Cuando Camila apareció en lo alto de la gran escalinata de mármol, el murmullo colectivo pareció extinguirse por un segundo. No llevaba el recatado e inocente vestido color durazno que la hacía lucir como una muñeca de porcelana frágil y manejable. Llevaba el vestido rojo sangre. La seda carmesí se adhería a sus curvas con una elegancia letal, y la espalda al descubierto desafiaba las normas conservadoras de la alta sociedad. Su cabello, recogido en un peinado impecable pero audaz, dejaba a la vista su largo cuello adornado únicamente por un discreto collar de diamantes, un regalo de su abuela.
No bajó la mirada, como solía hacerlo en el pasado por timidez. Mantuvo la barbilla en alto, sus ojos avellana recorriendo el salón con la fría evaluación de un general inspeccionando el campo de batalla.
Al pie de la escalera, la primera en acercarse fue, por supuesto, Valeria.
Camila tuvo que reprimir el impulso visceral de clavarle las uñas en la garganta. Valeria llevaba un vestido color perla, un tono deliberadamente elegido para contrastar y "complementar" el vestido durazno que Camila supuestamente iba a usar. El objetivo original de Valeria era lucir como el ángel protector junto a la tierna y sosa heredera. Al ver a Camila irradiando un poder y una sensualidad que eclipsaba a cualquier otra mujer en el salón, la sonrisa de Valeria tembló, y sus ojos se abrieron en una mezcla de shock y pura envidia contenida.
-¡Cami! -exclamó Valeria, recuperando rápidamente su máscara y corriendo hacia ella con los brazos abiertos-. ¡Estás... estás diferente! ¿Qué pasó con el vestido que elegimos juntas? Pensé que usarías el diseño de organza.
Camila permitió el abrazo, sintiendo cómo el estómago se le revolvía ante el contacto. El perfume floral de Valeria le trajo un recuerdo fugaz de su lecho de muerte, pero forzó una sonrisa deslumbrante, vaciando sus ojos de cualquier emoción genuina.
-Cambié de opinión a último minuto, Val -respondió Camila, con un tono de voz ligero, pero lo suficientemente alto para que los curiosos alrededor escucharan-. Me di cuenta de que el durazno me hace lucir un poco... ingenua. Y esta noche, quería sentirme viva. ¿No te gusta?
-Yo... por supuesto, te ves hermosa -mintió Valeria, aunque su mirada se desvió rápidamente hacia una columna al otro lado del salón.
Camila siguió esa mirada de reojo y lo vio.
Julián.
Estaba de pie junto a la barra de bebidas, impecablemente vestido con un esmoquin negro que resaltaba sus facciones pulcras. Sostenía una copa de champán, pero su atención estaba clavada en Camila. En la línea temporal original, él había estado observándola como un lobo evalúa a un cordero descarriado. Ahora, su expresión era de absoluta confusión. El cordero se había presentado vestido con la piel del depredador, y eso había desajustado sus cálculos.
-Voy a buscar una copa de champán, Cami. Espérame aquí, no te muevas -dijo Valeria, tocándole el brazo con esa familiaridad que antes Camila consideraba entrañable y que ahora le resultaba repulsiva.
Camila asintió suavemente. Sabía exactamente lo que estaba por suceder. Valeria no iba a buscar una copa; iba a darle la señal al mesero contratado.
En su primera vida, Camila se había quedado quieta, sonriendo nerviosamente a los conocidos de sus padres, hasta que el mesero había tropezado "torpemente", derramando una bandeja entera de vino tinto sobre su vestido durazno, humillándola frente a todos.
Camila no se movió de su posición cerca del centro del salón, pero sus sentidos estaban alerta. A través del reflejo de un enorme espejo barroco en la pared opuesta, vio al joven mesero acercarse. Llevaba una bandeja plateada con cuatro copas de vino tinto llenas hasta el borde. Caminaba rápido, demasiado rápido para un evento de esta categoría. Su mirada estaba fija en la espalda de Camila.
Tres, dos, uno... contó mentalmente.
El mesero fingió tropezar con el borde de la gruesa alfombra persa. Soltó un gemido exagerado de sorpresa y la bandeja se inclinó hacia adelante, proyectando las copas como proyectiles carmesí directamente hacia la espalda de Camila.
Con una gracia fluida y felina, Camila no se dio la vuelta. Simplemente dio un paso lateral largo y elegante, como si estuviera ejecutando un paso de vals, girando sobre sus tacones justo en el segundo en que el vino atravesaba el espacio donde ella había estado una fracción de segundo antes.
Crash.
El cristal se hizo añicos contra el piso de mármol. El vino tinto salpicó ruidosamente, manchando los zapatos y el borde del vestido color perla de una mujer que estaba detrás... que no era otra que Valeria, quien acababa de regresar para presenciar su triunfo.
El salón quedó en un silencio sepulcral por un instante.
-¡Mi vestido! -chilló Valeria, mirando horrorizada las manchas oscuras que arruinaban la seda clara de su falda.
El mesero estaba en el suelo, pálido y temblando, mirando a Camila con genuino pánico. Ella lo observó desde arriba, intacta, inmaculada, sin una sola gota de vino en su vestido rojo.
-Cielo santo, debes tener más cuidado -dijo Camila con una voz aterciopelada, pero que resonó con autoridad en el salón silencioso-. Pudo haber sido un desastre. Afortunadamente, me moví a tiempo. Lo siento mucho por tu vestido, Valeria. Parece que la mala suerte te encontró a ti esta noche.
Valeria apretó los puños, su rostro enrojecido por la ira y la humillación, mientras las miradas de lástima de la alta sociedad se posaban sobre ella. El plan maestro de arruinar a Camila había fallado estrepitosamente, rebotando contra su propia creadora.
-Voy... voy a limpiarme al baño -masculló Valeria, retirándose a paso apresurado, olvidando por completo su papel de amiga abnegada.
Camila sonrió internamente. Primera victoria. Pequeña, pero deliciosa.
Sin embargo, la obra teatral de Julián y Valeria tenía un segundo acto. El "accidente" del vestido solo era la excusa para que Camila huyera al balcón trasero, donde ocurriría el encuentro planeado. Como el accidente no ocurrió, la lógica dictaba que ella se quedaría en el salón. Pero Camila no estaba aquí para jugar a la defensiva; estaba aquí para desmantelar la trampa pedazo a pedazo y escupírsela en la cara.
Así que, simulando estar abrumada por el pequeño escándalo, Camila suspiró, tomó una copa de champán de una bandeja cercana y se dirigió deliberadamente hacia las puertas dobles que daban a los jardines traseros.
El aire fresco de la noche la golpeó en cuanto cruzó el umbral. El balcón era amplio, de piedra blanca, y estaba tenuemente iluminado. Tal como lo recordaba, estaba vacío. Apoyó las manos en la balaustrada, fingiendo contemplar las rosas en la oscuridad, y esperó.
No pasaron ni dos minutos cuando escuchó los pesados pasos detrás de ella.
Eran tres hombres. Camila los reconoció de inmediato. Eran matones de poca monta, disfrazados con trajes baratos que desentonaban brutalmente con el evento. En su vida pasada, el olor a alcohol barato y sus sonrisas lascivas la habían paralizado de terror. La habían acorralado contra la barandilla, diciéndole obscenidades, hasta que Julián apareció como un caballero de brillante armadura para "salvarla".
-Vaya, vaya... ¿Qué hace una princesa tan solita en la oscuridad? -dijo el más alto de los tres, dando un paso adelante y bloqueando la salida hacia el salón.
Camila no tembló. No encogió los hombros. Se giró lentamente, apoyando su cadera contra la piedra, y le dio un sorbo a su champán antes de clavar sus fríos ojos avellana en el líder del grupo.
-Esperando a que la basura se saque a sí misma -respondió Camila, con una voz tan gélida que el hombre parpadeó, desconcertado-. O quizá esperando a que el cobarde que los contrató por quinientos dólares a cada uno se decida a entrar a escena.
Los tres hombres intercambiaron miradas nerviosas. Ese no era el guion. La chica debía llorar, gritar un poco y suplicar.
-No sabemos de qué hablas, muñeca. Solo queremos hacerte compañía -insistió otro, intentando acercarse, aunque con menos convicción.
Camila bajó la copa. Su mirada se afiló.
-Escúchame bien, escoria -dijo, su tono bajo y mortal-. Sé exactamente quiénes son. Sé que tienen antecedentes, sé que uno de ustedes está en libertad condicional y sé que el hombre del esmoquin negro que espera detrás de esas cortinas los mandó aquí. Si no dan la vuelta y desaparecen de este hotel en los próximos tres segundos, me aseguraré personalmente de que el equipo de seguridad privada de mi padre les rompa ambas piernas antes de entregarlos a la policía. Uno.
Los matones palidecieron. La autoridad natural que emanaba de Camila no dejaba lugar a dudas; estaba dispuesta a cumplir su amenaza.
-Dos.
No esperaron al tres. Se dieron la media vuelta y huyeron hacia las escaleras laterales del jardín trasero, desapareciendo en la noche como las ratas que eran.
Camila se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, satisfecha.
Justo en ese momento, las puertas dobles del salón se abrieron de golpe con dramatismo teatral.
-¡Señorita! ¿Se encuentra usted bien? Vi a unos sujetos sospechosos y...
Era Julián. Había entrado con el pecho erguido, la expresión ensayada de preocupación heroica esculpida en el rostro. Pero las palabras se le murieron en la boca cuando vio el balcón completamente vacío, salvo por Camila, que lo observaba con una expresión de absoluto y supremo aburrimiento.
-¿Sujetos sospechosos? -preguntó Camila, arqueando una ceja perfecta-. Creo que el exceso de champán le está haciendo ver alucinaciones, señor... discúlpeme, no tengo idea de quién es usted.
Julián titubeó, su impecable fachada agrietándose por un segundo ante la ausencia de sus cómplices y la fría actitud de la mujer. Se aclaró la garganta y forzó su sonrisa más encantadora, esa sonrisa que cinco años después la vería morir.
-Permítame presentarme. Soy Julián. Julián Márquez. Creí escuchar voces y me preocupé por su seguridad. Una mujer tan hermosa no debería estar sola en la oscuridad.
En otra vida, esas palabras habían encendido un rubor en sus mejillas. Hoy, solo le provocaron náuseas.
Camila dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. Julián sonrió, creyendo que su encanto estaba funcionando a pesar de los contratiempos. Pero Camila no se detuvo a coquetear. Pasó por su lado de largo, deteniéndose apenas un milímetro a la altura de su hombro.
-Le agradezco su innecesaria preocupación, señor Márquez -murmuró Camila con voz cortante, sin mirarlo-. Pero detesto a los salvadores que llegan tarde. Especialmente a los que intentan resolver problemas que nunca existieron. Buenas noches.
Dejó a Julián congelado en el balcón, con la sonrisa petrificada y el orgullo hecho pedazos.
Camila reingresó al salón iluminado. Su corazón latía a un ritmo constante y poderoso. La primera trampa había sido desmantelada, y el cazador había quedado como un estúpido. Pero esto era solo el calentamiento.
Sus ojos barrieron la multitud una vez más, ignorando a la élite bulliciosa, hasta que se detuvieron en la zona VIP elevada. Allí, sentado en un sofá de cuero oscuro, rodeado por un aura de intimidación que mantenía alejados a los demás invitados, estaba el hombre que realmente había venido a buscar.
Dante.
Era hora de proponerle un pacto al diablo.