en el presente.
Giró sobre sus talones, buscando febrilmente cualquier cosa que le diera un ancla a la realidad. Sobre la pequeña mesa de noche, junto a una lámpara de cristal, reposaba su teléfono móvil. No era el último modelo que Julián le había "regalado" para rastrear sus llamadas. Era su viejo dispositivo, el que usaba antes de casarse.
Con manos temblorosas, lo tomó y presionó el botón de inicio. La pantalla se iluminó, mostrando una fotografía de ella junto a sus padres en las vacaciones de invierno en Suiza. Una punzada de dolor agudo, mucho más profundo que cualquier veneno, le atravesó el pecho al ver los rostros sonrientes de las dos personas que más la habían amado, y a quienes había fallado tan estrepitosamente.
Sus ojos viajaron hasta los números en la pantalla.
Sábado, 15 de mayo.
El año marcaba exactamente cinco años en el pasado.
Camila dejó caer el teléfono sobre la cama como si quemara. Retrocedió un paso, llevándose ambas manos a la boca para ahogar un sollozo que amenazaba con desgarrarle la garganta.
-Cinco años... -murmuró, su mente trabajando a una velocidad vertiginosa, intentando procesar lo imposible-. Retrocedí... retrocedí cinco años.
El concepto de renacer era algo reservado para los libros de fantasía y los cuentos morales, no para la dura y cruel realidad. Sin embargo, el pinchazo que se dio en el brazo dolió. El frío del suelo bajo sus pies descalzos era innegable. El aire llenando sus pulmones era una prueba irrefutable. Había muerto. Recordaba con claridad fotográfica la sensación de asfixia, el pitido del monitor cardíaco, la sonrisa torcida de Valeria. Y, sin embargo, aquí estaba. Viva, intacta, con una segunda oportunidad latiendo en sus venas.
De pronto, un pensamiento cruzó su mente como un relámpago, paralizándola por completo.
Mis padres.
Si había retrocedido cinco años, eso significaba que el "accidente" automovilístico en la carretera de la costa aún no había ocurrido. Faltaban tres años para ese trágico día. Faltaban años para la falsa crisis financiera. Sus padres estaban vivos. Estaban aquí, probablemente desayunando en el comedor de la planta baja, ajenos a la traición y a la muerte que acechaba en su futuro.
Una oleada de alivio tan intensa la invadió que las lágrimas finalmente se desbordaron. Lloró en silencio, cayendo de rodillas frente al espejo, abrazándose a sí misma mientras dejaba salir toda la angustia, la humillación y el terror de su vida pasada. Lloró por la Camila ingenua que había creído en cuentos de hadas. Lloró por el tiempo perdido, por el amor desperdiciado en un monstruo.
Pero el llanto no duró mucho.
A medida que las lágrimas secaban sobre sus mejillas, algo dentro de ella comenzó a endurecerse. El dolor se cristalizó, transformándose en una ira gélida y calculadora. El eco de la voz de Julián, llamándola "un medio para un fin", resonó en su mente. La imagen de Valeria, burlándose de su agonía, se grabó a fuego en la parte frontal de su cerebro.
Se puso de pie lentamente, secándose las últimas lágrimas con el dorso de la mano. La mujer que la miraba ahora desde el espejo ya no tenía la expresión de un ciervo asustado. Tenía la mirada depredadora de alguien que ha caminado por el infierno y ha vuelto con las llaves en la mano.
Recogió su teléfono nuevamente y revisó su agenda del día.
15 de mayo. 7:00 p.m. Gala benéfica de la Fundación del Sur.
El aire pareció abandonar la habitación por un segundo. El 15 de mayo. No era un día cualquiera en el calendario de su antigua vida. Era el día.
Cerró los ojos, dejando que los recuerdos de su vida anterior fluyeran con claridad. Esa noche, en la gala benéfica, ella llevaría un vestido de seda color durazno, tratando de pasar desapercibida. Un mesero, "accidentalmente", tropezaría y derramaría vino tinto sobre su falda. Humillada y buscando huir de las miradas de la alta sociedad, saldría al balcón trasero. Allí, varios hombres ebrios la acorralarían, haciéndola sentir aterrada y vulnerable.
Y entonces, como salido de una película barata, aparecería él. Julián. Alto, elegante, interviniendo con una autoridad caballerosa que espantaría a los acosadores. Le ofrecería su saco para cubrir la mancha de su vestido, la escoltaría a casa con un respeto absoluto y se ganaría su corazón esa misma noche.
Camila soltó una carcajada seca, desprovista de humor, que rebotó en las paredes de la habitación vacía.
Qué estupidez. Qué plan tan básico y burdo. Ahora, con la ventaja de la retrospectiva yociendo la verdadera naturaleza de su "príncipe azul", las piezas encajaban perfectamente. El mesero torpe, los hombres ebrios acosándola en el balcón aislado, la llegada providencial de Julián... Todo había sido un teatro. Una trampa meticulosamente coreografiada, muy probablemente financiada con los pocos ahorros que Valeria tenía en ese momento, para crear el escenario ideal donde el cazador atraparía a su presa.
-Me salvaron de un peligro que ellos mismos crearon -susurró Camila, sintiendo un profundo asco hacia sí misma por haber caído en una manipulación tan infantil.
Se alejó del espejo y caminó hacia su enorme vestidor. Las puertas dobles se abrieron para revelar filas enteras de ropa de diseñador, la mayoría en tonos pastel, blancos, celestes y rosas pálidos. Ropa de niña buena. Ropa de heredera sumisa.
Sus dedos se deslizaron sobre el vestido de seda color durazno que estaba apartado en una funda transparente, listo para ser usado esa noche. Sin pensarlo dos veces, lo agarró, lo sacó de la funda y lo arrojó al fondo del armario como si fuera basura.
No volvería a ser el cordero asustado. No volvería a usar el disfraz de la víctima.
Buscó en las esquinas más oscuras de su ropero hasta encontrar lo que buscaba. Un vestido que su madre le había comprado en Milán, uno que Camila siempre había considerado "demasiado atrevido" y "demasiado oscuro" para su personalidad, y que jamás se había atrevido a estrenar. Era un diseño impecable en rojo sangre, de corte asimétrico, que se ceñía al cuerpo como una segunda piel y dejaba la espalda completamente al descubierto. Un vestido diseñado no para esconderse, sino para gobernar.
Lo sacó y lo colgó frente a ella.
El destino le había dado una segunda oportunidad, y no planeaba desperdiciarla siguiendo el guion que otros habían escrito para ella. Conocía cada trampa, cada inversión que Julián usaría para escalar en la sociedad, cada secreto asqueroso que Valeria ocultaba tras su sonrisa de niña buena. Lo sabía todo.
Esta noche iría a esa gala, sí. Dejaría que el escenario se montara. Pero esta vez, cuando la trampa se cerrara, el cazador se daría cuenta de que había acorralado a una fiera.
-Disfruten de su teatro, Julián, Valeria -murmuró Camila al aire vacío, mientras una sonrisa fría, afilada como una navaja, curvaba sus labios-. Porque esta vez, yo escribo el final de la obra. Y les aseguro que será una tragedia.
Dio media vuelta y caminó hacia el baño para preparar el agua. Tenía mucho que hacer antes de que cayera la noche. Tenía que prepararse para conocer no al hombre que la destruiría, sino al único hombre con el poder suficiente para ayudarla a reducirlos a cenizas. Dante. El infame magnate.
El juego había cambiado, y Camila estaba lista para tirar los dados.