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El Error del Magnate Ruso
img img El Error del Magnate Ruso img Capítulo 4 El ultimátum de hierro
4 Capítulo
Capítulo 6 El peso del hielo img
Capítulo 7 La rebelión de Sienna img
Capítulo 8 El eco en el hielo img
Capítulo 9 El sabor del veneno y el orgullo img
Capítulo 10 El peso de la corona de hielo img
Capítulo 11 La ilusión de independencia img
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Capítulo 4 El ultimátum de hierro

El silencio que siguió a la amenaza de Nikolai no fue pacífico; era la clase de silencio que precede al impacto de un huracán. Sienna se quedó inmóvil en el centro de su pequeña sala, sintiendo que el aire se volvía denso, casi sólido. Sus pulmones ardían y el corazón le martilleaba las costillas con una fuerza que le provocaba náuseas.

Afuera, el sol del amanecer comenzaba a filtrarse por las cortinas de algodón barato, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Parecía una mañana normal, pero el mundo que Sienna había construido con tanto esfuerzo durante cinco años se estaba desmoronando a sus pies.

Nikolai no se movió. Permaneció allí, imponente, con una mano metida en el bolsillo de su pantalón de sastre y la otra ajustándose el puño de la camisa con una calma exasperante. Para él, esto era una transacción. Una adquisición. Estaba aplicando la misma eficiencia despiadada que usaba para absorber empresas tecnológicas o cadenas hoteleras.

-Mis abogados están esperando la señal para entrar -dijo Nikolai. Su voz era un murmullo profundo, desprovisto de cualquier rastro de la emoción que había mostrado minutos antes-. Puedes seguir gritando sobre injusticias y pasados que no puedo verificar, o puedes sentarte y escuchar las únicas dos salidas que te quedan.

Sienna apretó los puños, las uñas clavándose en sus palmas.

-No me sentaré con un hombre que entra en mi casa con amenazas.

Nikolai arqueó una ceja, una expresión de frío desapego.

-Como desees. Quédate de pie.

Hizo un breve gesto hacia la ventana. Como si fuera una coreografía de sombras, las puertas de los SUV negros se abrieron simultáneamente. Tres hombres y una mujer, vestidos con trajes de corte militar en su precisión, bajaron de los vehículos. Cada uno portaba un maletín de cuero fino. Caminaron por el sendero de cemento con la seguridad de quienes saben que son los dueños de la ley.

Sienna sintió un escalofrío. No eran solo abogados; eran verdugos legales.

Cuando entraron en la pequeña casa, el espacio pareció reducirse a la mitad. El líder del grupo, un hombre de cabello canoso y mirada de tiburón, colocó una carpeta sobre la mesa de comedor donde Mila solía desayunar sus cereales.

-Señorita Moore -dijo el abogado con una cortesía gélida-. Soy el señor Sterling, jefe del consejo legal de Volkov Industries. Traemos una propuesta de acuerdo residencial y de custodia.

-No hay nada que acordar -escupió Sienna, aunque su voz sonó más quebradiza de lo que pretendía-. No pueden quitarme a mi hija así como así. Ella es ciudadana estadounidense, yo soy su madre...

-Y el señor Volkov es su padre biológico -intervino Sterling, deslizando un papel que Sienna reconoció con horror: una orden judicial preliminar-. Tenemos pruebas de ADN obtenidas de una muestra recolectada ayer en el club de campo. El parecido físico es solo el principio. Un juez local ya ha firmado una orden de comparecencia inmediata dada la naturaleza del patrimonio del heredero.

Sienna miró a Nikolai, cuya expresión no cambió.

-¿Recogiste una muestra de mi hija sin mi permiso? -susurró, con la voz llena de asco-. Eres un monstruo.

-Soy un padre que recupera lo que se le ocultó -respondió él con frialdad-. Ahora, escucha tus opciones, porque mi paciencia tiene un límite que estamos a punto de cruzar.

Sterling abrió la carpeta y sacó un documento de varias páginas. El papel era grueso, caro, con el sello en relieve de la firma legal.

-Opción A -comenzó el abogado-. Usted se niega a cooperar. En ese caso, iniciamos una demanda por custodia total inmediata. Presentaremos pruebas de su inestabilidad financiera: sus facturas vencidas de calefacción, el estado de esta propiedad que no cumple con los estándares mínimos de seguridad para un menor de la importancia de Mila, y su historial laboral errático. Argumentaremos que el entorno en el que vive la niña es de precariedad y riesgo. El señor Volkov, por otro lado, puede ofrecerle la mejor educación del mundo, seguridad privada las veinticuatro horas y un futuro ilimitado. En este pueblo, con nuestros recursos, ganaremos antes de que termine la semana. Usted perderá a Mila y se le prohibirá el contacto por haber ocultado la existencia de un heredero a un ciudadano extranjero de alto perfil.

Sienna sintió que el suelo desaparecía. Era la pesadilla que la había perseguido desde que huyó de Nueva York. Sabía que el dinero podía comprar la verdad, y Nikolai tenía todo el dinero del mundo.

-No puedes hacer eso... -jadeó-. Soy una buena madre. Ella es feliz aquí.

-La felicidad no se puede medir en un tribunal, Sienna -dijo Nikolai, dando un paso hacia ella-. Los activos, sí.

-Opción B -continuó Sterling, ignorando el intercambio-. El Acuerdo de Residencia. Usted firma este contrato. En él, reconoce la paternidad del señor Volkov. A cambio, él le otorga el título legal de "Madre Residente" y, para efectos públicos, se le presentará como su prometida por un período no menor a dos años. Se mudarán de inmediato a la residencia principal del señor Volkov. Allí, usted tendrá todas sus necesidades cubiertas, una asignación mensual generosa y podrá vivir con Mila bajo el mismo techo.

Sienna parpadeó, confundida.

-¿Prometida? ¿Por qué querrías fingir que...?

-Protección de activos y de imagen -cortó Nikolai-. No quiero que el mundo sepa que tuve una hija con una pasante que desapareció. Quiero que el mundo vea a una familia unida bajo mi control. Mila será presentada como mi heredera legítima. Tú vivirás allí para que ella no sufra el trauma de ser separada de ti de golpe. Pero no te equivoques, Sienna. En esa casa, mi palabra es ley. No tendrás pasaporte, no tendrás cuentas bancarias independientes que yo no controle, y no saldrás de la propiedad sin mi escolta. Serás, para todos los efectos, una empleada de lujo con el título de madre.

-Es una cárcel -dijo ella, con lágrimas de rabia desbordando sus ojos-. Quieres comprarme.

-Ya te compré cuando entraste en mi cama hace cinco años, Sienna -dijo él, y las palabras fueron como una bofetada-. Ahora solo estoy formalizando la propiedad.

En ese momento, un sonido rompió la tensión en la sala. Desde el pasillo, se escuchó el bostezo de una niña pequeña y el roce de unos pies descalzos contra el suelo de madera.

-¿Mami? ¿Por qué hay tantos señores de traje en la cocina?

Mila apareció en el umbral, frotándose un ojo con su puñito. Llevaba su pijama de ositos, un poco corto de las piernas porque había crecido rápido ese último mes. Al ver a Nikolai, sus ojos azules se abrieron de par en par.

-¡Oh! Es el señor gigante maleducado.

El abogado Sterling cerró la carpeta con un golpe seco, como el cierre de una trampa. Nikolai miró a la niña y, por un instante, el hielo de su mirada pareció resquebrajarse antes de endurecerse más que nunca.

Sienna caminó hacia su hija y la alzó en brazos, protegiéndola con su cuerpo. Mila era tan pequeña, tan vulnerable en medio de aquel despliegue de poder oscuro. Si elegía la opción A, estos hombres se la llevarían en un coche negro y Sienna podría pasar años sin volver a verla, luchando contra un imperio desde la pobreza. Si elegía la opción B... conservaría a su hija, pero perdería su alma.

-Mami, ¿por qué lloras? -preguntó Mila, acariciándole la mejilla con su mano pequeña y cálida.

Sienna cerró los ojos y apoyó la frente contra la de su hija. El olor a champú de bebé y a hogar la inundó. Haría cualquier cosa. Lo que fuera.

Miró a Nikolai. Él estaba esperando, con la pluma de oro en la mano, listo para sellar su destino. En sus ojos no había rastro del hombre que alguna vez la había hecho sentir que era el centro del universo. Solo quedaba el magnate, el guerrero corporativo que no aceptaba un no por respuesta.

-Firma -dijo Nikolai, extendiendo la pluma sobre la mesa.

Sienna bajó a Mila con suavidad.

-Cariño, ve a tu cuarto un momento. Mami tiene que firmar unos papeles de trabajo para que podamos irnos de vacaciones.

-¿Vacaciones? ¿A dónde? -preguntó la niña con entusiasmo.

-A un lugar muy grande, Mila -intervino Nikolai, y su voz, aunque fría, tenía una nota de algo que Sienna no supo identificar-. Un lugar donde tendrás todo lo que siempre debiste tener.

Mila miró a ambos con la suspicacia heredada de su padre y luego obedeció, regresando al pasillo.

Sienna se acercó a la mesa. Sus manos temblaban tanto que tuvo que sujetar la pluma con ambas. Miró las cláusulas: Control total de seguridad, Prohibición de viajes no autorizados, Clausula de confidencialidad absoluta.

-Te odio, Nikolai -susurró ella, clavando la mirada en la suya-. Te odio con cada fibra de mi ser. Puedes llevarte mi libertad, puedes obligarme a vivir en tu mansión, pero nunca, jamás, volverás a tener mi respeto ni nada de lo que tuvimos una vez.

Nikolai se inclinó hacia ella, el aroma de su perfume costoso y de su poder envolviéndola, asfixiándola.

-No quiero tu respeto, Sienna. Ni quiero lo que "tuvimos". Quiero a mi heredera y quiero que el mundo crea que tengo el control total de mi vida. Firma el contrato.

Sienna Moore bajó la cabeza y plasmó su firma en la última página. Cada trazo de la pluma se sintió como una cicatriz en su corazón.

-Está hecho -dijo el abogado Sterling, recogiendo los documentos con eficiencia-. Los camiones de mudanza llegarán en treinta minutos. Solo se les permite llevar dos maletas de ropa personal. Todo lo demás será reemplazado por artículos de calidad adecuada en la residencia Volkov.

-¿Treinta minutos? -Sienna gritó-. ¡No puedo empacar nuestra vida en treinta minutos!

-Tienes veintinueve ahora -dijo Nikolai, mirando su reloj de platino-. Muévete, Sienna. El jet no espera.

Él se dio la vuelta y salió de la casa sin mirar atrás, dejando a Sienna en medio de su hogar desmantelado, rodeada de abogados y guardias, con el peso del ultimátum de hierro aplastándole el alma. Había salvado a su hija de ser separada de ella, pero acababa de entrar voluntariamente en la guarida del lobo. Y sabía, con una certeza aterradora, que la puerta se había cerrado para siempre.

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