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Renacer para Destruirte
img img Renacer para Destruirte img Capítulo 4 El objetivo cambia
4 Capítulo
Capítulo 6 La profecía img
Capítulo 7 Términos y condiciones img
Capítulo 8 La mosca muerta entra en escena img
Capítulo 9 Actriz de primera img
Capítulo 10 El anuncio oficial img
Capítulo 11 La frustración del cazador img
Capítulo 12 Viviendo con el enemigo público img
Capítulo 13 El vestido de la discordia img
Capítulo 14 La primera inversión img
Capítulo 15 Risas compartidas img
Capítulo 16 Sembrando la duda img
Capítulo 17 El accidente evitado img
Capítulo 18 Celos irracionales img
Capítulo 19 La máscara de Valeria se agrieta img
Capítulo 20 Un roce de labios img
Capítulo 21 La trampa financiera img
Capítulo 22 Secretos de almohada img
Capítulo 23 La cena familiar img
Capítulo 24 El rumor escandaloso img
Capítulo 25 La ira del magnate img
Capítulo 26 Dos traidores se encuentran img
Capítulo 27 El proyecto Fénix img
Capítulo 28 Acorralados en la tormenta img
Capítulo 29 Confesiones a medias img
Capítulo 30 El jaque a la reina img
Capítulo 31 El escándalo del año img
Capítulo 32 Las lágrimas del cocodrilo img
Capítulo 33 La desesperación de Julián img
Capítulo 34 El contrato se rompe img
Capítulo 35 La noche que cambió todo img
Capítulo 36 El plan del secuestro img
Capítulo 37 Conocimiento del futuro al límite img
Capítulo 38 Sangre por sangre img
Capítulo 39 El juicio mediático img
Capítulo 40 Bancarrota total img
Capítulo 41 Cosechando lo sembrado img
Capítulo 42 La última visita img
Capítulo 43 El fantasma del veneno desaparece img
Capítulo 44 Reestructurando el imperio img
Capítulo 45 La duda de Dante img
Capítulo 46 Mi verdadero hogar img
Capítulo 47 Los preparativos img
Capítulo 48 La sentencia final img
Capítulo 49 El día que elegí amarte img
Capítulo 50 Epílogo: El vuelo eterno del Fénix img
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Capítulo 4 El objetivo cambia

El área VIP del Gran Hotel Imperial no era simplemente una sección elevada con sillones más cómodos; era el Monte Olimpo de la élite de la ciudad. Estaba separada del resto del salón por una gruesa cuerda de terciopelo negro y dos guardias de seguridad del tamaño de armarios, dejando muy en claro que no cualquiera podía respirar ese mismo aire.

Y en el centro exacto de ese Olimpo privado, sentado con la arrogancia lánguida de un depredador descansando, estaba Dante.

Camila se detuvo al pie de los pequeños escalones alfombrados, tomando un sorbo lento de su champán mientras lo observaba desde la distancia. En su primera vida, Dante había sido el "cuco" de las historias de la alta sociedad. Julián y sus padres le habían enseñado a temerle. «Es un monstruo, Camila», le decía Julián mientras le acariciaba el cabello. «Un hombre sin escrúpulos que aplasta a la competencia sin piedad. Mantente alejada de él». Qué irónica resultaba ahora esa advertencia. Julián era la serpiente venenosa escondida en la hierba suave del jardín, mientras que Dante... Dante era un lobo solitario en la cima de la montaña. No ocultaba sus colmillos detrás de sonrisas falsas ni trajes en tonos pastel. Era implacable, sí, pero era brutalmente honesto con su crueldad. En el mundo de los negocios, si Dante quería destruirte, te lo decía a la cara antes de firmar la orden.

Físicamente, era tan intimidante como su reputación. A diferencia de los otros herederos y ejecutivos del salón, que lucían esmóquines idénticos y engominados, Dante llevaba un traje oscuro de corte italiano hecho a la medida, pero sin corbata, con los primeros botones de la camisa negra desabrochados. Su cabello azabache estaba ligeramente desordenado, y sus ojos, oscuros como el ónix y afilados como el cristal roto, escrutaban a la multitud con un aburrimiento letal.

Era el hombre más peligroso de la sala. Y exactamente el aliado que Camila necesitaba.

Dejó la copa vacía en la bandeja de un mesero que pasaba y comenzó a subir los escalones. Inmediatamente, los dos gigantes de seguridad cruzaron los brazos, bloqueándole el paso.

-Área restringida, señorita -gruñó uno de ellos, con voz grave.

-Lo sé -respondió Camila, manteniendo la compostura y la barbilla en alto-. Vengo a ver al señor Dante.

-El jefe no recibe a nadie esta noche. Por favor, regrese al salón.

Antes de que Camila pudiera replicar, una tercera figura emergió de las sombras del área VIP. Era una mujer alta, de rasgos afilados, cabello rubio platinado recogido en una coleta estricta y un traje sastre impecable. Llevaba un auricular inalámbrico en la oreja y sostenía una tableta digital. Camila la reconoció de inmediato gracias a los informes financieros que solía leer antes de que Julián tomara el control de todo: Astrid, la mano derecha de Dante, su jefa de operaciones y su escudo más letal.

Astrid estaba hablando por teléfono, caminando a paso rápido. Su voz era cortante, y las palabras brotaban de sus labios en un alemán rápido y fluido, sin un solo rastro de acento extranjero.

-Nein, der Vertrag muss bis morgen früh auf meinem Schreibtisch liegen. Keine Ausreden, oder wir ziehen uns zurück, -decía Astrid, frunciendo el ceño con irritación antes de cortar la llamada con un toque en su auricular.

Camila sabía, por los chismes de la alta sociedad, que muchos subestimaban a Astrid creyendo que solo era una secretaria glorificada, ignorando que Astrid hablaba alemán a la perfección y manejaba personalmente todas las negociaciones europeas del conglomerado de Dante.

La mujer de traje sastre miró a Camila de arriba abajo, evaluando el vestido rojo sangre y la postura desafiante, y luego miró a los guardias.

-¿Problemas, Marcus? -preguntó Astrid, su tono de voz volviendo al español, aunque conservaba la misma dureza gélida.

-La señorita insiste en pasar, jefa. Ya le dijimos que el señor no quiere interrupciones.

Astrid clavó sus ojos azules en Camila.

-Ya los escuchó. Dante no está de humor para socializar con herederas aburridas que buscan un patrocinador para sus fundaciones de caridad. Disfrute del champán abajo.

Camila no retrocedió. En su lugar, esbozó una sonrisa astuta y dio un paso más cerca de la cuerda de terciopelo, mirando directamente a los ojos de la mano derecha del magnate.

-Ich bin nicht hier, um um Geld zu betteln, -respondió Camila, su pronunciación en alemán tan pulcra y exacta como la de la propia Astrid. No estoy aquí para rogar por dinero. Astrid arqueó una ceja, genuinamente sorprendida por un segundo antes de recuperar su estoicismo. Muy pocas personas en ese salón sabían que ella prefería comunicarse en ese idioma para mantener la privacidad de sus negocios.

-Dígale a su jefe -continuó Camila, volviendo al español, su voz baja y cargada de autoridad-, que la mujer que acaba de humillar a la familia Márquez y esquivó una trampa en el balcón sur tiene información vital sobre las acciones de "Proyecto Ícaro". Y si no me da cinco minutos de su tiempo, mañana por la mañana perderá ochenta millones de dólares.

El nombre del "Proyecto Ícaro" hizo que el rostro de Astrid se tensara imperceptiblemente. Era un acuerdo confidencial. Nadie fuera del círculo más íntimo de Dante debería conocer ese nombre, y mucho menos los riesgos financieros asociados a él para la mañana siguiente.

Astrid evaluó a Camila durante tres largos segundos. El silencio entre ambas mujeres era eléctrico. Finalmente, Astrid levantó una mano y asintió hacia los guardias.

-Déjenla pasar.

Los hombres se apartaron, desenganchando la cuerda de terciopelo. Camila subió el último escalón, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a zumbarle en los oídos. Había cruzado la primera barrera.

El área VIP era amplia, sumida en una penumbra elegante. Dante estaba sentado en el fondo, con un vaso de whisky de malta en la mano, observándola acercarse con una expresión indescifrable. Desde allí arriba, Camila comprendió de inmediato por qué él prefería ese lugar: tenía una vista panorámica de todo el salón. Lo veía todo. Como un halcón observando a los ratones en el campo.

Astrid se adelantó, inclinándose para susurrarle algo al oído a Dante. Él no apartó sus oscuros ojos de Camila mientras escuchaba. Luego, con un ligero movimiento de su mano, despidió a Astrid, quien asintió y se retiró hacia el otro extremo del palco, dándoles privacidad, pero manteniéndose a una distancia prudente.

Camila se detuvo a un metro del sofá de cuero. De cerca, el aura de peligro que emanaba Dante era casi palpable. La cicatriz casi imperceptible que cruzaba su ceja izquierda y la tensión en su mandíbula delataban a un hombre que había luchado por todo lo que tenía, a diferencia de los herederos de cuna de oro que bailaban en la planta baja.

-Tienes agallas, niña -fue lo primero que dijo Dante. Su voz era un trueno bajo y áspero que vibró en el pecho de Camila-. Astrid me dice que hablas alemán y que conoces el nombre de mi proyecto más clasificado. Pero lo que más me intriga es el pequeño espectáculo que diste hace un rato.

Dante le dio un sorbo a su whisky, recargándose en el respaldo del sofá.

-Vi cómo esquivaste a ese mesero estúpido. Vi cómo enviaste a los tres matones de Julián Márquez de regreso a las alcantarillas sin siquiera despeinarte. Y vi cómo dejaste al propio Julián con cara de idiota en el balcón. -Una sonrisa ladeada, fría y peligrosa, apareció en los labios de Dante-. Pareces un cordero, te vistes como un incendio, pero te mueves como una víbora. ¿Quién demonios eres?

-Soy Camila -respondió ella, sosteniendo su intensa mirada sin parpadear-. Camila Navarro. Heredera mayor de la Corporación Navarro.

Dante soltó una risa seca, desprovista de toda alegría.

-Conozco a tus padres. Buena gente. Demasiado blandos para este mundo. Pensé que tú eras de la misma especie. La princesita mimada que colecciona zapatos y suspiros.

-Las personas cambian, Dante -dijo Camila, usando su nombre de pila con deliberada familiaridad-. A veces, se necesita una experiencia cercana a la muerte para abrir los ojos y ver a los monstruos que tienes enfrente.

Esa frase pareció captar la atención total del magnate. Dante inclinó el torso hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. La penumbra resaltó los ángulos duros de su rostro.

-Astrid mencionó que crees saber algo sobre el Proyecto Ícaro. Habla. Mi paciencia es un recurso limitado, y ya consumiste cuatro de tus cinco minutos.

Camila no se dejó intimidar por el tono cortante. Se cruzó de brazos, sintiendo el frío de la seda en su espalda desnuda, pero su mente estaba en llamas con los recuerdos del futuro.

-El Proyecto Ícaro es la adquisición secreta de las minas de cobalto en el sur. Mañana a las 9:00 de la mañana, vas a firmar los documentos para inyectar ochenta millones de dólares en la infraestructura, creyendo que el sindicato local ya fue silenciado.

Los ojos de Dante se entrecerraron peligrosamente. Era evidente que no le gustaba que alguien conociera sus movimientos con tanta precisión.

-¿Y? -preguntó él, su voz descendiendo una octava, sonando más como una amenaza que como una pregunta.

-Y -continuó Camila, sin inmutarse- que tu hombre de confianza en la zona, el que te aseguró que todo estaba en orden, ha sido sobornado por una corporación rival. Mañana a las 9:15, quince minutos después de que transfieras los fondos, estallará una huelga masiva, seguida de un escándalo mediático sobre condiciones de trabajo paupérrimas. Tus acciones caerán en picada, el gobierno congelará la extracción, y esos ochenta millones quedarán atrapados en un limbo legal por años.

El silencio que siguió fue denso, pesado, cargado de una tensión que habría hecho a cualquier otro hombre o mujer salir corriendo del palco. Dante la miró fijamente durante lo que pareció una eternidad. Estaba buscando en sus ojos cualquier rastro de duda, cualquier señal de que estaba mintiendo. Camila sostuvo la mirada, ofreciéndole solo una certeza absoluta.

-¿Cómo sabes eso? -inquirió Dante, su voz ahora un susurro mortal.

-Tengo... fuentes muy confiables que ven más allá de lo que tú puedes ver ahora -respondió Camila con cautela. No podía hablarle del renacimiento, por supuesto. Lo tomaría por loca-. Lo importante no es cómo lo sé. Lo importante es que acabo de salvarte de perder una fortuna y, más importante aún, de manchar tu impecable reputación de invencibilidad.

Dante dejó el vaso de whisky sobre la mesa de cristal con un ligero golpe. Se puso de pie lentamente, revelando toda su imponente estatura. Era casi una cabeza más alto que ella, pero Camila no dio ni un solo paso atrás.

Él se acercó hasta quedar a escasos centímetros de ella. Camila podía oler su colonia, una mezcla de madera de cedro, especias y algo innegablemente peligroso.

-Asumamos por un momento que te creo, princesita -murmuró Dante, mirándola desde arriba-. Asumamos que mañana no firmo ese cheque y espero a ver si tu profecía se cumple. Si resulta ser verdad, tendré una deuda contigo. Y yo detesto tener deudas. ¿Qué es lo que quieres a cambio? ¿Dinero? ¿Protección para la empresa de tus padres?

Camila sonrió. Esta vez, fue una sonrisa genuina. Una sonrisa feroz, nacida de las cenizas de su vida pasada.

-No quiero tu dinero, Dante. Ya tengo el mío. Lo que quiero... es a ti.

Dante arqueó una ceja, pero antes de que pudiera malinterpretar sus palabras, Camila aclaró:

-Quiero una alianza. Quiero el poder destructivo de tu influencia y tu falta de escrúpulos. -Camila dio un paso al frente, acortando la mínima distancia entre ellos, mirándolo a los ojos con una sed de venganza que lo hizo contener la respiración-. Quiero destruir a Julián Márquez y a todos los que lo rodean, pieza por pieza, hasta que no quede nada más que polvo. Y sé que tú también lo quieres fuera del tablero.

El diablo frente a ella finalmente sonrió. Y por primera vez en la noche, Camila sintió que el juego verdaderamente había comenzado.

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