Había olvidado lo limitante que era ser un niño tan pequeño. Mi vocabulario era reducido. Mis frases salían entrecortadas, simples. Cuando intentaba hablar como adulto, las palabras se trababan en mi lengua torpe.
"No puedo... no puedo hablar bien," pensé con frustración. "No puedo explicarle. No puedo advertirle. Soy solo un niño para ella."
-Mami... -intenté decir algo, pero ella me apretó más fuerte.
-Shhh, mi amor. No hables. Cuando llegue tu papá, no digas nada, ¿está bien? Nada de nada. Mamá hablará.
Asentí contra su pecho, aunque sabía que no serviría de nada.
El sonido de un auto estacionándose afuera hizo que mamá se tensara como una cuerda de violín.
-Ya llegó -susurró, y su voz temblaba tanto que apenas podía formar las palabras.
Se puso de pie rápidamente, alisándose el vestido con manos temblorosas. Me bajó del sofá.
-Mateo, ve a tu cuarto. Ahora.
-Pe-pero mami...
-¡Ahora! -Su voz sonó desesperada, casi histérica-. Por favor, mi amor. Ve a tu cuarto y no salgas. No importa lo que escuches. ¿Me entiendes?
Las lágrimas corrían por su rostro.
Yo quería abrazarla. Quería decirle que no tenía que vivir así. Que merecía algo mejor. Que había un hombre que la había amado de verdad, que todavía la amaba probablemente, y que nunca le pondría un dedo encima.
Daniel Suárez.
Su nombre apareció en mi mente como un faro de esperanza.
Daniel. El novio que tuvo antes de conocer a mi padre. El veterinario amable de ojos verdes que la trataba como una reina. Que le escribía poemas. Que la hacía reír.
Mamá lo dejó porque papá era "más estable". Porque doña Perfecta convenció a los padres de mamá de que Ricardo Vargas era "mejor partido". Porque Daniel era solo un estudiante de veterinaria sin futuro, según la abuela.
Y mamá, joven e ingenua, creyó que estaba tomando la decisión correcta.
Tía Lucía me había contado la historia años después, cuando yo era adulto. Me había mostrado fotos viejas. Mamá sonriendo de verdad, con una luz en los ojos que nunca vi en persona.
"Daniel vino al funeral," me había dicho Lucía entre sollozos. "Vino y lloró más que nadie. Dijo que nunca dejó de amarla. Que si ella le hubiera dado una señal, una sola señal, habría vuelto a buscarla."
Pero mamá nunca le dio esa señal.
Y Daniel se quedó con el corazón roto, viviendo solo en su clínica veterinaria a las afueras de la ciudad.
Necesito encontrarlo. Es mi única oportunidad. Porque un niño de tres años no puede hacer nada solo.
La llave giró en la cerradura.
-¡Mateo, tu cuarto! -siseó mamá.
Pero mis piernas no se movían.
La puerta se abrió de golpe.
Y ahí estaba él.
Ricardo Vargas.
No lo había visto en años. Había muerto cuando yo tenía veintidós, de cirrosis hepática, solo y amargado en un hospital público. Nunca fui a su funeral.
Pero ahora estaba aquí. Vivo. Treinta y dos años. Alto, de hombros anchos, con el cabello negro peinado hacia atrás y ojos oscuros que estaban inyectados de sangre.
Olía a alcohol.
-Así que es cierto -dijo con voz pastosa, cerrando la puerta detrás de él-. Mi madre me llamó. Me contó lo que pasó esta mañana.
Mamá dio un paso atrás.
-Ricardo, yo puedo explicar...
-¿Explicar? -Su voz subió de volumen-. ¿Explicar cómo nuestro hijo le faltó el respeto a mi madre? ¿Cómo habló de cosas que no debería saber? ¿Cómo tú lo has estado llenando de ideas en contra de esta familia?
-¡Yo no he hecho nada! -La voz de mamá salió aguda, desesperada-. Es solo un niño, no sabe lo que dice...
-¡No me mientas, Elena! -Papá avanzó hacia ella.
Mamá retrocedió hasta chocar contra la pared.
-Ricardo, por favor... estás borracho... mañana podemos hablar...
-¡No me digas lo que tengo que hacer!
Su mano se levantó.
Y yo lo vi.
Vi el puño cerrándose.
Vi el brazo balanceándose hacia atrás.
Vi el terror absoluto en los ojos de mi madre.
No.
Esta vez no.
-¡NO! -grité con mi voz infantil, corriendo hacia ellos.
Me interpuse entre mi padre y mi madre justo cuando el puño descendía.
Pero él era demasiado rápido. Demasiado fuerte.
El golpe me alcanzó en el costado, lanzándome contra el suelo.
El dolor explotó en mis costillas. No podía respirar. Lágrimas brotaron de mis ojos automáticamente.
-¡MATEO! -El grito de mamá fue desgarrador.
Ella cayó de rodillas junto a mí, tomándome en sus brazos.
-Mi bebé, mi bebé, ¿estás bien? Dios mío, Mateo...
Papá nos miraba desde arriba. Había sorpresa en su rostro. Como si no hubiera esperado golpearme. Como si su puño tuviera vida propia.
-Yo... -comenzó a decir.
-¡¿QUÉ LE HICISTE?! -Mamá gritó como nunca la había escuchado gritar-. ¡ES UN NIÑO! ¡TU HIJO!
-No era mi intención... él se interpuso...
-¡SIEMPRE TIENES UNA EXCUSA! -Mamá temblaba de ira ahora, abrazándome con fuerza-. ¡Siempre es culpa de alguien más! ¡Nunca tuya!
Papá se quedó quieto, mirándola. Y por un momento, solo un momento, vi algo en sus ojos. ¿Arrepentimiento? ¿Vergüenza?
Pero entonces su rostro se endureció.
-Llévalo a su cuarto -dijo con voz fría-. Y cuando bajes, tú y yo vamos a tener una conversación muy seria sobre el futuro de este niño.
Se dio vuelta y caminó hacia la cocina. Escuché el sonido de una botella abriéndose.
Mamá me cargó, sus lágrimas cayendo sobre mi rostro. Subió las escaleras casi corriendo, entró a mi habitación y cerró la puerta con seguro.
Me recostó en la cama con manos temblorosas, revisando mi costado.
-¿Te duele mucho, mi amor? Dime dónde te duele...
-Mami... 'toy bien... -Mi voz salió entrecortada, infantil. Las lágrimas seguían cayendo, pero no por el dolor físico-. Mami no... no llores...
-Perdóname -sollozó ella-. Perdóname, Mateo. Esto es culpa mía. Todo es culpa mía.
-No... -Intenté formar las palabras-. No es... tú no...
Pero mi vocabulario limitado me traicionaba. No podía decirle lo que necesitaba decir.
No es tu culpa. Nunca fue tu culpa. Eres la víctima. Y hay alguien que puede salvarte. Alguien que te ama de verdad.
Mamá me abrazó, meciéndome, susurrando disculpas una y otra vez.
Y desde abajo llegaban los sonidos.
Muebles moviéndose.
Vidrios rompiéndose.
Papá destrozando la casa en su borrachera.
Me quedé despierto toda la noche, acostado junto a mamá en mi cama pequeña. Ella tampoco durmió. Cada vez que papá hacía ruido abajo, se tensaba.
Y yo pensaba.
Pensaba en Daniel Suárez.
En su clínica veterinaria en las afueras de la ciudad.
En cómo un hombre que amaba a mi madre de verdad podría ayudarla a escapar.
Pero había un problema.
Yo tenía tres años.
No podía tomar un autobús.
No podía conducir.
No podía ni siquiera hacer una llamada telefónica sin que alguien me ayudara.
Pero tengo que intentarlo. Tengo que encontrar la manera.
Porque si no lo hago... si dejo que las cosas sigan como están... en dos años me enviarán al internado.
Y en cuatro años...Miré el rostro dormido de mamá. Había llorado tanto que finalmente el agotamiento la venció. Tenía un moretón formándose en el pómulo.
En cuatro años, este hombre la matará. Y esta vez, yo no estaré en un internado lejos. Esta vez, haré lo que sea necesario para salvarla. Incluso si tengo que encontrar a Daniel Suárez yo solo.
Incluso si un niño de tres años tiene que convertirse en el héroe que ella necesita.