Género Ranking
Instalar APP HOT
UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA MAMÁ
img img UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA MAMÁ img Capítulo 2 LA CRUEL REALIDAD
2 Capítulo
Capítulo 6 EL ENCUENTRO img
Capítulo 7 LA DECISIÓN DE ELENA img
Capítulo 8 UN REFUGIO TEMPORAL img
Capítulo 9 LA DENUNCIA IGNORADA img
Capítulo 10 EL ABOGADO IDEALISTA img
Capítulo 11 DESATA SU FURIA img
Capítulo 12 LA EMBOSCADA img
img
  /  1
img

Capítulo 2 LA CRUEL REALIDAD

Me senté a la mesa con movimientos mecánicos. Mi mente adulta luchaba por procesar lo imposible mientras mis manitas regordetas sostenían el vaso de jugo de naranja.

Esto no puede ser real. Los viajes en el tiempo no existen. Estoy en coma. O muerto. O perdí la razón en el impacto.

Pero el jugo sabía exactamente como lo recordaba. Dulce, con un toque ácido. La silla era demasiado alta para mis piernas cortas. El olor a café recién hecho llenaba la cocina.

Todo era demasiado real para ser una alucinación.

-¿No tienes hambre, mi amor? -La voz de mamá me sacó de mis pensamientos.

Levanté la vista. Ella me observaba con esa expresión de preocupación maternal que apenas recordaba. Sus ojos color miel escrutaban mi rostro, buscando signos de fiebre o malestar.

Está viva. Realmente está viva.

-Sí, mami -respondí, forzando mi voz infantil a sonar normal-. Solo... estaba pensando.

Ella sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

-Eres muy pequeño para pensar tanto, cariño. Come tus panqueques antes de que se enfríen.

Obedecí mecánicamente, mientras mi cerebro trabajaba a mil por hora.

Si realmente estoy en 1998... si tengo tres años otra vez... entonces conozco todo lo que va a pasar.

Las memorias me golpearon como olas violentas.

Dos años más de infierno. Dos años viendo a mamá desmoronarse lentamente. Y luego... el internado.

Me estremecí recordando ese día. Cinco años. Apenas cinco años cuando papá y la abuela decidieron que era "mejor para mi educación" enviarme lejos. A un internado militar en otra ciudad. Dirigido por un amigo del tío Ernesto, el coronel.

"El niño necesita disciplina," había dicho doña Perfecta. "Elena lo está volviendo débil."

Y papá, como siempre, obedeció a su madre.

Me enviaron lejos. Y mamá... mamá se quedó sola con él.

Solo me trajeron de vuelta para el funeral. Siete años. Tenía siete años cuando me pararon frente a un ataúd cerrado y me dijeron que mi madre había tenido "un accidente".

Fue años después, siendo adulto, cuando tía Lucía finalmente me contó la verdad. Entre lágrimas y con una botella de vino entre nosotros, me lo dijo todo.

"Fue tu padre, Mateo. La golpeó tanto que... Pero el coronel Vargas arregló todo. El informe médico, la policía, todo. Tu padre nunca pasó un solo día en la cárcel. Ni siquiera fue interrogado."

El tenedor tembló en mi mano.

Esta vez no. Esta vez no dejaré que me alejen de ella. Esta vez no permitiré que la toquen.

-¿Mateo? Cariño, de verdad estás muy raro hoy. -La mano de mamá tocó mi frente-. No tienes fiebre, pero...

El sonido de la puerta principal abriéndose nos interrumpió. Ambos nos tensamos instintivamente.

No. Es demasiado temprano. Papá no debería estar aquí.

Pero no eran los pasos pesados de mi padre los que se acercaban. Eran tacones. Tacones que golpeaban el piso con autoridad militar.

-¿Elena? ¿Estás en la cocina?

Vi cómo el rostro de mi madre palidecía. Sus manos se apretaron sobre el delantal.

-Sí, doña Perfecta -respondió con voz suave, sumisa.

Mierda.

Doña Perfecta Vargas entró en la cocina como un general inspeccionando territorio enemigo. A sus sesenta y dos años, era una mujer alta, de espalda recta y mirada afilada. Su cabello gris perfectamente peinado, su traje sastre impecable, sus labios apretados en una línea perpetua de desaprobación.

Y de su mano venía él.

Sebastián Vargas. Mi primo. Seis años, delgado, con uniforme de colegio privado y una expresión de superioridad que había aprendido de su abuela.

-Buenos días, doña Perfecta -murmuró mamá, poniéndose de pie rápidamente.

Mi abuela ni siquiera la miró. Sus ojos se clavaron en mí.

-Así que aquí está mi nieto -dijo con un tono que goteaba desdén-. Mateo, saluda a tu abuela.

Me quedé sentado, mirándola. Esta mujer. Esta maldita mujer que conspiró para alejarme de mamá. Que ayudó a encubrir su asesinato. Que lloró lágrimas de cocodrilo en el funeral mientras su hijo, el asesino, permanecía libre.

-Buenos días, abuela -dije finalmente, sin levantarme.

Sus ojos se entrecerraron.

-Veo que Elena no te ha enseñado modales. Un niño bien educado se pone de pie cuando un adulto entra a la habitación.

-Doña Perfecta, yo... -comenzó mamá, con voz temblorosa.

-Cállate, Elena. No estoy hablando contigo. -La abuela finalmente la miró, y la expresión en su rostro era de puro asco-. Aunque veo que tampoco te has preocupado por la alimentación del niño. Míralo. Está gordo como un cerdo.

Sentí cómo mamá se encogía. Literalmente se hizo más pequeña, sus hombros cayendo, su cabeza bajando.

Y algo dentro de mí se rompió.

O más bien, algo que había estado roto durante treinta y cinco años finalmente se recompuso.

-No estoy gordo -dije, mi voz de niño sonando más firme de lo que debería-. Y mi mamá cocina muy bien.

El silencio que siguió fue denso.

Doña Perfecta me miró como si acabara de crecerme una segunda cabeza.

-¿Qué acabas de decir?

-Que no estoy gordo -repetí, sosteniéndole la mirada-. Y que mi mamá es la mejor cocinera del mundo.

La cara de mi abuela se puso roja.

-Elena, ¿así es como crías a tu hijo? ¿Para qué me falte al respeto?

-Yo... lo siento, doña Perfecta, yo... Mateo, discúlpate ahora mismo. -La voz de mamá temblaba, al borde del pánico.

Pero yo no podía. No después de saber lo que supe de adulto. No después de descubrir que esta mujer ayudó a encubrir el asesinato de mi madre. Que usó la influencia de su hijo el coronel para asegurarse de que papá nunca pagara por lo que hizo.

-Mira a Sebastián -continuó la abuela, empujando a mi primo hacia adelante-. Él sí es un niño ejemplar. Delgado, educado, inteligente. Su padre, mi hijo mayor, es coronel del ejército. ¿Y qué es Ricardo? Un borracho vendedor de seguros que apenas puede mantener a su familia.

Vi cómo cada palabra era una puñalada para mamá. Cómo se encogía más y más.

-Sebastián, saluda a tu tía -ordenó la abuela.

Mi primo me miró con una sonrisa petulante.

-Hola, tía Elena. Hola, Mateo el gordito. Se rio en mi cara.

Y yo recordaba esto. Vagamente, como un sueño borroso, pero lo recordaba. Sebastián riéndose de mí. La abuela humillando a mamá. Y poco después... la conversación sobre el internado.

"El niño necesita disciplina. Ernesto tiene un conocido que dirige una excelente academia militar. Lejos de aquí. Lejos de... esta influencia."

Me alejaron de ella. Y sin mí, sin nadie que la defendiera, sin ni siquiera mi presencia infantil como testigo...

Papá la mató.

Y el tío Ernesto se aseguró de que nadie lo supiera jamás.

-Sebastián -dije con calma-. ¿Sabes qué es un niño ejemplar de verdad?

Él parpadeó, confundido.

-¿Qué?

-Uno que no necesita que su abuela le compre amigos. Porque tú no tienes amigos de verdad, ¿cierto? Los otros niños solo juegan contigo porque tienes miedo de estar solo.

El rostro de Sebastián se descompuso. Sus labios temblaron.

-¡Eso no es cierto!

-Mateo, basta. -Mamá me tomó del brazo, su voz urgente.

Pero la abuela estaba roja de furia.

-¿Cómo te atreves? ¡Elena, controla a este mocoso malcriado ahora mismo o...!

-¿O qué? -La interrumpí, poniéndome de pie sobre la silla para estar a su altura-. ¿Me enviarán lejos? ¿A un internado donde no pueda ver a mi mamá? Mis palabras no eran muy claras debido a que aun era muy pequeño pero ella lo entendió bien.

Vi cómo los ojos de doña Perfecta se abrían ligeramente. Una expresión de sorpresa cruzó su rostro.

Mierda. Dije demasiado.

Pero ya era tarde para retractarme.

-Porque eso es lo que planean, ¿verdad? Alejarme de ella. Para que esté sola. Para que nadie vea lo que pasa en esta casa.

-Mateo... -La voz de mamá era un susurro aterrorizado.

Doña Perfecta me miraba con los ojos entrecerrados ahora, estudiándome.

-Este niño no es normal -dijo finalmente-. Elena, algo está muy mal con él. Habla como... como si supiera cosas que no debería saber.

-Es solo imaginativo, doña Perfecta, por favor...

-No. -La abuela negó con la cabeza-. Esto es más que imaginación. Llamaré a Ernesto. Y a Ricardo. Necesitamos hacer algo con este niño antes de que sea demasiado tarde.

Tomó a Sebastián de la mano.

-Y tú, Elena, -agregó con voz gélida-. Más te vale que tengas una buena explicación cuando mi hijo llegue a casa. Porque créeme, después de esto, él va a querer respuestas.

Dio media vuelta y salió arrastrando a Sebastián, que miraba hacia atrás con los ojos muy abiertos.

La puerta principal se cerró con un golpe que hizo temblar las paredes.

Y entonces mamá me miró.

Había terror en sus ojos.

Terror puro.

-Mateo... -Su voz era apenas un susurro-. ¿Qué has hecho?

Pero yo sabía exactamente qué había hecho.

Había acelerado el tiempo.

Ahora hablarían del internado más pronto. Querrían alejarme más rápido.

Pero esta vez no lo permitiré. Esta vez me quedaré. Esta vez la protegeré.

Cueste lo que cueste.

Anterior
            
Siguiente
            
Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022