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Renacer para Destruirte
img img Renacer para Destruirte img Capítulo 5 Interrumpiendo al magnate (El audaz primer encuentro)
5 Capítulo
Capítulo 6 La profecía img
Capítulo 7 Términos y condiciones img
Capítulo 8 La mosca muerta entra en escena img
Capítulo 9 Actriz de primera img
Capítulo 10 El anuncio oficial img
Capítulo 11 La frustración del cazador img
Capítulo 12 Viviendo con el enemigo público img
Capítulo 13 El vestido de la discordia img
Capítulo 14 La primera inversión img
Capítulo 15 Risas compartidas img
Capítulo 16 Sembrando la duda img
Capítulo 17 El accidente evitado img
Capítulo 18 Celos irracionales img
Capítulo 19 La máscara de Valeria se agrieta img
Capítulo 20 Un roce de labios img
Capítulo 21 La trampa financiera img
Capítulo 22 Secretos de almohada img
Capítulo 23 La cena familiar img
Capítulo 24 El rumor escandaloso img
Capítulo 25 La ira del magnate img
Capítulo 26 Dos traidores se encuentran img
Capítulo 27 El proyecto Fénix img
Capítulo 28 Acorralados en la tormenta img
Capítulo 29 Confesiones a medias img
Capítulo 30 El jaque a la reina img
Capítulo 31 El escándalo del año img
Capítulo 32 Las lágrimas del cocodrilo img
Capítulo 33 La desesperación de Julián img
Capítulo 34 El contrato se rompe img
Capítulo 35 La noche que cambió todo img
Capítulo 36 El plan del secuestro img
Capítulo 37 Conocimiento del futuro al límite img
Capítulo 38 Sangre por sangre img
Capítulo 39 El juicio mediático img
Capítulo 40 Bancarrota total img
Capítulo 41 Cosechando lo sembrado img
Capítulo 42 La última visita img
Capítulo 43 El fantasma del veneno desaparece img
Capítulo 44 Reestructurando el imperio img
Capítulo 45 La duda de Dante img
Capítulo 46 Mi verdadero hogar img
Capítulo 47 Los preparativos img
Capítulo 48 La sentencia final img
Capítulo 49 El día que elegí amarte img
Capítulo 50 Epílogo: El vuelo eterno del Fénix img
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Capítulo 5 Interrumpiendo al magnate (El audaz primer encuentro)

La sala de juntas en el último piso de la Torre Vieri era un santuario de cristal y acero suspendido sobre las nubes de la ciudad. Desde allí, el mundo parecía pequeño, insignificante, un tablero de ajedrez diseñado para que hombres como Dante lo dominaran. Era lunes por la mañana, exactamente las 8:55 a.m., y el aire acondicionado mantenía la habitación a una temperatura gélida, casi tan fría como la mirada del magnate que presidía la inmensa mesa de obsidiana.

Frente a él, pulcramente alineados dentro de carpetas de cuero negro, reposaban los contratos finales del "Proyecto Ícaro". Ochenta millones de dólares. Una inversión masiva que consolidaría su monopolio sobre la extracción de cobalto en el continente. A su alrededor, una docena de ejecutivos de alto rango contenían la respiración, esperando que la pluma fuente de oro macizo descendiera sobre la línea punteada.

A la derecha de Dante, de pie con una postura rígidamente militar, estaba Astrid. Sostenía una tableta digital contra su pecho, con los ojos azules escaneando sin cesar los fluctuantes mercados internacionales. Su mente trabajaba con la precisión de un reloj suizo, y su oído, conectado a un auricular inalámbrico, monitoreaba tres canales de comunicación distintos simultáneamente.

Dante destapó la pluma. El suave sonido metálico resonó en el silencio sepulcral de la sala.

Sin embargo, su mente no estaba en los millones que estaba a punto de transferir. Estaba en la noche anterior. En el vestido rojo sangre. En la mirada avellana, cargada de una furia antigua y oscura, de la heredera de los Navarro. «Mañana a las 9:15, estallará una huelga masiva... tus acciones caerán en picada». Dante era un hombre de hechos, de números y de lógica aplastante. No creía en clarividentes ni en profecías ridículas. Pero había algo en la absoluta certeza de Camila que lo había perturbado. Ella no estaba adivinando; ella sabía. Y esa arrogancia temeraria con la que había invadido su palco VIP exigía, como mínimo, el beneficio de la duda.

Miró el reloj de su muñeca. 8:58 a.m.

-Señor -intervino uno de los directivos, un hombre calvo que sudaba profusamente a pesar del frío del salón-. Los representantes del sindicato minero han confirmado la recepción de los fondos iniciales de buena fe. Todo está en orden. Solo falta su firma para iniciar la transferencia principal.

Dante levantó la vista lentamente, clavando sus ojos oscuros en el ejecutivo.

-¿Garantiza usted, con su propio patrimonio, que no habrá contratiempos? -preguntó, su voz un murmullo bajo y amenazante.

El hombre tragó saliva, palideciendo.

-Y-yo... los informes son sólidos, señor. No hay razón para dudar.

Justo cuando Dante volvía a bajar la mirada hacia el papel, un revuelo inusual en el pasillo exterior rompió la santidad del momento. Voces elevadas, el sonido de tacones firmes golpeando el suelo de mármol y un sordo forcejeo cerca de las pesadas puertas dobles de roble.

Astrid frunció el ceño y tocó su auricular.

-¿Marcus? ¿Qué está pasando en el perímetro? -preguntó Astrid, su tono afilándose.

Antes de que el jefe de seguridad pudiera responder a través de la línea, las inmensas puertas de la sala de juntas se abrieron de par en par con un estruendo que hizo saltar a varios ejecutivos de sus asientos.

Allí, en el umbral, flanqueada por dos guardias de seguridad que parecían no saber si detenerla o apartarse, estaba Camila.

La imagen de la noche anterior había sido reemplazada por algo aún más letal. Vestía un traje sastre de dos piezas en color marfil, de un corte impecable que gritaba poder y sofisticación. Su cabello oscuro estaba recogido en una elegante pero estricta coleta, y sus labios estaban pintados de un rojo intenso, el único toque de color en su atuendo minimalista. Sostenía un maletín de cuero delgado en una mano y miraba directamente a Dante, ignorando por completo la docena de miradas indignadas que se habían clavado en ella.

Marcus apareció detrás de ella, luciendo genuinamente frustrado.

-Señor, lo siento -se disculpó el inmenso guardia, mirando a Dante-. Intentamos detenerla en el lobby, pero amenazó con llamar a la prensa financiera y armar un escándalo sobre la adquisición de las minas. Dijo que tenía una "cita agendada a las nueve en punto".

Dante no se movió. No mostró sorpresa ni enojo. Simplemente dejó la pluma fuente sobre el escritorio y cruzó las manos frente a su rostro, evaluando a la mujer que acababa de invadir el corazón mismo de su imperio.

-¡Esto es inaudito! -estalló el director financiero, poniéndose de pie de un salto-. ¿Quién demonios es usted? ¡Seguridad, sáquenla de aquí de inmediato! ¡Estamos en medio de una transacción confidencial!

Camila no se dejó intimidar por los gritos. Caminó con paso firme hacia el interior de la sala, sus tacones marcando un ritmo implacable. Su mente, sin embargo, estaba librando una batalla silenciosa. Al ver a todos esos hombres trajeados, sentados alrededor de una mesa de decisiones, el eco de su vida pasada la golpeó con violencia. Recordó otra sala de juntas. Recordó a Julián, sentado exactamente donde Dante estaba ahora, obligándola a firmar los documentos que le arrebataban la empresa de sus padres. Recordó la sensación de impotencia, la humillación, la ceguera de su propio amor convertido en veneno.

No más, se dijo a sí misma. Nunca más volveré a ser la presa en una sala de juntas.

Se detuvo justo en el extremo opuesto de la mesa, apoyando ambas manos sobre la obsidiana pulida, inclinándose ligeramente hacia adelante para sostener la mirada de Dante.

-Lamento la interrupción, caballeros -dijo Camila, su voz clara, potente y desprovista de cualquier titubeo-. Pero me temo que acabo de salvarles el pellejo.

El silencio que siguió fue absoluto. Los ejecutivos se miraron entre sí, estupefactos ante la audacia de la joven.

-Señorita Navarro -habló finalmente Dante, su voz retumbando en las paredes de cristal-. Ayer le di cinco minutos de mi tiempo en una fiesta. Eso no le da derecho a irrumpir en mi empresa. Mucho menos a interrumpir la firma del Proyecto Ícaro.

-La firma de su propia tumba financiera, querrá decir -replicó Camila, alzando una ceja-. Dije que su hombre en el sur fue sobornado. Dije que el sindicato está armando una huelga mientras hablamos. Y si mi reloj no me engaña... -Levantó la muñeca izquierda, mostrando un elegante reloj Patek Philippe-. Faltan exactamente tres minutos para las nueve y cuarto.

Un murmullo de indignación recorrió la mesa.

-¡Está loca! -escupió el ejecutivo calvo, señalándola con un dedo tembloroso-. Señor, no podemos permitir que una intrusa detenga esta operación por delirios absurdos. La ventana de transferencia internacional se cierra en media hora. ¡Firme el contrato!

Dante no apartó los ojos de Camila. Había un desafío silencioso entre ellos. Una guerra de voluntades. Si él firmaba y ella tenía razón, perdería millones y su orgullo sufriría un golpe devastador. Si no firmaba y ella mentía, habría demostrado debilidad frente a su propia junta directiva por hacerle caso a los caprichos de una heredera.

-Astrid -dijo Dante suavemente, sin girar la cabeza.

-¿Señor?

-Cierra las puertas. Marcus, espera afuera. Nadie entra, nadie sale.

Marcus asintió y salió, cerrando las pesadas puertas tras de sí. Astrid bloqueó la cerradura electrónica desde su tableta. La tensión en la habitación era tan espesa que podría haberse cortado con un cuchillo.

-Nueve y trece minutos -anunció Camila, cruzándose de brazos, proyectando una calma absoluta que contrarrestaba el pánico creciente de los directivos.

Los segundos comenzaron a arrastrarse, convirtiéndose en horas. El tic-tac del reloj de pared parecía el sonido de una bomba a punto de estallar. Algunos directivos se aflojaron las corbatas. Dante permaneció inmóvil, una estatua de mármol esperando la resolución del destino.

Nueve y catorce.

Camila sintió un leve sudor frío en la nuca. ¿Y si el efecto mariposa de sus acciones de la noche anterior había alterado el cronograma? ¿Y si Julián, humillado, había movido alguna pieza que ella desconocía? No. El colapso de las minas era un evento independiente, orquestado por corporaciones que no tenían nada que ver con su pequeño drama personal. Tenía que ocurrir.

Nueve y quince.

El silencio pesó durante un segundo interminable. Nadie habló. Nada sucedió.

El director financiero soltó una carcajada nasal, cargada de alivio y desprecio.

-Bueno, creo que ya hemos tenido suficiente teatro por hoy. Claramente esta señorita está desequilibrada. Señor Dante, le ruego que firme de una vez y...

El sonido agudo y estridente de una alerta máxima cortó las palabras del hombre.

No provenía de un solo teléfono, sino de tres al mismo tiempo, incluyendo la tableta de alta seguridad de Astrid. La jefa de operaciones frunció el ceño profundamente, deslizando el dedo por la pantalla. Su estoicismo habitual se resquebrajó por una fracción de segundo al leer los titulares de emergencia que inundaban los canales financieros internacionales.

Casi de inmediato, su auricular cobró vida con una cacofonía de gritos y reportes urgentes. Astrid se llevó una mano a la oreja, presionando el dispositivo mientras escuchaba atentamente. Sus ojos se abrieron con una mezcla de alarma y estupefacción, y su mirada voló instintivamente hacia Camila.

-Mein Gott... -susurró Astrid, perdiendo momentáneamente el hilo del español ante la gravedad de la situación. Rápidamente se acercó a Dante, inclinándose sobre su hombro, hablando en un alemán rápido y afilado para que los demás directivos no entendieran la magnitud inmediata del desastre-. Es ist genau wie sie gesagt hat. Ein massiver Streik hat begonnen. Die Bergleute haben die Eingänge verbarrikadiert und internationale Journalisten sind bereits vor Ort. Die Regierung hat die Mine beschlagnahmt. (Es exactamente como ella dijo. Una huelga masiva ha comenzado. Los mineros han atrincherado las entradas y hay periodistas internacionales en el lugar. El gobierno ha incautado la mina).

Camila, que comprendía cada palabra a la perfección gracias a sus años de educación privada en Suiza, no pudo evitar esbozar una sonrisa de satisfacción casi imperceptible. La fluidez de Astrid con el alemán era impecable, y la confirmación de sus palabras era música para los oídos de la protagonista.

-Der Vertrauensmann? (¿El hombre de confianza?) -preguntó Dante en el mismo idioma, su voz gélida, sin traicionar ninguna emoción frente a su asustada junta directiva.

-Er ist mit dem Geld verschwunden. Sie hat in allem Recht gehabt. (Desapareció con el dinero. Ella tenía razón en todo) -confirmó Astrid, asintiendo secamente.

Dante cerró los ojos por un segundo. Cuando los volvió a abrir, la oscuridad en ellos era abrumadora. Tomó el contrato de ochenta millones de dólares, lo rompió por la mitad con un movimiento fluido y arrojó los pedazos al centro de la mesa.

Los ejecutivos jadearon.

-El Proyecto Ícaro está cancelado -anunció Dante, su voz cortando el aire como un látigo-. Acabamos de sufrir un intento de sabotaje interno. Las minas han sido tomadas y nuestro enlace ha huido.

El caos estalló en la sala. Los hombres comenzaron a gritar, a revisar frenéticamente sus propios teléfonos, confirmando los titulares que acababan de destruir meses de negociaciones.

-¡Silencio! -rugió Dante, golpeando la mesa con el puño. El impacto hizo vibrar la madera maciza y calló a todos instantáneamente-. Tienen exactamente sesenta minutos para preparar un comunicado de prensa distanciándonos de esa mina. Quiero a los abogados elaborando demandas por fraude, y quiero que rastreen a nuestro ex hombre de confianza. Si está escondido bajo una piedra, levanten la maldita piedra. ¡Largo de aquí! ¡Todos!

La junta directiva, aterrorizada por la furia contenida de su líder, recogió sus cosas a trompicones y evacuó la sala como ratas huyendo de un barco en llamas. Astrid desbloqueó las puertas y los apresuró a salir, cerrando nuevamente cuando el último de los trajes desapareció por el pasillo.

La enorme sala de cristal quedó en un silencio sepulcral.

Solo quedaban tres personas. Astrid, de pie en una esquina, procesando el hecho de que una joven de la alta sociedad acababa de salvar a la corporación de su mayor fracaso histórico. Dante, sentado en la cabecera de la mesa, emanando una energía oscura y peligrosa. Y Camila, todavía de pie en el extremo opuesto, con la respiración calmada y la victoria latiendo en sus venas.

Dante se levantó lentamente. Se abotonó la chaqueta del traje y caminó a lo largo de la inmensa mesa de obsidiana, sus pasos resonando como un depredador acercándose a su igual. Se detuvo frente a Camila, tan cerca que ella tuvo que alzar ligeramente el rostro para mantener el contacto visual.

La estudió durante un largo momento. Buscó el engaño, la suerte, la coincidencia. Pero solo encontró una inteligencia fría y calculadora que reflejaba la suya propia.

-Me salvaste de un desastre monumental -admitió Dante, su voz ronca y cargada de una nueva e inquietante fascinación-. Demostraste que tu información no es solo un truco de salón. Eres peligrosa, Camila Navarro.

-Solo soy alguien que aprendió a jugar el juego antes de que repartieran las cartas, Dante -respondió ella, sin retroceder un solo milímetro.

Dante asintió lentamente, una media sonrisa, letal y genuina, curvando sus labios.

-Ayer mencionaste una alianza. Mencionaste destruir a Julián Márquez. -Dante extendió una mano hacia la mesa, señalando la silla vacía a la derecha-. Siéntate, Camila. Creo que es hora de que hablemos sobre los términos de nuestro contrato matrimonial.

El audaz primer encuentro había terminado. El pacto con el diablo acababa de ser sellado.

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