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El Error del Magnate Ruso
img img El Error del Magnate Ruso img Capítulo 2 El fantasma que regresó
2 Capítulo
Capítulo 6 El peso del hielo img
Capítulo 7 La rebelión de Sienna img
Capítulo 8 El eco en el hielo img
Capítulo 9 El sabor del veneno y el orgullo img
Capítulo 10 El peso de la corona de hielo img
Capítulo 11 La ilusión de independencia img
Capítulo 12 La tregua en la tormenta img
Capítulo 13 La tregua del alba img
Capítulo 14 El fantasma en el umbral img
Capítulo 15 Choque brutal img
Capítulo 16 El muro de cristal img
Capítulo 17 La jaula se encoge img
Capítulo 18 El teatro de la felicidad img
Capítulo 19 La combustión del hielo img
Capítulo 20 La semilla de la duda img
Capítulo 21 El precio de la conciencia img
Capítulo 22 Los fantasmas del calor img
Capítulo 23 El fantasma de los celos img
Capítulo 24 El depredador y su territorio img
Capítulo 25 El incendio bajo el hielo img
Capítulo 26 Las cenizas del amanecer img
Capítulo 27 La anatomía de una mentira img
Capítulo 28 El rastro en la nieve img
Capítulo 29 El archivo de las sombras img
Capítulo 30 El peso de las ausencias img
Capítulo 31 La autopsia de una tragedia img
Capítulo 32 El eco de los lobos img
Capítulo 33 El espejismo de cristal img
Capítulo 34 El abismo de la certeza img
Capítulo 35 El fantasma de hielo img
Capítulo 36 El eco en las sombras img
Capítulo 37 La arquitectura del veneno img
Capítulo 38 Las huellas del verdugo img
Capítulo 39 La ceniza del Zar img
Capítulo 40 El veredicto del Zar img
Capítulo 41 La capitulación del Zar img
Capítulo 42 Las cicatrices bajo el hielo img
Capítulo 43 La reinvención del Zar img
Capítulo 44 La arquitectura del cortejo img
Capítulo 45 El eco de la ternura img
Capítulo 46 Los cimientos del mañana img
Capítulo 47 El pacto de las víboras img
Capítulo 48 El precio del trono img
Capítulo 49 El asedio de cristal img
Capítulo 50 El rugido del Zar img
Capítulo 51 El nido de los buitres img
Capítulo 52 El jaque de la pasante img
Capítulo 53 A la altura del Zar img
Capítulo 54 El filo de la traición img
Capítulo 55 Bajo la piel del lobo img
Capítulo 56 El relicario de los lobos de invierno img
Capítulo 57 El asedio de cristal y las bóvedas del mundo img
Capítulo 58 El estrangulamiento de los océanos img
Capítulo 59 El heraldo de los reyes oscuros img
Capítulo 60 El colapso del santuario img
Capítulo 61 La estrategia de la Reina img
Capítulo 62 El vuelo del Halcón hacia el invierno img
Capítulo 63 El eco de los siglos y el peso de la corona img
Capítulo 64 La llave de sangre y el imperio de cristal img
Capítulo 65 El asedio de la seda y el veneno de sangre azul img
Capítulo 66 El té de cicuta y la auditoría de la Reina img
Capítulo 67 El Zar en la trinchera de cristal img
Capítulo 68 La Gala del Cisne Negro y la corona del Zar img
Capítulo 69 El pergamino y la guillotina de papel img
Capítulo 70 El rastro del dinero y la danza de la traición img
Capítulo 71 El método Pierce y el caballo de Troya img
Capítulo 72 Nieve roja y el deporte de los reyes img
Capítulo 73 El peso de la corona y la jaula de cristal img
Capítulo 74 La gota que colma el vaso img
Capítulo 75 El Sindicato de las Sombras img
Capítulo 76 La máscara de ceniza y el ojo del dragón img
Capítulo 77 La fractura de cristal y el teatro de los reyes img
Capítulo 78 El beso de Judas y la jaula de cristal img
Capítulo 79 Tormenta de acero y nieve img
Capítulo 80 El descenso de los lobos y el fin de la cortesía img
Capítulo 81 El jaque mate digital y la caída de los dioses img
Capítulo 82 El pecado original y los cimientos de sangre img
Capítulo 83 El Protocolo Sansón y el incendio de Wall Street img
Capítulo 84 La purga de los dioses y el silencio de Ginebra img
Capítulo 85 El Rey Loco y el Templo de Cristal img
Capítulo 86 El crepúsculo de los dioses y el rastro de la pólvora img
Capítulo 87 Las cenizas del linaje y el triunfo de la lealtad img
Capítulo 88 El último peaje y la furia del Zar img
Capítulo 89 La capitulación y el Tratado de Alessandra img
Capítulo 90 El crepúsculo de los ídolos y el amanecer de la Reina img
Capítulo 91 El regreso a casa y la promesa del Hudson img
Capítulo 92 Los monarcas de cristal y acero img
Capítulo 93 Un nuevo comienzo img
Capítulo 94 (Epílogo) El único imperio que importa img
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Capítulo 2 El fantasma que regresó

Los pies de Sienna Moore latían con un dolor sordo y rítmico, una queja silenciosa tras acumular doce horas seguidas de pie con unos zapatos negros de suela barata. El aire en el interior del Oak Creek Country Club estaba viciado, espeso con el olor a pollo asado, salsa de champiñones de lata y la cera abrillantadora que el personal de limpieza aplicaba a los suelos de madera desgastada.

Sienna, con su uniforme de gerente de sala impecablemente planchado aunque descolorido por los lavados, se frotó la sien derecha. La jaqueca amenazaba con instalarse detrás de sus ojos, pero se obligó a sonreír mientras le indicaba a uno de los camareros adolescentes que recogiera las copas rotas de la mesa cuatro.

-Casi terminamos, Sienna -le susurró Martha, la jefa de cocina, pasándole un pequeño plato con un trozo de pastel de chocolate a escondidas-. Llévale esto a tu pequeña. Ha sido un ángel toda la tarde.

La sonrisa de Sienna, esta vez, fue genuina, alcanzando sus ojos oscuros y borrando por un instante el cansancio de su rostro.

-Gracias, Martha. Eres un salvavidas.

Mila. Su ancla, su luz, su razón para respirar cada mañana cuando el peso del mundo amenazaba con aplastarla. Sienna tomó el plato y se dirigió hacia la pequeña sala de descanso del personal, ubicada al final de un pasillo lúgubre que conectaba la cocina con los baños de los salones privados.

Mientras caminaba, su mente comenzó a hacer los cálculos habituales, una rutina aritmética de supervivencia. Si lograba hacer horas extras este fin de semana en el banquete de bodas, podría pagar la reparación del calentador de agua antes de que llegara el invierno y, con suerte, le sobraría lo suficiente para comprarle a Mila ese estuche de colores profesionales que no paraba de mirar en el escaparate de la papelería. El quinto cumpleaños de su hija estaba a la vuelta de la esquina. Cinco años.

Sienna tragó saliva, sintiendo un nudo familiar en la garganta. Cinco años desde que su vida se había partido en dos. Cinco años desde que había sido una joven e ingenua pasante en Nueva York, llena de sueños y ambiciones corporativas, hasta que chocó contra el muro de hielo y fuego que era Nikolai Volkov.

No pienses en él, se regañó a sí misma con dureza. Era una regla de oro. Pensar en Nikolai era abrir una puerta a un abismo de dolor que no se podía permitir. El recuerdo de esa semana de pasión devoradora en su ático, la forma en que sus grandes manos la habían tocado como si fuera lo más preciado del mundo, y luego... la brutal y gélida caída.

El doloroso recuerdo de las llamadas sin respuesta. El pánico al ver las dos líneas rosadas en la prueba de embarazo. Y, finalmente, la humillación aplastante cuando logró comunicarse con la oficina privada de presidencia, solo para que la secretaria personal de Nikolai, una mujer con voz de víbora llamada Elena, la destrozara: "El señor Volkov no tiene interés en su patético intento de extorsión, señorita Moore. Mujeres como usted sobran en su cama. Si vuelve a llamar, si intenta acercarse a él con este cuento del embarazo, nuestros abogados se encargarán de arruinar su vida hasta que no le quede nada. Desaparezca".

Y Sienna lo había hecho. Aterrorizada por el poder de un multimillonario ruso y su séquito de destructores legales, había vaciado su pequeña cuenta de ahorros, había cambiado de número, se había mudado a tres estados de distancia y había enterrado su pasado para convertirse simplemente en la "mamá de Mila". Había construido una trinchera inexpugnable alrededor de su hija.

Al llegar a la sala de descanso, empujó la puerta con la cadera.

-Cariño, mira lo que Martha te ha... -Las palabras murieron en sus labios.

La pequeña mesa plegable estaba cubierta de crayones, pero la silla estaba vacía.

Un escalofrío de alarma, frío y punzante, le recorrió la espina dorsal. Mila era una niña obediente, pero también increíblemente curiosa y audaz. A veces, las reglas de "no salir del cuarto" se perdían ante la tentación de explorar.

-¿Mila? -llamó, dejando el plato sobre la mesa y saliendo de nuevo al pasillo.

Miró hacia la cocina. Nadie la había visto. El pánico maternal, ese instinto primitivo y abrumador, comenzó a bombear adrenalina en su sangre. Aceleró el paso, sus tacones bajos repicando contra la alfombra raída del pasillo lateral. Quizás había ido al baño. Sí, tenía que ser eso.

Agarró una bandeja de plata vacía que algún camarero descuidado había dejado sobre una mesa auxiliar y se dirigió hacia los baños de la zona VIP. El pasillo estaba en penumbra. A medida que se acercaba, escuchó la vocecita inconfundible de su hija.

-Ten más cuidado, señor gigante. Casi me aplastas.

Sienna suspiró, aliviada de escucharla sana y salva, aunque mortificada por la falta de tacto de su pequeña de cuatro años.

-¡Mila! -exclamó Sienna, apresurando el paso y doblando la esquina-. ¡Por el amor de Dios, Mila, te he dicho que no salgas corriendo así del baño!

Estaba dispuesta a disculparse profusamente con el cliente, a hacer una reverencia si era necesario para no perder su empleo. Pero entonces, sus ojos se alzaron desde la pequeña figura de su hija hacia el hombre que se erguía frente a ella.

El tiempo se detuvo. El oxígeno desapareció del pasillo como si hubieran abierto una escotilla al vacío del espacio.

La bandeja de plata resbaló de sus manos temblorosas. El impacto contra el suelo de madera resonó con un estruendo ensordecedor, un platillo que anunciaba el fin de su mundo pacífico.

Clang.

Sienna dejó de respirar. Sus rodillas amenazaron con ceder, convirtiéndose en agua.

Allí estaba él.

Nikolai Volkov.

No era un holograma, no era un fantasma producto de sus pesadillas. Era real, inmenso, aterradoramente tangible. Su traje a medida envolvía sus anchos hombros como una armadura oscura, y su postura irradiaba una autoridad tan absoluta que hacía que las paredes del pasillo parecieran encogerse a su alrededor. Estaba más imponente que en sus recuerdos, los ángulos de su rostro tallados con mayor dureza, desprovistos de cualquier rastro de la suavidad que ella alguna vez creyó ver en la oscuridad de su habitación en Nueva York.

Y él la estaba mirando.

Los ojos azul hielo, esos mismos ojos que ella veía cada mañana en el rostro de su propia hija, estaban clavados en ella. Durante un microsegundo, Sienna vio la conmoción en el rostro del magnate. Vio cómo las piezas del rompecabezas encajaban en su mente letal. Vio cómo su mirada descendía hacia Mila y luego volvía a ella, y en ese instante, la conmoción fue reemplazada por algo infinitamente peor.

Furia. Una furia pura, fría y calculada.

El instinto de supervivencia, afilado por cinco años de miedo, se apoderó del cuerpo paralizado de Sienna.

-¿Sienna? -La voz de Nikolai fue un trueno bajo y ronco, pronunciando su nombre como si fuera una maldición, un sonido que hizo temblar hasta los cimientos del edificio.

Sienna no respondió. No podía articular palabra. El terror la empujó hacia adelante. En dos zancadas desesperadas, se interpuso entre Nikolai y su hija. Se agachó en un movimiento fluido, agarró a Mila por la cintura y la levantó en brazos, apretándola contra su pecho con una fuerza feroz.

-¡Mami, me aplastas! -se quejó la pequeña, confundida.

Sienna no la escuchó. No apartó la vista de Nikolai. Era como mirar a los ojos a un lobo siberiano a punto de saltar sobre su presa. El hombre que la había desechado como basura, el hombre cuya gente la había amenazado con destruirla, ahora estaba a un metro de distancia, mirando a la hija que le habían prohibido confesar.

No te la llevarás. No te atrevas a mirar atrás. ¡Corre!

-Nos vamos -logró jadear Sienna, su voz temblando con un terror apenas contenido.

No esperó a ver la reacción de él. No le dio la oportunidad de extender una de esas manos gigantescas. Giró sobre sus talones, abrazando a Mila como si fuera su propio corazón latiendo fuera de su pecho, y corrió.

Corrió como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Atravesó la puerta batiente de la cocina empujándola con la espalda, ignorando el grito de sorpresa de Martha y los camareros.

-¡Sienna! ¿Qué pasa? -gritó alguien.

Ella no respondió. Salió por la puerta trasera de emergencias, empujando la barra antipánico de hierro. El aire helado de la noche de otoño la golpeó en el rostro, quemándole los pulmones. Atravesó el estacionamiento de grava, sus zapatos baratos resbalando, casi tropezando, pero el miedo a lo que venía detrás de ella le daba una fuerza sobrehumana.

Llegó a su viejo y oxidado Honda Civic. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo encajar la llave en la cerradura. Abrió la puerta trasera, metió a Mila en su silla de seguridad con manos torpes pero rápidas, abrochó el cinturón sin importarle las protestas de la niña, cerró de un portazo y saltó al asiento del conductor.

Activó los seguros de inmediato. Clic. Encendió el motor, que tosió antes de rugir débilmente. Sienna pisó el acelerador, las llantas derraparon sobre la grava y el coche salió disparado hacia la carretera secundaria que alejaba del club.

Con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el esternón, Sienna miró por el espejo retrovisor. La oscuridad de la noche devoraba el estacionamiento del club, y por un segundo, creyó ver la figura alta y oscura de un hombre saliendo por las puertas traseras, deteniéndose bajo la luz parpadeante de una farola.

Las lágrimas finalmente desbordaron de sus ojos, nublándole la vista.

Había huido. Había escapado del club. Pero mientras agarraba el volante con los nudillos blancos, Sienna Moore supo una verdad aterradora y absoluta, una certeza que le heló la sangre.

Podía conducir hasta el fin del mundo, pero el fantasma de Nikolai Volkov había regresado. Y esta vez, no iba a dejarla escapar. La cacería acababa de empezar.

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