Con las manos temblorosas y la respiración entrecortada, arrojó calcetines, camisetas desgastadas y un par de jeans dentro de una vieja maleta de lona. En una mochila separada, empacó lo verdaderamente importante: el peluche de conejo descolorido de Mila, sus libros de cuentos favoritos, los crayones que tanto amaba y la pequeña manta tejida que la había abrigado desde la cuna. Dejó atrás los platos, los muebles baratos, el televisor de segunda mano y las macetas del alféizar. Dejó atrás la paz.
Cuando el abogado Sterling golpeó el marco de la puerta del dormitorio exactamente a los treinta minutos, Sienna cerró la cremallera de la maleta con un tirón violento.
-Es hora, señorita Moore -anunció el hombre, sin una pizca de empatía.
El trayecto hacia el aeródromo privado a las afueras de Oak Creek fue un borrón de ansiedad y silencio sepulcral. Sienna iba en la parte trasera de una inmensa SUV blindada, abrazando a Mila contra su pecho. La niña, ajena al abismo que se abría bajo sus pies, miraba fascinada por la ventana los cristales tintados y los asientos de cuero que olían a coche nuevo.
-Mami, ¿los amigos del señor gigante son espías? -susurró Mila, señalando al chófer que conducía con guantes negros y gafas oscuras.
-Algo así, cariño -murmuró Sienna, besando la coronilla de su hija y tragando el nudo de lágrimas que amenazaba con asfixiarla.
Al llegar a la pista, el amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de un tono gris metálico, un color que combinaba a la perfección con el colosal jet Gulfstream G650 que aguardaba en la pista. En la cola del avión, una estilizada "V" plateada brillaba con arrogancia. Era el escudo de la familia Volkov. Era la marca de su nuevo dueño.
Subir las escalerillas del avión fue como ascender hacia el patíbulo. Al cruzar la puerta de la cabina, el contraste entre su ropa de algodón barata y la opulencia del interior golpeó a Sienna como una bofetada. El jet era un palacio en miniatura: asientos de cuero color crema que parecían tronos, paneles de madera de caoba pulida, detalles en oro cepillado y una alfombra tan gruesa que silenciaba sus pasos.
Nikolai ya estaba a bordo.
Estaba sentado en el área principal de la cabina, con las largas piernas cruzadas, leyendo un informe en una tableta electrónica mientras sostenía una taza de café expreso. Se había quitado el abrigo, y la camisa blanca se ajustaba a los músculos de su pecho y hombros con una perfección intimidante. Ni siquiera levantó la vista cuando Sienna y Mila entraron, escoltadas por una azafata de rostro estoico y cabello rubio recogido en un moño impecable.
-Abróchense los cinturones -ordenó Nikolai, su voz profunda resonando en la acústica perfecta de la cabina-. Despegamos en dos minutos.
Sienna acomodó a Mila en uno de los asientos dobles frente a Nikolai, asegurándose de que el cinturón de cinco puntos estuviera firme. Luego, se dejó caer en el asiento contiguo. Cuando los motores Rolls-Royce rugieron, cobrando vida con una potencia ensordecedora, Sienna cerró los ojos, sintiendo cómo la gravedad la empujaba hacia atrás. La pequeña ciudad de Oak Creek, su refugio, desapareció bajo las nubes en cuestión de segundos.
Durante la primera media hora de vuelo, el silencio fue absoluto. Sienna miraba por la ventanilla, su mente girando en un torbellino de pánico, calculando imposibles rutas de escape.
Pero Mila no estaba hecha para el silencio.
La niña de cuatro años había estado balanceando las piernas, observando todo a su alrededor con sus grandes ojos azules. Finalmente, aburrida de la inmovilidad, sus deditos hábiles presionaron el botón rojo del cinturón de seguridad. El clic metálico hizo que Sienna girara la cabeza de golpe, pero antes de que pudiera detenerla, Mila ya se había deslizado del asiento.
La niña caminó por la suave alfombra, sorteando la mesa de caoba, hasta plantarse directamente frente a Nikolai.
Sienna sintió que el corazón se le detenía.
-¡Mila, vuelve aquí ahora mismo! -susurró con urgencia, intentando desabrocharse su propio cinturón.
Nikolai levantó una mano, deteniendo a Sienna con un simple gesto que irradiaba una autoridad absoluta. Lentamente, el magnate bajó la tableta electrónica y clavó su gélida mirada siberiana en la diminuta criatura que tenía enfrente.
Mila no se inmutó. Cruzó sus pequeños brazos sobre el pecho y ladeó la cabeza, examinándolo con una intensidad analítica que era espeluznantemente idéntica a la del propio CEO.
-Mi mami dice que los hombres que tienen aviones grandes son reyes o presidentes -declaró Mila, su voz infantil llenando la cabina-. ¿Tú eres un rey, señor gigante?
Nikolai sostuvo la mirada de la niña. Por primera vez en la mañana, la tensión en su mandíbula pareció aflojarse una fracción de milímetro.
-Soy un CEO, Mila -respondió él, adaptando sorprendentemente su tono a una gravedad que trataba a la niña no como a un bebé, sino como a un igual-. Es parecido a un rey, pero yo construí mi propio imperio, no lo heredé. Y nadie puede quitarme la corona votando.
Mila frunció el ceño, procesando la información.
-Pues no pareces un rey. Eres muy gruñón. Y tienes una arruga aquí -dijo, estirando un dedo regordete y señalando el entrecejo de Nikolai-. Si eres tan rico, deberías comprar jugo de manzana. Tengo sed.
Sienna dejó escapar un jadeo estrangulado. Hombres adultos, banqueros de inversión y políticos temblaban ante Nikolai Volkov. Una palabra equivocada en su presencia podía significar la ruina financiera. Y su hija, su diminuta y atrevida hija de cuatro años, acababa de llamarlo gruñón y exigirle servicio de bebidas.
Nikolai se quedó inmóvil. El silencio en la cabina se volvió tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Sienna se preparó para el estallido de furia, para el desprecio glacial con el que él solía tratar a quienes lo desafiaban.
Pero el estallido nunca llegó.
En cambio, algo extraordinario y aterrador ocurrió. La comisura de los labios de Nikolai se curvó hacia arriba. Apenas un milímetro. Un destello casi imperceptible de asombro y... orgullo. Pulsó un botón en el panel de su asiento. Inmediatamente, la azafata apareció en la cabina.
-Svetlana, trae jugo de manzana para la señorita. En copa de cristal, sin hielo -ordenó Nikolai sin apartar la vista de Mila.
-Sí, señor Volkov.
Mila sonrió, satisfecha con su victoria, y en lugar de regresar con su madre, se encaramó con dificultad en el inmenso sillón de cuero vacío que estaba justo al lado de Nikolai.
Sienna observó la escena con el estómago revuelto. El terror frío se apoderó de sus entrañas, mucho peor que el miedo a los abogados o a las amenazas legales. Desde su asiento, podía verlos a los dos de perfil. Las mismas narices rectas, la misma forma obstinada de la mandíbula, y, sobre todo, esos ojos cortados del mismo glaciar.
La dinámica entre ellos era magnética. Nikolai, el hombre de hielo que detestaba el caos y a los niños, estaba observando a Mila con una fascinación devoradora. Veía en ella no solo su sangre, sino su espíritu. Veía a una loba joven que no bajaba la mirada ante el macho alfa.
Él la va a amar, se dio cuenta Sienna, y esa revelación fue como un golpe físico. Si él la ama, si ve que es exactamente igual a él, nunca me dejará llevarla lejos. Jamás. El resto del vuelo transcurrió en esa nueva y perturbadora normalidad. Mila bebió su jugo de manzana, le hizo preguntas interminables a Nikolai sobre qué tan rápido volaba el avión y por qué las nubes parecían algodón. Él respondía a cada pregunta con una precisión clínica, sin dulcificar las respuestas, tratándola con un respeto rudo que Mila parecía adorar. Sienna, marginada en su propio asiento, se sintió como una extraña espectadora de la conexión biológica que se estaba forjando frente a ella.
Tres horas más tarde, el avión aterrizó suavemente en un aeropuerto privado de Nueva York.
El traslado final fue en un convoy de tres vehículos blindados que condujeron durante una hora hacia las exclusivas y boscosas colinas del norte del estado. A medida que se alejaban de la ciudad y se adentraban en caminos rodeados de densos pinos y robles, el cielo se nubló, amenazando con una tormenta temprana de otoño.
Finalmente, la SUV principal se detuvo frente a unas colosales puertas de hierro forjado negro, flanqueadas por muros de piedra de casi cuatro metros de altura. Cámaras de seguridad seguían cada movimiento de los vehículos. Las puertas se abrieron lentamente con un zumbido mecánico, revelando un camino de grava oscura que serpenteaba a través de jardines inmaculadamente recortados pero carentes de color.
Al final del camino, se alzaba la mansión Volkov.
Sienna contuvo el aliento. No era un hogar. Era una fortaleza moderna. Una imponente estructura de tres pisos construida con piedra gris oscura, acero negro y enormes ventanales de cristal ahumado que reflejaban el cielo tormentoso. La arquitectura era fría, brutalista, diseñada para intimidar y demostrar dominio absoluto. Parecía devorar la luz a su alrededor.
Los coches se detuvieron bajo un enorme pórtico sostenido por columnas de mármol negro. Un ejército de empleados impecablemente uniformados ya esperaba en la escalinata de entrada, de pie bajo la fina lluvia que había comenzado a caer.
El chófer abrió la puerta. Nikolai bajó primero, su figura oscura recortándose contra el gris del día. Luego se giró hacia Sienna, que seguía aferrada a Mila dentro del coche, paralizada por la imponencia de su nueva prisión.
-Bienvenidas a casa -dijo Nikolai. Su tono no albergaba ninguna calidez; era la declaración formal de un celador cerrando la cerradura.
Sienna tragó grueso. Abrazó a su hija con fuerza protectora y pisó la grava oscura. Al levantar la vista hacia la inmensa fachada de piedra, supo que había entrado en la jaula de oro del magnate ruso. Y por primera vez en cinco años, Sienna Moore supo que luchar por su supervivencia acababa de convertirse en una guerra en la que estaba en absoluta desventaja.