Sienna, con su uniforme de gerente de sala impecablemente planchado aunque descolorido por los lavados, se frotó la sien derecha. La jaqueca amenazaba con instalarse detrás de sus ojos, pero se obligó a sonreír mientras le indicaba a uno de los camareros adolescentes que recogiera las copas rotas de la mesa cuatro.
-Casi terminamos, Sienna -le susurró Martha, la jefa de cocina, pasándole un pequeño plato con un trozo de pastel de chocolate a escondidas-. Llévale esto a tu pequeña. Ha sido un ángel toda la tarde.
La sonrisa de Sienna, esta vez, fue genuina, alcanzando sus ojos oscuros y borrando por un instante el cansancio de su rostro.
-Gracias, Martha. Eres un salvavidas.
Mila. Su ancla, su luz, su razón para respirar cada mañana cuando el peso del mundo amenazaba con aplastarla. Sienna tomó el plato y se dirigió hacia la pequeña sala de descanso del personal, ubicada al final de un pasillo lúgubre que conectaba la cocina con los baños de los salones privados.
Mientras caminaba, su mente comenzó a hacer los cálculos habituales, una rutina aritmética de supervivencia. Si lograba hacer horas extras este fin de semana en el banquete de bodas, podría pagar la reparación del calentador de agua antes de que llegara el invierno y, con suerte, le sobraría lo suficiente para comprarle a Mila ese estuche de colores profesionales que no paraba de mirar en el escaparate de la papelería. El quinto cumpleaños de su hija estaba a la vuelta de la esquina. Cinco años.
Sienna tragó saliva, sintiendo un nudo familiar en la garganta. Cinco años desde que su vida se había partido en dos. Cinco años desde que había sido una joven e ingenua pasante en Nueva York, llena de sueños y ambiciones corporativas, hasta que chocó contra el muro de hielo y fuego que era Nikolai Volkov.
No pienses en él, se regañó a sí misma con dureza. Era una regla de oro. Pensar en Nikolai era abrir una puerta a un abismo de dolor que no se podía permitir. El recuerdo de esa semana de pasión devoradora en su ático, la forma en que sus grandes manos la habían tocado como si fuera lo más preciado del mundo, y luego... la brutal y gélida caída.
El doloroso recuerdo de las llamadas sin respuesta. El pánico al ver las dos líneas rosadas en la prueba de embarazo. Y, finalmente, la humillación aplastante cuando logró comunicarse con la oficina privada de presidencia, solo para que la secretaria personal de Nikolai, una mujer con voz de víbora llamada Elena, la destrozara: "El señor Volkov no tiene interés en su patético intento de extorsión, señorita Moore. Mujeres como usted sobran en su cama. Si vuelve a llamar, si intenta acercarse a él con este cuento del embarazo, nuestros abogados se encargarán de arruinar su vida hasta que no le quede nada. Desaparezca".
Y Sienna lo había hecho. Aterrorizada por el poder de un multimillonario ruso y su séquito de destructores legales, había vaciado su pequeña cuenta de ahorros, había cambiado de número, se había mudado a tres estados de distancia y había enterrado su pasado para convertirse simplemente en la "mamá de Mila". Había construido una trinchera inexpugnable alrededor de su hija.
Al llegar a la sala de descanso, empujó la puerta con la cadera.
-Cariño, mira lo que Martha te ha... -Las palabras murieron en sus labios.
La pequeña mesa plegable estaba cubierta de crayones, pero la silla estaba vacía.
Un escalofrío de alarma, frío y punzante, le recorrió la espina dorsal. Mila era una niña obediente, pero también increíblemente curiosa y audaz. A veces, las reglas de "no salir del cuarto" se perdían ante la tentación de explorar.
-¿Mila? -llamó, dejando el plato sobre la mesa y saliendo de nuevo al pasillo.
Miró hacia la cocina. Nadie la había visto. El pánico maternal, ese instinto primitivo y abrumador, comenzó a bombear adrenalina en su sangre. Aceleró el paso, sus tacones bajos repicando contra la alfombra raída del pasillo lateral. Quizás había ido al baño. Sí, tenía que ser eso.
Agarró una bandeja de plata vacía que algún camarero descuidado había dejado sobre una mesa auxiliar y se dirigió hacia los baños de la zona VIP. El pasillo estaba en penumbra. A medida que se acercaba, escuchó la vocecita inconfundible de su hija.
-Ten más cuidado, señor gigante. Casi me aplastas.
Sienna suspiró, aliviada de escucharla sana y salva, aunque mortificada por la falta de tacto de su pequeña de cuatro años.
-¡Mila! -exclamó Sienna, apresurando el paso y doblando la esquina-. ¡Por el amor de Dios, Mila, te he dicho que no salgas corriendo así del baño!
Estaba dispuesta a disculparse profusamente con el cliente, a hacer una reverencia si era necesario para no perder su empleo. Pero entonces, sus ojos se alzaron desde la pequeña figura de su hija hacia el hombre que se erguía frente a ella.
El tiempo se detuvo. El oxígeno desapareció del pasillo como si hubieran abierto una escotilla al vacío del espacio.
La bandeja de plata resbaló de sus manos temblorosas. El impacto contra el suelo de madera resonó con un estruendo ensordecedor, un platillo que anunciaba el fin de su mundo pacífico.
Clang.
Sienna dejó de respirar. Sus rodillas amenazaron con ceder, convirtiéndose en agua.
Allí estaba él.
Nikolai Volkov.
No era un holograma, no era un fantasma producto de sus pesadillas. Era real, inmenso, aterradoramente tangible. Su traje a medida envolvía sus anchos hombros como una armadura oscura, y su postura irradiaba una autoridad tan absoluta que hacía que las paredes del pasillo parecieran encogerse a su alrededor. Estaba más imponente que en sus recuerdos, los ángulos de su rostro tallados con mayor dureza, desprovistos de cualquier rastro de la suavidad que ella alguna vez creyó ver en la oscuridad de su habitación en Nueva York.
Y él la estaba mirando.
Los ojos azul hielo, esos mismos ojos que ella veía cada mañana en el rostro de su propia hija, estaban clavados en ella. Durante un microsegundo, Sienna vio la conmoción en el rostro del magnate. Vio cómo las piezas del rompecabezas encajaban en su mente letal. Vio cómo su mirada descendía hacia Mila y luego volvía a ella, y en ese instante, la conmoción fue reemplazada por algo infinitamente peor.
Furia. Una furia pura, fría y calculada.
El instinto de supervivencia, afilado por cinco años de miedo, se apoderó del cuerpo paralizado de Sienna.
-¿Sienna? -La voz de Nikolai fue un trueno bajo y ronco, pronunciando su nombre como si fuera una maldición, un sonido que hizo temblar hasta los cimientos del edificio.
Sienna no respondió. No podía articular palabra. El terror la empujó hacia adelante. En dos zancadas desesperadas, se interpuso entre Nikolai y su hija. Se agachó en un movimiento fluido, agarró a Mila por la cintura y la levantó en brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza feroz.
-¡Mami, me aplastas! -se quejó la pequeña, confundida.
Sienna no la escuchó. No apartó la vista de Nikolai. Era como mirar a los ojos a un lobo siberiano a punto de saltar sobre su presa. El hombre que la había desechado como basura, el hombre cuya gente la había amenazado con destruirla, ahora estaba a un metro de distancia, mirando a la hija que le habían prohibido confesar.
No te la llevarás. No te atrevas a mirar atrás. ¡Corre!
-Nos vamos -logró jadear Sienna, su voz temblando con un terror apenas contenido.
No esperó a ver la reacción de él. No le dio la oportunidad de extender una de esas manos gigantescas. Giró sobre sus talones, abrazando a Mila como si fuera su propio corazón latiendo fuera de su pecho, y corrió.
Corrió como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Atravesó la puerta batiente de la cocina empujándola con la espalda, ignorando el grito de sorpresa de Martha y los camareros.
-¡Sienna! ¿Qué pasa? -gritó alguien.
Ella no respondió. Salió por la puerta trasera de emergencias, empujando la barra antipánico de hierro. El aire helado de la noche de otoño la golpeó en el rostro, quemándole los pulmones. Atravesó el estacionamiento de grava, sus zapatos baratos resbalando, casi tropezando, pero el miedo a lo que venía detrás de ella le daba una fuerza sobrehumana.
Llegó a su viejo y oxidado Honda Civic. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo encajar la llave en la cerradura. Abrió la puerta trasera, metió a Mila en su silla de seguridad con manos torpes pero rápidas, abrochó el cinturón sin importarle las protestas de la niña, cerró de un portazo y saltó al asiento del conductor.
Activó los seguros de inmediato. Clic. Encendió el motor, que tosió antes de rugir débilmente. Sienna pisó el acelerador, las llantas derraparon sobre la grava y el coche salió disparado hacia la carretera secundaria que alejaba del club.
Con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el esternón, Sienna miró por el espejo retrovisor. La oscuridad de la noche devoraba el estacionamiento del club, y por un segundo, creyó ver la figura alta y oscura de un hombre saliendo por las puertas traseras, deteniéndose bajo la luz parpadeante de una farola.
Las lágrimas finalmente desbordaron de sus ojos, nublándole la vista.
Había huido. Había escapado del club. Pero mientras agarraba el volante con los nudillos blancos, Sienna Moore supo una verdad aterradora y absoluta, una certeza que le heló la sangre.
Podía conducir hasta el fin del mundo, pero el fantasma de Nikolai Volkov había regresado. Y esta vez, no iba a dejarla escapar. La cacería acababa de empezar.